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Por el país de los Machiguengas

Fotos por Franco Goyenechea

El equipo Rumbos se internó en la selva amazónica del departamento del Cusco para conocer in situ cómo viven los indígenas machiguengas y saludar la valiosa organización que han desarrollado en los últimos años. Los pueblos nativos constituyen la única alternativa viable que nos queda en la lucha franca por salvar de la depredación nuestros bosques y espacios naturales.  

Para los machiguengas de Cusco y Madre de Dios los hombres no mueren, sólo cambian de esencia, de envoltura. Sus almas recorren las aguas del río Mesarini para ingresar en el Tonkini, puerto misterioso -que suelen ubicar en el pongo de Mainique- donde se embarcan hacia el Inkiti, el cielobienhechor. De allí regresarán a los bosques para ser venados -si fueron buenos- o ronsocos, o tal vez tapires, si no obraron con propiedad. En el universo mágico de los machiguengas los pájaros, los insectos, las plantas, las estrellas, los peces de los ríos, los seres más minúsculos, todos, albergan dentro de sí espíritus que antes fueron carne y hueso, habitantes de la floresta.

Para un habitante citadino el mundo amazónico es casi una quimera, un universo indescifrable. Nada más cercano a ello que las postales de indios desnudos o apenas cubiertos por unas faldas muy toscas o una cushmas milenarias. La selva es para los que no la conocen simplemente sinónimo de biodiversidad, exotismo y pueblos en conflicto. En otras palabras, un sin sentido, acaso un obstáculo para el desarrollo. O tal vez, sólo un misterio por develar.

Saliendo del Cusco camino a Quillabamba -poco antes de iniciar mi travesía fluvial en Ivochote- conversé con Oscar Marín, ingeniero agrónomo por la universidad San Agustín de Arequipa, quien se dirigía entusiasta a Timpía para tomar posesión de su nuevo trabajo. "Es la primera vez que vengo por esta zona, así que no sé cómo me va a ir. Lo único claro para mí es que regresaré al Cusco dentro de cuarenticinco días. Todo este tiempo lo voy a dedicar a trazar los linderos comunales de las diferentes comunidades de esta parte del Urubamba", nos dice mientras caminamos por una de las calles repletas de farmacias de la última gran urbe de la región. El paisaje en Quillabamba resume la suerte de estas tierras: cicatrices inmensas que desnudan los cerros que no hace mucho fueron bosque.

Los campesinos empobrecidos no tienen otra alternativa que el cultivo legal de la coca. La producción de café ha decaído ostensiblemente y los campos alguna vez aptos para cierta agricultura no ofrecen otra cosa que cosechas poco rentables. De Quillabamba a Ivochote, el principal puerto de la región, deben haber entre siete y ocho horas de recorrido por una carretera bastante trajinada por las lluvias y el olvido. Sin embargo, mientras uno va descendiendo hacia el bosque la naturaleza va recuperando su esplendor y los monos frailecillos (Saimiri sciureus) que se mecen en las ramas más altas de los árboles anuncian con sus chillidos la explosión de verdor por venir.

Ivochote es un pequeño puerto a orillas del llamado alto Urubamba. Dos o tres restaurantes muy bien pertrechados definen su paisaje urbano y como en todo puerto que se precie de serlo, voces de todos los tonos sazonan la mañana. En dicho punto del mapa cusqueño abandonamos nuestro vehículo para lanzarnos aguas abajo por la carretera fluvial del Urubamba. Un inmenso bote de más de veinte metros de largo y motor fuera de borda nos espera. Nos ubicamos en nuestro privilegiado asiento y empezamos a descender hacia la maraña inmensa e indefinible. 

La ribera del Urubamba, en esta parte del recorrido, presenta contornos desiguales. Por un lado el bosque inmaculado y por otro los cultivos ordenados de los colonos y nativos machiguengas. 

El alto y bajo Urubamba son parte de un mismo sistema fluvial que posibilitó por milenios la existencia de etnias diversas de las cuales la machiguenga es la más conocida y numerosa.

      

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