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La otra Lima, más allá de las postales

Texto por Óscar Miranda T.

Casi un siglo después de que el escritor Abraham Valdelomar acuñara su célebre fanfarronada, Lima no es más el Jirón de la Unión, ni tampoco el Centro Histórico. Más allá de su pasado colonial y republicano, la capital peruana posee atractivos de inusitados contrastes, que le dan vida, color y mística a su semblante.

En esta ciudad el cielo es siempre gris, mediocre. Cada mañana una breve neblina envuelve los edificios que se alzan al final de las calles, al borde de un mar entre marrón y verde. Un mar con ligeros tonos de gris, también.
En esta ciudad el crecimiento urbano se acelera con la indiferencia de las autoridades, la preocupación de los especialistas y lacomplicidad de las gentes. Y la mirada ceñuda de la geografía, que la aprisiona entre el mar y sus montañas.

Y entonces el perfil urbano de sus calles crece, se complica, se eleva y adopta siluetas agudas, petulantes e imponentes. Los edificios envueltos en la neblina son más numerosos cada mañana. Lima acentúa así su carácter de urbe moderna, cosmopolita, donde el turista por momentos puede dejar la mochila, sentarse a tomar un café y sentirse como en casa.

Arena y sol
Pero llegará un momento en el que las miradas se cansen. Cuando las mentes ya no razonen ni busquen explicaciones a la belleza, la magia, la dimensión científica o histórica de aquello que se ofrece a nuestros ojos. Será momento entonces de buscar tenderse en la arena, relajar los párpados, sentir la brisa salada y aspirar el olor del mar. Sin pensar en nada. Adormecido por el rumor de las olas en la orilla.

Escenarios de ensueño como los imaginados se pueden hallar en Lima, de seguro. Playas de arena blanda, aguas tranquilas y muelles viejísimos, a punto de caerse. Donde en las noches se enciendan fogatas y se toque la guitarra; donde por las tardes se pueda correr olas y tirar clavados desde los muelles; y por las mañanas el sol se muestre magnífico y uno se levante aspirando el fuerte aroma del pescado fresco.

En el sur, donde terminamos nuestro rápido circuito, el litoral es amable, llano a las visitas. Es cierto, algunas playas son ariscas, de olas fuertes, idóneas para quienes no desprecian los desafíos del océano. Para ellos están Punta Rocas, San Bartolo, Punta Negra o El Silencio. Pero también las hay mansas, familiares, de aguas que acarician los tobillos y juguetean con los salvavidas de los niños. Ellas son Pucusana, Naplo, León Dormido y varias más.

      

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