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Viviendo
en los extremos
Texto & fotos: Walter Wust
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Puno alberga una de las mayores riquezas geográficas y culturales del Perú. Mientras los hombres de las ciudades se afanan en seguirle el paso a la modernidad y la tecnología, los puneños han sabido mantener sus tradiciones ancestrales. El resultado es una explosión de color y belleza sin precedentes en el continente.
En Puno todo es azul intenso y dorado. Es algo que tengo grabado en la mente desde la primera vez que visité aquellas tierras altas y de aire delgado como cuchillo. Y es algo que compruebo cada vez que ojeo las fotografías que tomé en sus alrededores.
El Titicaca, el gran lago, es parte vital de la personalidad del puneño. No del juliaqueño que trabaja duro y se le pasa la vida tratando de conseguir una platita para abrir un negocio, para comprar más mercadería. En el sur se suele decir: "mientras Puno danza, Juliaca avanza". Y no deja de ser cierto.
Una tierra de contrastes
En verdad, es comosi el destino hubiera querido someter a los hombres de la sierra sur a una serie de pruebas para comprobar su temple, para ver si pueden resistir. Hace unos años fueron las sequías las que azotaron su territorio con tal fiereza que casi ningún animal logró sobrevivir. Los que no murieron se fueron lejos. Los hombres emigraron y bajaron a las ciudades. Se fueron donde los mistis a buscar fortuna. Pero no pertenecían allí, así que les fue mal. La sequía fue una de las más duras que la historia registra. Ni siquiera los más ancianos recordaban tiempos similares.
Nuevos peligros
Estamos en la Comunidad Campesina de los Pirín, en la localidad de Pusi, en la orilla oeste del lago. Los comuneros han dejado sus labores diarias y se han reunido en torno a la pequeña zona descampada entre las casas de adobe y que funciona como placita de armas. Han venido los ganaderos, encargados de vigilar y mantener a los hatos de alpacas y ovejas en las tierras colindantes al lago, y también los llacheros, aquellos que cosechan las algas llachu del fondo de las aguas para alimentar a su gente y a sus animales. También hay comuneros de las tierras altas, lejos del lago, donde el ganado está flaco, con hambre. Todos prestan atención al cacique, que expone la situación en quechua a los asistentes a la asamblea. El problema es que la lenteja de agua ha crecido demasiado y dificulta la navegación. Las pequeñas plantas flotantes se han multiplicado de tal manera que hacen casi imposible el desplazarse entre los
totorales.
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