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El
mar del tiempo perdido
Texto
por Luis Miranda
Fotos
por Aldo Diaz / Walter H. Wust / J. C.
Salinas / Mylene d'Auriol
Dos
lugares en el norte del Perú donde se
mezclan el placer y la historia: Colán
y Cabo Blanco. La línea costera que
se extiende en el desértico
departamento de Piura brinda una
serena belleza. Arena blanca, playas
solitarias, mar temperado, puestas de
sol épicas, pescadores artesanales
sumidos en sus tareas, gastronomía
fundamentada en mariscos y esa
tranquilidad que ya no se encuentra en
otras playas del mundo, son los
argumentos más socorridos para
explicar la fascinanción que muchos
conocedores sienten por estas orillas,
las únicas del país con clima
tropical. Cabo Blanco y Colán son dos
puntos de la región que, además,
encierran una gran historia.
Quienes
acampan en cualquiera de los playones
infinitos entre las caletas
de pescadores, para fotografiar la
naturaleza, encender fogatas al ocaso
y errar por estos kilómetros de
silencio, acostumbran a darse
revitalizantes zambullidas nocturnas
en el mar tibio. Los cuerpos desnudos
brillan como peces iluminados por la
luna.
Cuando el invierno despoja de alegría
al resto del litoral peruano, en Cabo
Blanco y Colán el sol sigue
bronceando bañistas y desnudando
visitantes, ajeno a las garúas melancólicas
que caen en el sur.
Colán
Más
al sur, a 45 minutos
de la ciudad de Piura y a veinte del
puerto de Paita, se alza una localidad
de mayor antigüedad: el poblado San
Lucas de Colán.
Colán fue el nombre de un cacique que
gobernó la localidad hasta la llegada
de los conquistadores españoles.
Los
Tallanes fueron los primeros
pobladores cuya existencia ha sido
documentados de la región. Fueron
sometidos por la cultura Mochica y,
siglos más tarde, por el gobierno del
Inca Yupanqui, unos cuarenta años
antes de la llegada de los españoles.
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