Ambiente

Choquequirao: el territorio amenazado del oso de anteojos en Perú

Con más de 100 000 hectáreas, el Área de Conservación Regional Choquequirao es el hogar de una importante población de esta especie en el sur del Perú.
La presión ganadera y agrícola, así como la ausencia de guardaparques son algunos de los problemas que ponen en peligro el hábitat del también llamado oso andino.

Por Mongabay

La presencia en la naturaleza del oso de anteojos, conocido también como oso andino y denominado por la ciencia como Tremarctos ornatus es clave. Es un importante dispersor de semillas, favorece la regeneración de la flora silvestre y transporta polen en su denso pelaje, como lo precisa el Plan Nacional de Conservación del Oso Andino, elaborado por el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (Serfor). Con hábitats que van desde los 250 hasta los 4750 m.s.n.m. en el Perú, el Tremarctos ornatus es considerado una ‘especie paraguas’, pues su conservación beneficia a la flora y fauna presentes en su hábitat.

Pero no todos entienden la necesidad de preservar a esta especie que se encuentra en estado Vulnerable. La expansión ganadera y agrícola, sumada a la tala, la minería ilegal y la caza, son los principales peligros que acechan a esta especie. El ACR Choquequirao no es la excepción. La primera área de conservación regional del Cusco es hoy un territorio amenazado. No tiene guardaparques, ni cámaras trampa, ni equipos de monitoreo. Una ausencia que deja a la deriva a esta especie que vive en el 74 % de este territorio.

Un camino lleno de dificultades

El ACR Choquequirao —ubicado entre las provincias de La Convención y Anta— es un espacio megadiverso, con una extensión de poco más de 100 000 hectáreas, que alberga ecosistemas únicos, que van desde los pajonales y los bosques secos hasta los bosques nublados.

En el corazón de esta área protegida se encuentra uno de los principales atractivos de la región del Cusco, la ciudadela inca de Choquequirao. En este espacio arqueológico, las marcas de garras en los árboles de los andenes incas son la prueba que estos mamíferos han estado presentes desde hace siglos.

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La única forma de llegar a este sitio arqueológico, por ahora, es caminando. Una de las rutas más conocidas es la que parte del pueblo de Cachora, desde donde inicia una exigente ruta de 32 kilómetros. Al cruzar el río Apurímac, el visitante ingresa al área reservada. Durante el recorrido y con el nevado Padreyoc de testigo, se atraviesan pequeños caseríos, uno de ellos es Santa Rosa, el sector que alberga la mayor población de osos de anteojos.

El Parque Arqueológico de Choquequirao tiene un territorio de más de 500 mil hectáreas, superando en extensión al área de conservación regional que lleva su nombre. Foto: Illa Liendo – Mongabay Latam.

Para algunas familias, como la de Lizbeth, estos animales no representan problema. En su terreno hay suficientes paltas para alimentarlos, por eso no se interesan en otros cultivos. Sin embargo, esto no sucede con todas las familias que viven dentro del ACR Choquequirao. En las poblaciones de Yanama y Totora este mamífero no es un vecino muy popular porque consume sus sembríos.

Jim Farfán, jefe del ACR hasta fines del año 2018, sostiene que la población de Choquequirao se encuentra divida respecto a la conservación de esta especie silvestre. “En Yananama, cuando siembran me dicen que la mitad de sus productos es para ellos y la otra mitad para los osos”, explica. Si bien esta especie se alimenta de bromelias, tunas, frutillas o raíces, cuando entran en contacto con las personas su dieta varía y consumen productos agrícolas y, ocasionalmente, ganado, señala Farfán.

Los agricultores consideran que esta especie es la única responsable de los daños a sus cultivos de maíz, aunque la realidad es otra. Animales como los loros, ratones, cerdos y zorrinos también ocasionan pérdidas en estos sembríos, según el documento Conflictos humano-oso andino en el Perú. Guía para su identificación y reducción, de la Sociedad Zoológica de Frankfurt.

Oso de anteojos en los andenes del complejo arqueológico de Choquequirao, sector Pichaunuyoq. Foto: Antonio Zanabria/ Miguel Yepez Peña.

Lo mismo creen cuando aparece muerto su ganado, aunque el oso de anteojos no suele atacar a otros animales. Los pumas y zorros con los que comparte el bosque son los cazadores locales.

