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La Capilla Sixtina de los Andes

Texto por Stephen Light 
Fotos por Walter H. Wust


Andahuaylillas es un pequeño y encantador poblado a unos treinta y cinco kilómetros al sureste de Cusco, donde el valle se extiende nuevamente más allá del portal natural a la antigua ciudad formada por La Angostura. Su suelo rico y sedimentoso es alimentado a lo largo de todo el año por las aguas del sagrado río Vilcanota y el área ostenta un microclima benigno único que modera los efectos de la altitud, lográndose así un ambiente agradablemente tibio y soleado. La idílica plaza principal, rellena de enormes árboles llamados pisonay y rodeada por blancas casas coloniales que aún muestran gastados murales en sus fachadas, retiene un aire pacífico, atemporal.   

La joya de Andahuaylillas es su Iglesia de San Pedro Apóstol. Concebida por los jesuitas, construida en el mismo comienzo del siglo 17 y carente, por esto, de la grandiosidad de los templos posteriores del Cusco, su armoniosa construcción y extraordinario interior se combinan para convertirla en una de las más bellas iglesias de la región.

Descansando sobre un sólido plinto de bloques de piedra caliza tomados del palacio Inca alguna vezubicado en el mismo lugar y construido de adobe, su simple pero admirablemente proporcionada fachada mira, a través de la plaza principal, hacia el fértil valle del Vilcanota. Fuera de la iglesia, frente a su campanario adyacente, se ubican tres cruces de piedra, cuyos podios escalonados, según se dice, representan la antigua chakana, o cruz andina, o incluso, en su forma tridimensional, tres apus, o dioses de la montaña sagrada.

Popularmente conocida entre la gente del lugar como la Capilla Sixtina de las Américas, la iglesia es justamente famosa por sus numerosos y maravillosos murales y, además, por las pinturas coloniales de Luis de Riaño, Diego Quispe Tito y Tadeo Escalante, así como las de otros artistas anónimos y, posiblemente, Murillo, el gran pintor español. 

Pero es solamente al entrar a la iglesia misma que se revela todo su extraordinario esplendor rústico-manierista. Sus paredes están cubiertas con una serie de pinturas coloniales de diversos temas religiosos, cuyos marcos, de hojas de oro intrincadamente trabajadas, parecen fluir hacia el altar mayor, cubierta, a su vez, de oro de veinticuatro quilates de las minas de Marcapata, con el cual forma una perfecta armonía.

Por supuesto, el propósito original de la iglesia de Andahuaylillas, así como el de muchas otras hermosas iglesias que engalanan los pueblos de los alrededores, fue el de evangelizar a la población indígena que los españoles encontraron en este cálido valle y, que, más tarde, bajo el gobierno del virrey Francisco Toledo, reunieron en comunidades conocidas como reducciones. 

A través de toda la iglesia, desde sus murales hasta los plintos sobre los cuales yacen las tres cruces, sus diseñadores mostraron una extraordinaria astucia evangélica en una sutil mezcla de motivos indígenas y católicos. El mismo altar mayor exhibe, entre sus muy pobladas imágenes, un ardiente sol, crucial para la iconografía Inca, acompañando una representación del Cordero de Dios, símbolo de la Cristiandad. 
La Iglesia se dirigía a los miembros de su nuevo rebaño con imágenes debido a que la abrumadora mayoría de éste era incapaz de leer, y este mismo hecho hace que el ingreso al baptisterio sea aún más remarcable. 

Quien encomendó la decoración de la iglesia a Luis de Riaño fue el cura español Juan Pérez de Bocanegra, notable personaje que, además de distinguido músico, fue un connotado profesor de quechua. Su imagen puede ser vista en el púlpito, arrodillándose ante San Pedro por toda la eternidad, esperamos, en esta iglesia que debe su existencia tanto a su celo evangélico como a su buen ojo artístico.
      

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