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San Fernando, buscando el norte en el sur

En su último día en la ciudad de Nasca y antes de partir al distrito de Marcona, el equipo periodístico de Rumbos del Perú, se internó en la zona norte de San Fernando, la menos conocida y visitada de esta reserva nacional de la región Ica, en la que se protege los ecosistemas marinos-costeros y se promueve el aprovechamiento responsable de los recursos naturales.

Por Rolly Valdivia Chávez

El simple hecho de pensar en la existencia de una carta-menú o de una pizarra que anunciara con letra nerviosa los platos del día, podría considerarse como un exceso de optimismo y, al mismo tiempo, como una ingenuidad generadora de ternura. Más fácil hubiera sido buscar y encontrar en esa cabaña sin candados, sin puertas y sin perros guardianes, una batería de motos, un salvavidas y un televisor cubierto por una manta.

Esos no eran los únicos objetos. El lugar estaba repleto de cosas aparentemente inservibles o demasiado utilizadas, pero ninguna de ellas era una maltrecha carta de platos escrita en una hoja cuadriculada o un pedazo de cartón convertido en pizarra. Dichos elementos o detalles refrendarían que esa cabaña levantada con pilotes de madera y delimitada por paredes de plástico, era en realidad un huarique con vista al mar.

Pero la ausencia de ambos elementos no era lo más preocupante. Total, nadie pecaba de optimista ni de ingenuidad; además, la existencia de ollas y de una mesa cubierta por un mantel de plástico floreado, confirmaba que ahí se cocinaba y se comía. Lo complicado, en este punto de la historia, era conocer quién o quiénes lo hacían, porque en esa cabaña no existían ni fantasmas.

Los gritos de Pablo fueron inútiles. Nadie respondía, entonces, como los náufragos desesperados, decidió escribir una nota salvadora que, por cuestiones prácticas, no colocó en una botella. Lo mejor era dejarla sobre el mantel floreado para que alguno de los Chorris –como eran llamados los hasta ahora invisibles cocineros del huarique– se enteraran de sus inquietudes e intereses gastronómicos cuando volvieran de pescar.

El tiempo no sobraba y como era imposible esperarlos, se marcharon con la esperanza de que el mensaje cumpliera su propósito. De ser así, el equipo de Rumbos terminaría su exploración en el estuario de Santa Ana –donde el cauce del río Grande se une, se entrega, se pierde en las olas–, engriendo a sus paladares con un ceviche bravazo y hasta rudimentario, ajeno a las delicadezas y refinamientos gourmet.

Al menos eso es lo que se entendía de las palabras de Pablo Merino, el único que había experimentado y ¿sobrevivido? a la sazón de los Chorris. Biólogo de profesión y ‘pajarero’ ilustre, el equipo carecía de información que le permitiera evaluar sus aciertos culinarios, aunque existía un poderoso motivo para hacerlo caso: esa cabaña-huarique era la única que existía en ese sector de la zona norte de la Reserva Nacional San Fernando.

Si se tratara de identificar alguna especie o de encontrar un paraje vistoso en esta área protegida para conservar la diversidad biológica y los ecosistemas marino-costeros de los distritos de Santiago (provincia de Ica), Changillo, Nasca y San Juan de Marcona (provincia de Nasca), nadie habría dudado de su recomendación. En eso era infalible, tanto así que la propuesta de visitar ese lugar, había sido suya.

Un río demasiado grande

“Nadie va a esa zona. Pocos la conocen y casi no hay publicaciones”. El último argumento fue irrebatible. No se diga más. El equipo se escaparía hacia la reserva antes de despedirse de Nasca y enrumbar a Marcona. El día final en la ciudad de las líneas. Amanece. Partimos. Dirección norte hacia Changuillo donde, en teoría, la camioneta cruzaría el río para llegar a la reserva.

Al tacho con la teoría. Cauce alborotado del río Grande. Cambio de planes. Desandar lo andado. “Tienen que ir por Huayuri, pasando Palpa está el desvío”, había informado un vecino. La camioneta retornó a la Panamericana. ¿Huayuri?, un nombre trae recuerdos. Un complejo arqueológico conocido como la Ciudad Perdida y un árbol aparentemente inmortal que es conocido como el huarango milenario.

Parajes solitarios, terrosos, candentes. ¿Estarían en el camino correcto? Breves parches de verdor, un grupo de cabras, una efímera franja de asfalto. ¿Hacia a dónde ir? Avanzan. A lo lejos se adivina el mar. Avanzan, pero no llegan ni al océano ni a la desembocadura, a pesar que hace ya un buen rato dejaron atrás el letrero de bienvenida a San Fernando, la reserva de 154 716,37 hectáreas creada el 21 de julio de 2009.

Ahora sí, el último tramo. Nada. Una vez más… y el panorama se abre y el horizonte se llena de océano, de mar solitario, de costa desértica. Contemplación. Silencio. La brisa, las olas, las palabras: “Al norte… –se lee en la Guía Oficial de Áreas Naturales Protegidas del Sernanp– las desembocaduras de los ríos Ica y Grande, colorean el gran desierto iqueño con sus bosques ribereños, y algunas playas de arena enfrentadas a un viento notable”.

Una descripción inspirada que encaja con lo que ven en las inmediaciones de la Cabaña el amigo de los Chorris, en la orilla playera en la que el mar recibe a un cauce de aguas cargadas y oscuras –que lo mancha, que lo ensucia–, en la ribera humedecida donde el desierto cede al verdor y se divisan unas huellas sospechosas. “Son de un zorro”, advierte Pablo. Alerta. Inquietud. Se aguzan las miradas.

Mala suerte. Esta vez solo verán las huellas. Una excusa para retornar a la zona norte y, claro, también a la cabaña-huarique. Allí sí hay suerte. Dos Chorris volvieron con un lenguado enorme. Rapidito lo filetean y trozan. Se viene el ceviche, mientras el equipo invade la mesa del mantel floreado, en la que resalta la nota escrita por Pablo y, aunque nadie la leyó, el pedido ya está listo.

Buen provecho en un huarique sin carta ni pizarra, sin chef de mandil blanco ni mozo bien acicalado. Sabor inesperado en un lugar inesperado al que no estaría mal regresar. Quizás el zorro y el cóndor que alguna vez se le ha visto volando por aquí, son como los Chorris, aparecen en la segunda visita. Caray, les faltó dejarles una nota.

En Rumbo

Ingreso: para visitar San Fernando es necesario solicitar la autorización de la jefatura de la reserva nacional. Los interesados deben escribir al correo: rnsanfernando@sernanp.gob.pe o jrios@sernanp.gob.pe.

El viaje: diríjase por la Panamericana (dirección a Lima) hasta el kilómetro 410, donde se encuentra el desvío a Changuillo. Desde este punto se sigue el río Grande durante unos 40 kilómetros aproximadamente. La falta de un puente hace imposible tomar esta vía en época de crecida. En ese caso ingresé por Huayuri (pasando Palpa). Tiempo de viaje: 3 horas aproximadamente.

Consejo: se recomienda un vehículo 4×4 para acceder al estuario Santa Ana en la zona norte de San Fernando.

Los extras: si el tiempo se lo permite deténgase a admirar el Huarango Milenario y la Ciudad Perdida de Huayuri (Santa Cruz, Palpa), un asentamiento prehispánico que habría tenido su esplendor tras el ocaso de los nasca. Ya en la zona norte, anímese a conocer Punta Caballas, lugar en el que desemboca el río Ica.

El otro polo: a la zona sur de San Fernando se accede por el desvío a Huaricangana (kilómetro 477 de la Panamericana Sur) o desde San Juan de Marcona.

Fauna: den la Reserva Nacional San Fernando hay diversidad de aves guaneras, lobos marinos, pingüinos de Humboldt, nutrias, zorros, guanacos y cóndores (estos últimos principalmente en la zona sur).

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Redacción Rumbos

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