Ambiente

Aquí no hay lugar para la basura

Foto: Marquiño Neyra

Los vecinos de un distrito de la provincia de San Martín han reducido de forma maratónica la cantidad de basura de sus calles. ¿Cómo un lugar en donde hace solo tres años se veían innumerables montículos, ahora luce más pulcro?

Hace un par de años, la gestión municipal de La Banda de Shilcayo tuvo un plan: hacer un concurso en donde los pobladores despierten su lado ambientalista y dejen de contaminar sus propias calles con basura.

MÁS RUMBOS: Ccamahuara, el pueblo que cosecha agua para combatir el cambio climático

En ese entonces, habían cerca de 35 asentamientos humanos que colindaban con ríos y ojos de agua que desembocan cercan de esos sectores. Y todos estaban llenos de basura. Entre los residuos que más se encontraban eran las llantas, uno de los contaminantes más nocivos que podemos encontrar en la selva.

En las calles, las llantas almacenan fácilmente agua de lluvia que se estanca. También basura y otros desechos, convirtiéndose en focos de infecciones, hervideros de mosquitos y zancudos portadores de enfermedades, en especial ese pequeño y silencioso insecto causante de la epidemia que asola en la selva: el dengue, cuya hembra puede poner entre 50 y 150 huevos cada tres días, los cuales se convierten en adultos en 10 o 15 días.

Foto: Flickr

Uno de los detalles que más alteraban a los vecinos de La Banda de Shilcayo y de las autoridades era la quema de las llantas, porque una vez encendidas son difíciles de apagar. El humo que emana una llanta puede causar cáncer, asma, enfermedades bronquiales, pulmonares, y contaminación visual,  y un rosario de efectos que contribuyen al calentamiento global.

Las llantas ocasionaban un daño peor o igual en los ríos: facilita la acumulación de basura, evitando que el agua se oxigene, y además altera el flujo natural del líquido, dañando a las especies acuáticas. Aunque ahora encontramos muy pocos ejemplares, antes había gran variedad de bagres, mojarras y carachamas que los mismos vecinos pescaban. Empresas de alcantarillado como Emapa San Martín S. A. y las personas que lavaban sus motos en los ríos Shilcaya o Choclino, también agregan su cuota contaminante y aportan a la degradación.

Las llantas acumuladas se vuelven criaderos de mosquitos tras las lluvias. Foto referencial: Difusión

Alan Arévalo, gerente de Desarrollo Económico Local y Gestión de la municipalidad, explica que en La Banda de Shilcayo están los ríos Pucayacu, Ahuashiyacu, Shilcayo y Choclino. Todos estos, menos el Pucayacu, se unen para dar pase al rio Cumbaza, en Tarapoto. El sector Chontamuyo, en la parte baja de Tarapoto, ha sido uno de los más perjudicados porque los ríos Shilcayo y Choclino se unen en este lugar con todo el desagüe del resto de distritos.

—Hay un megaproyecto para limpiar sus aguas, pero es más un tema de política regional y escapa de la jurisdicción municipal. El Ministerio del Ambiente ha sacado una resolución dándoles un plazo de nueve años a todas las empresas de servicio de agua y desagüe. No podemos tocarlos —revela Arévalo.

Ante este panorama, lo primero que pensaron las autoridades no fue en limpiarlo. ¿De qué servía higienizar si paulatinamente los pobladores iban a volver a ensuciar? ¿Acaso existían pocos depósitos de basura? ¿Los pobladores desconocían otra forma de segregar sus residuos? ¿O eran simplemente sucios?

—Pasa que no tenían educación. No es ser sucio, sino es cuestión de costumbre —asegura una vecina de uno de los asentamientos humanos de La Banda.

Luis Neira, alcalde de la Banda de Schilcayo. Foto: Difusión

El burgomaestre de La Banda de Shilcayo, Luis Neira, ensaya una explicación: durante los noventa, en algunos lugares del Perú se creía que el calentamiento global era un mito. Y, por ende, la conservación ambiental era “innecesaria”. Pensaban que mientras más cemento tenían, significaba más modernización. Así que las autoridades tenían que hallar la forma de cambiar esa mentalidad.

Los líderes municipales sabían que si se hablaba del medioambiente entre cuatro paredes o con un megáfono, las personas iban a escuchar y olvidarlo con la misma facilidad con la que se escucha un rumor. Por eso, el gobierno municipal decide emprender un programa ejecutando inclusive recursos de la neurosicología, para que se concienticen, encuentren disciplina y mejoren su conducta. Asi pues en el 2015 se realizó el concurso “Vivir bien”, que buscaba lograr que las asociaciones de viviendas puedan concursar a cambio de un incentivo.

Más de 1700 familias, 6960 personas, iban a recibir ayuda. El primer lugar ganaba 100 mil soles, el segundo 50 mil y el tercero 25 mil. Pero no era un premio en efectivo, sino el valor en obras para su comunidad.  En un inicio, a la mayoría de los vecinos no les interesaban tener más escuelas o seguridad, sino más canchas de fútbol. O al menos eso querían los niños. Y los padres querían una buena infancia para sus hijos.

