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Cóndor Arriba, toro abajo

Texto por Fernando Reyes Quincho
Fotos por Corporación Backus


Las costumbres de los pueblos peruanos encierran manifestaciones de todo calibre. El jolgorio y la música siempre están presentes. Sin embargo, la violencia, a veces, también forma parte de este ambiente lleno de alegría. El Turupuqllay o Yawar Fiesta, celebración característica de Apurímac, departamento de la sierra del sur del Perú, ilustra tal situación. La festividad, que se realiza a fines de julio, retrata la dificultosa unión de dos animales emblemáticos: el cóndor, paladín del cosmos indígena, y el toro, representante del mundo hispánico.

Serán los verdaderos protagonistas del Turupuqllay un par de animales? ¿Qué motiva a los habitantes de una comunidad a sujetar sobre el lomo de un toro robusto a un cóndor rapaz que le arranca pedazos de carne? ¿Diversión? ¿Insania? ¿Manifestación del mestizaje? ¿Encuentro o desencuentro de culturas? Nadie lo sabe.

Un toro bien cebado se espanta las moscas con la cola, despreocupado, encerrado en el burladero. Luce satisfecho. Hace meses que su dueño le da un trato especial. El animal se siente importante. Sabe que está reservado para una ocasión trascendental. Tiene el orgullo en el alma. Pobre. Ni sospecha lo que le espera.

Su compañero de escena para el Turupuqllay ("Juego con el Toro"), en cambio, entra al pueblo por la puerta grande, cargado por varios comuneros. La comitiva encargada de tomar prestado un cóndor de los Apus tuvo éxito.

El ingreso triunfal del plumífero inicia la celebración. En un instante el cañazo y la algarabía impregnan la atmósfera. La música de las bandas se escucha hasta en el cerro más alejado. Es la misma escena que se retrata en Apurímac, desde tiempos coloniales.

Luego de días de festejo, llega la hora de la unión de los animales. Y, como en anteriores ocasiones, no será pacífica. El cóndor es atado con la ayuda de argollas a la espalda de la bestia. Le dejan libres las garras y el pico para que arranque trozos de carne, mientras que los pobladores -poseídos por el licor- se lanzan al ruedo y, a manera de burla, imitan a diestros toreros españoles.

Las heridas sangrantes embravecen al mamífero. El dolor lo hace saltar como un potro salvaje. Y descarga su furia contra lo que se le cruce en el camino. El coro de "oles" retumba en el toril. Sólo se interrumpe cuando el mamífero embiste a un poblador, pero nunca hay heridos graves.

El final de la jornada es el de siempre. Al toro lo entierran con honores y el cóndor es devuelto a los Apus en perfectoestado. ¡Pobre de la comunidad si el preciado hijo de los dioses sufre algún perjuicio! Las peores maldiciones recaerían sobre esa tierra.
Así, se representa la ficción, en la cual el cosmos andino aplasta al español. Sin duda, una catarsis serrana por los años que sufrieron dominación. Quizá, una forma de reivindicar su cultura. No obstante, una mirada detenida al espejo no le vendría nada mal al Perú mestizo. Hace mucho que este país ya no es una colonia hispana.

      

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