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Rumbo
al crepúsculo del norte: Pacasmayo y
Santa Rosa
Diversos desiertos se intercalan con verdes valles, y de esta manera el contraste se conjuga cromáticamente a lo largo de la Panamericana Norte. El viaje se acompaña por la melodía que despide el silbido del viento, cuyo séquito es esa inconfundible fragancia en donde se mezcla el aroma de las campiñas con la brisa gratuita que el océano nos regala. Esta vez nuestro derrotero se parte entre Pacasmayo y Santa Rosa, dos caletas cuyos mágicos y cálidos crepúsculos se convierten en una hermosa aura que baña a su gente, su tierra y su mar.
Pacasmayo: Bajo el hechizo del
Pakatnamú.
La música proviene del mar y es el viento el que se transforma en el pregonero de esta bella melodía que no es otra cosa que el canto de la melancolía. Las tardes se tiñen de cálidos colores que bañan, cual caricia, la playa, la gente y la vida toda. Pacasmayo tiene una gracia peculiar que fácilmente seduce al visitante, y es que en el ambiente flota -ingrávido y transparente- el espíritu del Pakatnamú, una mágica presencia que nos envuelve con sus sortilegios.
Texto por Ivan Mory
Alvizuri.
Fotos por Walter Silvera & José Alvarez
Blass.
De Trujillo a Pacasmayo existe un recorrido de cincuenta y dos kilómetros por la Panamericana rumbo al norte. El camino discurre entre fértiles campos de caña, cultivos de panllevar y centros ceremoniales de culturas
pre-incas casi tan antiguos como la brisa del mar que acaricia sus playas.
Pacasmayo fue por muchas décadas uno de los principales puertos del litoral peruano. Cuenta la historia que por el año de 1875 se construyó su extenso muelle junto al balneario de casas con estilo republicano de corte vertical. El hombre se enfrentó al mar clavando entre sus olas uno de los desembarcaderos más largos que se construyeran por aquellos tiempos en las costas del Pacífico. Mil metros de rieles, vigas, fierros e infatigable ímpetu humano dejaron por más de cincuenta años una construcción que se ganó el respeto del mar.
A inicios de la década de 1880, en pleno apogeo de la Guerra del Pacífico, el puerto contó con la ingrata visita de tropas chilenas dispuestas, entre otras cosas, a desaparecer el muelle pacasmaino por orden del jefe invasor, Patricio Lynch. Aquella intensión estratégicamente justificada pero no menos prepotente, tuvo una audaz e interesada respuesta por parte de don Benjamín Kauffman, ricachón hacendado que al ver amenazada su incalculable fortuna e inversión, compró la voluntad del general chileno.
Santa Rosa, donde los barcos duermen
Ubicada a sólo 15 minutos de Chiclayo, la playa y caleta de Santa Rosa es -sin lugar a dudas- uno de los lugares más fotogénicos del país. Únase a nosotros en un breve recorrido a través de sus barcas dormidas en la arena. Un consejo: viaje ligero, el calor lo ponen las sonrisas de los niños.
Texto & fotos por Walter H. Wust
Dejamos el bullicio y trajín de la ciudad de Chiclayo. Una suerte de Lima pequeña, bullente de comercio y con un tráfico infernal, donde los mototaxis desafían desde las leyes de tránsito hasta las de la física. Enrumbamos hacia el oeste, en busca del mar. Recomiendo dedicar, al menos, una tarde completa a explorar el viejo Santa Rosa. Para ello, basta llegar al extremo norte de la ciudad (ruta de salida hacia Lambayeque) y gire en el óvalo hacia la izquierda. Desde allí, sólo debe seguir al sol, que lo llevará directo a Pimentel.
Pimentel, antiguo puerto y caleta, es en la actualidad el balneario preferido de los chiclayanos. Clubes y casas hospedaje compiten por un espacio frente al mar con antiguos ranchos de madera y decenas de restaurantes especializados en platos a base de pescados y mariscos. Su gran muelle, una suerte de ícono de acero curtido por el tiempo de más de cien metros de longitud, divide a la playa en dos zonas bien marcadas: la antigua, ubicada al sur, y la moderna o residencial, hacia el norte.
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