Espejo

Así empezó el fútbol como vehículo concientizador. Pero no era la primera vez que se recurría a este método en el Perú. En Cusco, durante el Mundial de España 1982, la Iglesia instaló una cancha de fútbol en Urubamba, un lugar pobre donde la mayoría de los adultos padecían de alcoholismo. Ellos vieron al deporte como un remedio a su adicción.

Asociaciónes vecinales aceptaron el reto de cambio en el distrito. Foto Difusión

Sin embargo, este no era el caso. Necesitaban un incentivo para reinstalar un chip ecológico en los hogares de La Banda de Shilcayo. Antes del 2015, a las personas no le interesaban las áreas verdes y a las justas cuidaban sus huertos. Pero cuando los niños se enteraron de la probabilidad de tener una cancha de fútbol, empezaron a interesarse y buscaban la forma de ayudar a sus padres a conservar sus hogares. Inclusive competían con sus amigos por quién tenía el jardín más bonito. Algunos niños, en su inocencia, robaban las plantas del vecino para embellecer sus fachadas. En un lugar donde antes reinaba la basura, hurtar una planta para replantarla, regarla y cuidarla hacía de esa jugarreta un pecado blando.

Las madres de familia empezaron a quejarse porque sus flores desaparecían. Se acercaban a las autoridades para poner la denuncia y les exigían que les den plantas para sus jardines. Los miembros de la municipalidad empezaron a sacar flores de su vivero y se las regalaban a todas las personas que querían embellecer sus casas.

El vivero del distrito tiene al menos 15 años de existencia, pero antes servía solo como un nicho para conservar algunas flores. Tras la apertura del concurso, tuvo una nueva función: brindar plantas de forma gratuita a los vecinos que querían adornar sus hogares para ganar el concurso. Entre las muchas variedades que brindaban habían plantas ornamentales (pingo de oro, alegría del hogar, claveles de colores, begonias, hortensias, rosas), árboles frutales (carambola, caimito, mandarina guanábana), árboles maderables (bolaina, capirona) y plantas medicinales para hacer infusiones o para usar en la cocina (hierba luisa, kión, orégano), entre muchas más especies.

Luego de esta convocatoria y del  evidente cambio que hay en esta localidad, Luis Neira, hace un balance: “Este concurso ayudó a mejorar las condiciones de vida, brindó más seguridad, más espacios públicos de recreación para toda la familia y ayudó a evitar los focos infecciosos que produce el dengue. Es decir, el proyecto también incidió en la salud pública.

Concurso Vivir Bien instaló un cambio de chip en los pobladores de La Banda de Schilcayo. Foto: Nicolás Castro
Foto: Nicolás Castro

Con el tiempo, “Vivir Bien” dejó de ser una competencia para ser una forma de vida. El certamen ya había terminado, ya existía un ganador, pero los vecinos aún buscaban más plantas para adornar sus hogares. Ahora hay algunos que tienen criaderos de abejas, de aves menores, y hasta poseen sus propios viveros.

—Antes estaba monte, estaba sucio. Ahora está limpio —señala Dina Tafur, vecina de la Asociación de Viviendas Santa Bárbara, la última en ganar el primer lugar en el concurso “Vivir bien”.

En el primer concurso (2015) ellos quedaron segundo lugar, y en el segundo (2016) obtuvieron al primer galardón. Con el dinero que obtuvieron hace dos años compraron máquinas cultivadoras, un terreno para el local comunal y un jardín de niños que está en construcción.

Menos basura

Parque temático hecho a base de llantas recicladas. Foto: Marquiño Neyra

Esto es solo una parte de toda la gestión integral que se ha realizado. Los pobladores tienen ahora un concepto más completo de concientización y de calidad de vida. Ya no acumulan volúmenes de basura, porque han entendido que los residuos almacenados causan enfermedades gastrointestinales, respiratorias, y otras tantas más severas.

Así llegaron a reducir hasta 48 toneladas de residuos sólidos. Como los trabajadores que se dedicaban a limpiar tenían más tiempo libre, empezaron a higienizar más lugares como las cunetas (zanja o canal al lado de las carreteras que reciben el agua de las lluvias) e invirtieron el tiempo en mantener cada vez más limpios los alrededores. Pero hasta ahora no es suficiente.

—Aún no es el paraíso, falta mucho por hacer —dice Neira.

En medio de la fiesta patronal de la Virgen de los Remedios, las autoridades se enfocan en la conservación de sus calles como si fuese un fin religioso. La mayoría de las áreas de este distrito son zonas de conservación.

Las esquinas que antes eran montículos, ahora tienen esculturas simbólicas. Las llantas y botellas de plástico que terminaban en el río, son maceteros. Las paredes que lucían legañosas, son murales. Y los niños que jugaban alrededor de la basura, tienen canchas de fútbol.

Hace un par de años, este lugar era un nicho de basura. Foto: Nicolás Castro

Acerca del autor

Marquiño Neyra

Periodista, chiflero y grunger.

Añadir comentario

Escribir un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *