Cultura

El Niño de la Espina, el otro niño cusqueño de navidad  

En el Ombligo del Mundo el Niño Jesús no es precisamente el centro de la Navidad. Otro niño usurpa el protagonismo del mesías en la ciudad de los incas.  

En una gota de lágrima es posible reflejar todo el cielo azul serrano. De cabellos ensortijados, un niño está envuelto en llanto y la razón de su desconsuelo es una espina atravesada en la planta de uno de sus pequeños y regordetes pies. Como un par de maíces, de esos que crecen en el Urubamba, aquellos pies están tan hinchados y tan maltrechos que el hilo de sangre que recorre uno de ellos, producto de esa espinosa hendidura, contrasta y explica el llanto.

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Esa es la historia de Q’álito, un pastorcito andino fuente de inspiración para una de las figuraciones andinas que versionan la imagen del niño Jesús: El Niño de la Espina. Y, ese pequeño y doloroso instante quedó inmortalizado a través de la hechura cusqueña del gran imaginero peruano Antonio Olave.

 Curiosamente cuando se recorren las calles cusqueñas, no pasa desapercibido que el niño a quien se festeja en navidad no es Jesús. Sino Manuelito. Y la razón parece perderse en el arribo del cristianismo por estos lares incas: Para la investigadora Isabel Mujica, podría ser una interpretación de las escrituras del profeta Isaías, que nombra en sus textos a Emanuel,  pero para algunos cusqueños bien podría no tratarse precisamente del hijo de dios.

Los traviesos Manuelitos

 

Antonio Olave fue uno de los artesanos cusqueños más conocidos durante el siglo xx y muchos coinciden que a él se debe la aparición de El Niño de la Espina en la imaginería religiosa. Olave es quien escucha la historia de Q’alito, un niño que se clava una espina para ayudar a otro. Un chiquillo andino que hace milagros para librar del castigo y las labores de pastoreo. Travieso y pícaro, un incitador de la bellaquería de montaña, solo aparece para proponer a otros niños jugar, jugar y jugar.

A estos niños se les atribuye el carácter propio de su edad. Se les trata como si fueran reales y no meramente una representación, señala Mujica. Se les confiere la capacidad de salir a jugar, recorrer localidades por eso es muy común ver a muchos ejemplares protegidos por urnas para que no escapen.

Pero más allá de la versión del Niño Manuelito de Olave, existen muchas otras que pintan el perfil completo de este travieso niño cusqueño y varían en muchas localidades cusqueñas: los hay dormidos, en pañales, como un niño pastor. Un niño con Varayoq o con algún traje de danza local.

Este niño forma parte de la cultura cusqueña y se le puede apreciar en la gran mayoría de nacimientos, no solo en esa ciudad, sino en gran parte de los nacimientos que adornan las iglesias y casas del Perú.

El Dato:

A pesar de que esta representación puede rastrearse desde la colonia en Perú, es hasta 1975 y a través de Antonio Olave que la imagen cobra los rasgos que ahora la hacen conocida y famosa en la imaginería religiosa y la artesanía popular.

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Redacción Rumbos

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