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Paucartambo, la fiesta de la Virgen del Carmen

Texto por Stephen Light
Fotos por Walter H. Wust, Mylene d'Auriol, Lorena Tord

Durante 362 días nada ocurre en Paucartambo. Es tan solo un tranquilo remanso colonial situado en medio de un imponente escenario natural, en la confluencia de los ríos Mapacho y Q'enqo Mayo, a unas tres horas de viaje por una polvorienta y angosta carretera desde el Cusco. De pronto, durante tres días cada año, entre el 15 y el 17 de julio, el poblado se llena con miles de visitantes que vienen a espectar y participar de una de las más coloridas y fascinantes festividades de Sudamérica.

ELos españoles introdujeron la costumbre de rendir homenaje a la Virgen del Carmen en todas sus colonias y por ello numerosas fiestas se celebraban y se celebran en su honor en toda América. En los Andes, sin embargo, donde todas las festividades religiosas reflejan la centenaria confrontación entre el cristianismo y el panteísmo precolombino, la Virgen no es únicamente la madre de Dios, sino que también es la Madre Tierra, o Pachamama. Y los dieciséis grupos de danzarines bellamente ataviados que participan en las festividades de Paucartambo interpretan un conjunto enmarañado de eventos históricos, fábulas y leyendas, que contribuyen a crear tres días de sostenida narrativa.

La fiesta comienza el 15 de julio con el ingreso de todos los grupos de danza, o comparsas, todas magníficamente enmascaradas y vestidas de acuerdo con sus respectivas costumbres y usanzas.

Al acercarse la medianoche, en una emotiva reunión, todos los integrantes de las comparsas se reencuentran -esta vez sin sus elaboradas vestimentas- para cantarle una solemne serenata a la Virgen, de pie ante las puertas cerradas del templo que la cobija.

Muy temprano por la mañana del 16 de julio, día central de las festividades, el pueblo regresa a la plaza, después de misa, para recibir los regalos de fruta, artesanías y juguetes que dejan caer sobre ellos los mayordomos de las comparsas.

Al día siguiente, en una ceremonia que evoca el culto ancestral de la muerte en los Andes, cada comparsa marcha por su cuenta hacia el cementerio a través de calles que huelen a polvo, lechón, cerveza y paredes orinadas, bordeadas por las tiendas de los vivos, cantando tanto para llamar a sus antepasados como para recordar a sí mismos y a sus oyentes su propia mortalidad.

Al día siguiente, en un siempre colorido pero relativamente sobrio postludio del alboroto de la noche anterior, las comparsas se dirigen por última vez a bailar el tradicional cachapari, o despedida, cerrando por un año más esta incansable e imaginativa fiesta, y devolviendo a Paucartambo, nuevamente, a su tranquila obscuridad, mientras el polvo que levantan los vehículos de los últimos visitantes baila todavía sobre el camino a Cusco.

      

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