La presión del ganado es otra de las amenazas para esta especie silvestre. El biólogo cusqueño Karl Huaypar ha investigado este problema en la ACR Choquequirao y concluye que en el 59 % del territorio habitado por el Tremarctos ornatus hay ganado. “Sino hacemos algo, en vez de conservar osos vamos a conservar vacas”, comenta preocupado.

“La sola presencia del ganado disminuye la del oso andino”, confirma Robert Márquez, de Wildlife Conservation Society (WCS) Colombia. Su experiencia en numerosos proyectos dedicados a esta especie en Sudamérica lo avalan. “En Colombia, por ejemplo, el ganado reduce su presencia en un 37 %. Es una cifra importante”, añade.

El poblado de Marampata alberga la mayor población dentro de la ruta de Choquequirao. La mayoría de las familias locales se dedican a ofrecer servicios turísticos

Márquez conoce de cerca su situación en el ACR Choquequirao y en el Santuario Histórico de Machupicchu porque fue él quien en el 2014 capacitó a los equipos encargados de hacer el monitoreo en ambas zonas. En el caso del ACR, hace cinco años el ganado ya era un problema. La crianza de vacas es una práctica común y al no tener barreras, estos animales invaden zonas silvestres en búsqueda de pastos. “Hay que tener en cuenta que el oso andino ha estado allí siempre. Nosotros tenemos que mejorar nuestras prácticas agropecuarias”, concluye.

Una esperanza para la conservación

A dos horas de camino de Santa Rosa, después de subir por una exigente cuesta se llega a Marampata, una pequeña población que ofrece áreas para acampar, duchas calientes y abarrotes para los extenuados viajeros que van al sitio arqueológico de Choquequirao. En una de estas casas viven Rosario Cobarrubias y su padre, dueños de uno de los primeros campings del lugar.

Rosario sí les tiene miedo a los osos. Cuando era niña, su mamá le contaba la historia de un oso que se robó a una joven mientras pastaba ganado —una leyenda muy extendida en los Andes. “Le tengo pánico, si veo uno empiezo a correr”, comenta. A pesar del temor, recuerda con una mezcla de tristeza y vergüenza los tiempos en que sus familiares los cazaban y preparaban chicharrón con su carne.

En ese entonces, uno de los vecinos de Marampata adoptó a una cría. Don Justo Tapia aún habla con ternura de ‘Tomasa’, la osa que vivió con su familia durante cinco años. Cuenta que una mañana, mientras pescaba escuchó unos ruidos. Era un osezno abandonado. Al día siguiente, el llanto era aún más fuerte, así que decidió llevarlo a casa porque dedujo que su madre había sido cazada.

‘Tomasa’ creció con los Tapia hasta el día que llegó una carta oficial ordenando el retorno de la osa a su hábitat, en caso contrario don Justo iría a la cárcel. Acompañado de su hija, fueron a dejar a ‘Tomasa’ al otro lado del río Apurímac, al mismo lugar donde la encontraron. Le dejaron choclos recién cosechados y cruzaron rápidamente en la canasta de la oroya. “Tomasa lloraba a lo lejos, nosotros también”, cuenta don Justo.

Hoy, en Marampata, algunos de los pobladores están convencidos de la importancia de conservar a esta pacífica especie. Saben que está prohibido cazarla y son conscientes que un turista que se va con una foto de este animal habrá tenido una experiencia extraordinaria. “Se ha convertido en un importante atractivo. Ahora ya no queremos cazarlo, queremos conservarlo”, dice Rosario. A pesar del entusiasmo, en la práctica, la conciencia ambiental es aún incipiente.

Los guardaparques del pueblo

En la caminata de Cachora a Choquequirao se puede contar sin esfuerzo más de un centenar de botellas de plástico abandonadas en el camino. En toda la ruta no existe un solo basurero y la señalización es escasa. Pero lo más grave son los barrancos convertidos en botaderos de basura por algunas agencias de turismo, como denuncian los pobladores.

A pesar de que por esta ruta pasan alrededor de 5000 visitantes al año, no existe un sistema de recolección de residuos sólidos. Las mulas que utilizan los arrieros pastan sin control. Por falta de presupuesto, en la ACR no hay guardaparques y tampoco vehículos, por tanto, las inspecciones y visitas a campo son muy limitadas. En los dos últimos años se realizaron solamente seis patrullajes.

Por esta ruta pasan alrededor de 5000 visitantes al año aún así no existe un sistema de recolección de residuos sólidos. Foto : Difusión

“Muchas áreas de conservación regional nacen con entusiasmo y se chocan con la realidad, con el problema de autosostenerse”, observa John Achicahuala, el primer jefe del ACR.

Son los pobladores de la zona quienes prácticamente actúan de guardaparques. Cuando en febrero del 2018 hubo un caso de tala ilegal en el sector de Potrero, fueron los vecinos de Marampata quienes denunciaron el caso ante las autoridades. Según cuentan, la responsable era una empresa turística que estaba construyendo un alojamiento en la zona.

Serfor la sancionó, pero las cabañas para turistas se concluyeron, así como varias casas de dos pisos con techos de calamina. “Con estas construcciones se ha depredado gran parte del bosque”, denuncia Maribel Cobarrubias, presidenta de la Asociación de Bienes y Servicios Turísticos de Marampata.

Ante este caos, las nuevas generaciones no se quieren quedar con los brazos cruzados. “Nosotros estamos a cargo de la conservación. Queremos que nos capaciten. No queremos que esto se convierta en otro Aguas Calientes”, dice Maribel en referencia al desordenado crecimiento que ha experimentado el pueblo junto a Machu Picchu, ícono del turismo en Perú.

El desafío de una agenda sostenible

Los planes de promoción turística y mejoramiento de accesos hasta el sitio arqueológico, así como la posibilidad de un teleférico del que ya existe un proyecto en ProInversión, se presentan como posibles nuevas amenazas para el ACR Choquequirao.

“El mayor riesgo para la conservación del oso de anteojos es la migración humana”, señala Ronald Catpo, director de Áreas para la Conservación de la Asociación para la Conservación de la Cuenca Amazónica (ACCA). “Si crecen los pueblos en el ACR y se instalan restaurantes y hospedajes, puede haber un impacto negativo en su alimentación y su reproducción”, asegura.

A fines del 2018, antes de dejar la gerencia regional de Recursos Naturales y Gestión del Medio Ambiente del Gobierno Regional del Cusco, Miguel Ángel Atausupa, dijo a Mongabay Latam que “los recortes presupuestales y los cambios de autoridades dificultan el financiamiento. Proteger más de 100 000 hectáreas con solo un jefe de proyecto es imposible”. Con esta respuesta intentó un “mea culpa” por los resultados del último informe de gestión del Plan Maestro de la ACR que indicaron el cumplimiento de solo un 18 % de las metas.

El 2019 se inició con una nueva gestión regional, un recambio que se produce cada cinco años en el Perú. En conversación con Mongabay Latam, el actual Gerente de Recursos Naturales, Miguel Ángel Canal, aseguró que el ACR Choquequirao está en la agenda.“Existe una propuesta de proyecto de inversión pública que garantizaría tres años de presupuesto para el ACR. Implementar puestos de control, tener guardaparques y un nuevo monitoreo, son algunas de las actividades previstas”, sostiene.

Para el biólogo Huaypar, no solo se trata de conservar una porción de hectáreas, sino de proteger un territorio crucial para el sur del Perú. La suma del ACR con el Santuario Nacional del Ampay y el Santuario Histórico de Machupicchu constituyen un corredor biológico de 140 000 hectáreas que garantizaría la vida de cientos de especies de flora y fauna. En el caso del oso andino, este corredor es decisivo para su conservación.

Mientras tanto en las alturas de Marampata, lejos de las oficinas donde se toman las decisiones, Rosario extraña el vuelo de los cóndores, el croar de los sapos después de la lluvia, los pumas que bajaban de la montaña y las visitas de los venados atraídos por la alfalfa fresca. Eso ya no sucede más. “Quiero que la tierra donde nací vuelva a ser como cuando era niña”, confiesa mientras pone a secar la quinua. Pero su mayor esperanza es que los futuros planes para convertir a la ciudadela inca en un destino turístico mundial no destruya los bosques y que Choquequirao siga siendo la tierra de los osos.