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Las haciendas de los espíritus

Porque el tiempo de viaje también sirve para reflexionar, te presentamos una de las rutas más atractivas que ofrece la sierra sureña de cielo celeste. Cerquísima, casi casi a la vuelta de la esquina.

Por Javier Inca

Basta dar un paseo por Apurímac, tomando la Interoceánica Sur, para recibir una interesante lección de historia al paso. Sí, de lo que nunca aprendimos (o no nos enseñaron bien) en el colegio. Y no hablo de fechas, ni héroes, ni batallas, ni tampoco de datos aburridos con los que nos torturaron de chicos. Hablo más bien de un episodio tal vez tratado con la misma ligereza y frivolidad con la que se trivializa en un snack.

MÁS RUMBOS: ¡Ocho son suficientes! 

Una época que merece ser resaltada para entender un poquito mejor este país de colores y contrastes.  Me refiero a la época de los grandes hacendados (algunos de ellos gamonales). Años que seguramente pocos recuerdan con nostalgia y  en el peor de los casos ni recuerdan. Una época donde algunos hacendados explotaron, una vez terminada la Colonia, a indígenas y campesinos tomando sus tierras y disponiendo de su trabajo.

Y que estas líneas no sepan a paternalismo, ni a qué penita, sino a mostrar algo que ocurrió. De esta época, Apurímac tiene mucho que contar con sus haciendas (algunas abandonadas) porque en esos solares también vivió el misti, el hacendado, el patrón, y, cómo no, también el gamonal. El que marcaba con hierro caliente, quien hacía temblar a los indios a latigazos, quien abusaba de sus mujeres, o quien se compadecía y se emborrachaba con sus peones en las fiestas.

Pero un día llegó la rebelión campesina que si bien no arrasó con los mistis, los dejó maltrechos, como dice Alberto Flores Galindo. Entonces  los señores, en muchos sitios, huyeron a Lima para incursionar en negocios urbanos y olvidaron sus haciendas. Y si a eso le sumamos la reforma agraria de Velasco, entonces todo se les vino encima. Por eso, tal vez podríamos llamar a este recorrido como ‘la ruta de la reflexión’.

La ruta

Si uno llega a Abancay podrá comprobar lo que digo. Aquí se encuentran los restos de las principales haciendas de Apurímac como la antigua Patibamba, que data del siglo XVI y a la que se refiere el Tayta Arguedas en Los ríos profundos.  Se ubica frente al terminal terrestre y parte de sus estructuras sirven hoy de escondite en el recreo de los alumnos del colegio Vallejo.

Bajando, a quince minutos de Patibamba, se encuentra la hacienda de Illanya, que se construyó a inicios de la Colonia con un exquisito estilo arquitectónico francés. Ha sido restaurada y  dentro de ella se puede visitar el Museo de la Dirección Regional de Cultura. En su momento se dedicó a la producción de caña y aguardiente al igual que la hacienda San Gabriel donde todo se ha convertido en huertas, entre las que sobresalen muros, torreones, arcos de piedra y paredes.

Siguiendo la ruta de Illanya, a la altura del kilómetro 423 de la Interoceánica, se encuentra la hacienda de Yaca que destaca por su iglesia y por su casa que se resiste a caer. Dicen que en la Colonia aquí se elaboraba la mejor azúcar del país por eso su producción en su totalidad era enviada a Europa para ser consumida por la corte española. Esta zona disfruta de un clima cálido.

Al otro extremo de la ciudad, a una hora en dirección al Cusco, en la tierra del anís, Curahuasi, hay haciendas como El Carmen dedicada a la crianza de gallos de pelea y la producción de anisados. En estos valles se cultivó la uva por primera vez en América, pero esa es otra historia. Si te animas a seguir la ruta de las haciendas descubrirás un mundo de leyendas, palacios donde ahora habitan los espíritus y donde los recuerdos ya no tienen quien los recuerde.

En rumbo

¿Cómo llegar?  Empresas de transporte como Civa, Cruz del Sur y Oltursa tienen salidas diarias hacia Abancay  (17 horas)

¿Dónde hospedarse? Hotel de Turistas de Abancay / Teléfono (083) 321017, reservas@turismoapurimac.com

 

 

 

 

 

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Redacción Rumbos

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