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El
misterio de la vida en Machu
Texto
por Walter Wust.
Los
bosques de neblina del Santuario Histórico
de Machu Picchu albergan, dentro de su
espectacular paisaje, a un conjunto de
increíbles criaturas que a menudo
pasan desapercibidas para el viajero.
Acompáñenos a descubrir sus
secretos.
Era
un cañón profundo, de más de cien
metros de altura, que caía vertical
hacia el río. Entre el musgo y las
orquídeas, miles de plantas epífitas
con sus
hojas de color amarillo translúcido
se aferraban a la piedra; mientras las
aguas, blancas por la espuma,
golpeaban con fuerza las rocas. Un
ruido ensordecedor opacaba el canto de
las aves. Encaramados sobre una breve
saliente observábamos el río
deslizarse entre los acantilados
pulidos por siglos de continua erosión.
De pronto, y como salidas de la nada,
un par de veloces figuras avanzan
contra la corriente casi sin esfuerzo.
De cuando en cuando se detienen en
alguna de las enormes rocas pulidas,
para luego lanzarse a las violentas
corrientes, como desafiando al
poderoso Vilcanota. Es una pareja de
patos de los torrentes (Merganetta
armata), una de las más increíbles
criaturas que habitan los ríos de
montaña.
Gallitos
bailarines
A medida que nos alejamos del río y
caminamos por la vía del tren, los
cantos de cientos de aves van
dominando el ambiente. El aire húmedo
y pesado del bosque es el vehículo
ideal para transportar sus trinos y
gorgeos... y las aves lo saben. Por
ello, pregonan con inusitada potencia
la posesión de sus territorios o su
calidad de consortes a los individuos del
sexo opuesto.
De
colores
Los picaflores son aquí un caso
especial. La abundancia de flores en
esta región permite la existencia de
hasta 14 especies diferentes, cada una
de ellas con picos diseñados para el
consumo del néctar de ciertas
variedades de plantas. Los hay tan
pequeños como un insecto, adaptados
para acceder al néctar de las pequeñísimas
flores del capulí, o tan grandes que
superan en tamaño a la propia ave,
convirtiéndola en el único animal
capaz de libar la dulce recompensa que
ocultan las campanillas y daturas. La
flora no se queda atrás. Los árboles
de pisonay (Erythrina falcata) y q'euña
de altura (Polylepis racemosa) con sus
copas repletas de rojas flores,
parecer hervir de vida
El
nuevo día trae sorpresas
Hemos llegado al lugar adecuado. La
vegetación es densa y se nos hace difícil
creer que estamos a sólo dos kilómetros
de la habitación del hotel. Nos
sentamos en la hierba a esperar. De
pronto, observamos una figura
desaparecer entre las ramas. Una
especie de bola de fuego que deja
boquiabiertos a quienes la ven por vez
primera. Luego aparecen dos más.
Finalmente, tres figuras de color carmín
parecen opacar a cuanto les rodea,
saltando de rama en rama en curiosa
danza y emitiendo un ruido extraño,
empleado para atraer a las hembras.
El gallito de las rocas (Rupicola
peruviana), nuestra ave nacional, es
el misterioso habitante de los bosques
que ahora nos deleita con su exhibición.
Nos encontramos en un lek, término
sueco empleado por los científicos
para describir los lugares de cortejo
de ciertas aves; una especie de 'pista
de baile' a la que acuden diariamente
a competir los galanes en busca de la
aceptación de alguna hembra presente
en las cercanías.
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