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La
villa hermosa: Arequipa en el tiempo
Texto
por David Roca
Fotos por José Luis Bustamante &
Walter Wust
Casi
medio siglo después de convivir bajo
el humo de volcanes, sucesivos
terremotos y reconstrucciones, los
arequipeños siguen conservando una
curiosa mezcla de altanero orgullo
nativo e ingenuidad provinciana, donde
la gentileza, la amabilidad y los
cambios de humor se expresan sin
mayores problemas ni contradicciones.
El que su centro histórico haya sido
declarado, hace poco, Patrimonio
Cultural de la Humanidad por la UNESCO
es, pensamos, un tardío
reconocimiento mundial. Porque la
Villa Hermosa de Nuestra Señora de la
Asunción de Arequipa es, desde hace
tiempo, un hermoso monumento a la
peruanidad.
Visitas
y proemios
Por la noche,antes de encontrarnos con
los amables amigos de la Superintendencia
Municipal del Centro Histórico,
decidimos recorrer la ciudad al azar
de nuestros pasos. Llegamos a un
macizo edificio, apenas a metros de la
Plaza de Armas, que la Universidad de
San Agustín convirtió en Centro
Cultural.
Como la noche es clara, al salir del
edificio percibimos de inmediato el
trazado del damero central que en
alguno de sus extremos se inclina ante
los caprichos del terreno, para
empalmar con la encantadora
desorganización del barrio de San Lázaro,
más viejo que la misma ciudad que
fundara en 1540 don Garci Manuel de
Carvajal conjuntamente con los vecinos
de Camaná -obedeciendo órdenes del
mismo Francisco Pizarro- y que
llevaron consigo el nombre de Villa
Hermosa.
Santa
Catalina
Más de cuatro siglos han transcurrido
en un mundo que se nos abre con todo
su mutismo, pero que habla a pesar de
todo, de un tiempo que ya fue, cuando
parecía perentorio
comprar cuatro grandes solares para
facilitar que las religiosas de Santa
Catalina de Siena rogaran por la
ciudad entera. Tiempos en que doña
María de Guzmán entregó su vida y
su fortuna para ser la fundadora y
primera priora.
Santa Catalina y sus calles con
nombres de ciudades españolas, se nos
ofrece en toda su intrincada belleza y
misterio. Se trata de una ciudadela de
pequeñas celdas, unas más grandes
que otras y donde la vida exterior se
reflejaba como en un espejo. Para las
más privilegiadas hubo un espacio
destinado a las siervas que se
enclaustraban con ellas, con o sin
vocación.
Una escenificación de la última cena
en tamaño natural, ubicada en la Sala
de Recibo del señor Obispo llama
nuestra atención. Judas está allí,
totalmente identificable con su bolsa
de monedas, rostro taimado y el
infernal bronceado.
Unos frescos también capturan nuestra
atención: más adelante: "La
vida del Alma", una serie de
hermosas alegorías que indican el
impoluto camino a la perfección. Es
la negación radical de los sentidos,
la prohibición de los frutos
mundanos, a cambio del gozo de la
contemplación Divina. "Hay que
ponerse en el contexto de su
tiempo", me dice con justicia el
arquitecto William Palomino. Es
verdad, todas las ciencias son dioses
paganos que sólo nos sirven
medianamente. Para evitar que el volcán
Huaynaputina haga temblar la tierra,
por ejemplo, son absolutamente
impotentes…
La visita por las celdas nos condujo a
una muy significativa: la de la Beata
sor Ana de los Angeles Monteagudo,
cuya veneración sobrepasa toda
diferencia entre arequipeños.
La
Catedral…
Debimos comenzar por aquí, pero es
donde terminamos. No alcanza espacio
para describir Santo Domingo, San
Agustín, la Casa del Moral y otros
lugares preciosos. Nos quedan cuatro
imágenes de la iglesia catedral.
Primero, su aspecto neoclásico, con
dos medallones dorados en cada
extremo. Luego, en medio de las tres
naves, una extraordinaria lámpara de
más de seiscientos focos que vino de
Sevilla para iluminar el altar mayor.
En seguida, el púlpito ya republicano
y de inocultable estilo francés, con
su parte inferior aniquilando a la
figura de un demonio. Finalmente, el
órgano espectacular de casi diez
metros de altura, que hemos prometido
venir a escuchar cuando todas las
semanas vengan a tocarlo los más
importantes concertistas del mundo.
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