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Kuelap,
misterio en las neblinas
Text por Juan Puelles / Luis Vega Garrido
Fotos por Juan Puelles / Walter H. Wust / Mylene d'Auriol / Alez Funcke / Heinz Plenge
Las colosales murallas se levantan imponentes, desafiantes y portentosas. Ellas lo saben, son parte del mayor legado de los misteriosos amos de las neblinas, aquellos señores que dominaron las escarpadas cumbres de estas montañas. La ciudadela fortificada de Kuélap es una de las maravillas más visitadas de la región norte del país.
A las ocho de la mañana, iniciamos el ascenso. Inquietas nubes tratan de ocultar el sol, pero el cálido brillo de éste se abre impetuoso entre ellas. Transcurrieron unos quince minutos de caminata, los jadeos y resoplidos no se hacen esperar. Nos encontramos a tres mil metros sobre el nivel del mar.
La altitud hace de las suyas con nosotros, pero el esfuerzo vale. La brillante luz impacta enérgica contra la gran muralla, quedamos absortos ante lo que contemplamos.
Es Kuélap, el maravilloso legado que fue habitado por los Chillao, uno de los ayllus autónomos que se desarrolló en el norte del Perú y que dominó los nubosos ambientes de la región, como parte de la gran nación
Chachapoyas.
En busca de la ciudadela
Esta ciudadela fortificada, término más acertado para designarla, se alza sobre la cima de una estratégica montaña, de donde se dominan ampliamente los valles circundantes.
Kuélap, según estudios, estuvo habitada, en el año 1000 de nuestra era, por cerca de tres mil personas. Los incas y los españoles la desconocieron. Debió ocurrir algo para que fuera abandonada repentinamente. Al respecto, se tejen variadas hipótesis.
Tal vez una lucha interna de gran escala o una pasmosa epidemia diezmó la población. Todo es especulación.
El recinto ocupa un área aproximada de seis hectáreas. En ella, orientada de norte a sur, se despliega la sinuosa y colosal muralla que se eleva hasta 19 metros, abrigando -en sus casi 600 metros de largo- una serie de restos que maravillan al visitante.
Impresionante muralla
Teníamos casi una hora desde que tomamos contacto con Kuélap, cuando decidimos entrar y contemplar el fascinante interior.
Hay tres accesos: dos en la parte este y uno en la oeste. Mientras penetramos, el sendero se angosta a medida que avanzamos. Razones de defensa, nos dicen.
Las entradas no tienen puertas y no las necesitan, pues, con este ingenioso sistema, sólo accede una solapersona. Así, la fortaleza quedaba a merced de los defensores del lugar.
Parecemos descubridores. Una sensación extraña nos invade al tomar contacto con el interior.
"Los gentiles regresan siempre para ver el estado de sus viviendas. Muchos aseguran que los han visto", comenta Gabriel, nuestro guía.
Ya dentro, reparamos asombrados que otro alto muro divide en dos a Kuélap. Este es algo más bajo que la muralla externa, llega a los 12 metros de altura. Impresiona por igual. Este parapeto de piedras diferencia los llamados Pueblo Alto y Pueblo Bajo.
El Pueblo Alto, según los arqueólogos, albergaba tal vez a sacerdotes y militares de alto rango. Tal suposición parte de la serie de edificios de índole castrense que abundan en esta subdivisión de Kuélap.
Caminando lentamente hacia el acceso que nos conduce a la pampa, a los exteriores, reflexionamos sobre lo observado, sobre aquellos constructores, que emplearon -según estimaciones- alrededor de cien mil bloques de piedra caliza, cada una de las cuales con cientos de kilos, nos dicen que de hasta tres toneladas, merecen nuestra profunda admiración.
Nos aunamos a las expresiones del juez Juan Crisóstomo Nieto, quien descubrió, en 1843, esta imponente obra arquitectónica: "Es impresionante, la más grande construcción de la cual se tenga noticia en América".
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