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La
hoja ancestral
Texto por Stephen Light
Fotos por Heinz Plenge, Mylene d'Auriol, Walter H. Wust
La coca florece en los valles subtropicales de los Andes orientales y la Sierra Nevada de Santa Marta en Colombia, y
por miles de años ha sido un elemento fundamental en la vida cotidiana y los rituales religiosos de muchas de las culturas indígenas de Sudamérica. La planta de coca
(Erythroxylum coca) es un arbusto de hojas ovaladas similar al laurel. Masticadas con cal, que sirve como catalizador, estas hojas liberan una leve dosis de alcaloide de cocaína, adormeciendo los sentidos, mitigando el hambre y el dolor e incluso abasteciendo algunas vitaminas de otra manera ausentes en la dieta del indio de las alturas.
Durante el incanato el uso de la coca estaba restringido a las ceremonias que tenían que ver con la nobleza y el sacerdocio y, después de la conquista, los españoles promovieron su uso entre los esclavos de las minas de Huancavelica y Potosí.
En 1860, el químico austriaco Albert Niemann refinó la hoja para producir pura cocaína, que subsecuentemente se comercializó como cura para la adicción al opio, anestésico local, tónico y (como Coca Cola) un remedio para el dolor de cabeza. Para la década de los setenta del siglo pasado, la cocaína se había convertido en un gran negocio, financiando movimientos guerrilleros enteros y creando fortunas de billones de dólares para hombres como el colombiano Pablo Escobar.
La palabra "coca" proviene del vocablo aymara q'oka, que significa "alimento para trabajadores". Aunque se desconoce su origen exacto, algunos etnobiólogos estiman que la coca se ha cultivado en los Andes a lo largo de por lo menos cuatro mil años. En Perú y Bolivia, las vasijas de cerámica figurativa del Período Chavín y los vasos de madera de Tiahuanaco muestran claramente a hombres, probablemente sacerdotes, masticando coca.
Cualquiera sea su verdadero origen, el tradicional consumo de coca se mantiene como un importante símbolo de identidad étnica para la población indígena del altiplano sudamericano (Cabieses, F. 1980).
Existen muchas historias acerca del origen de la coca y una de ellas es una leyenda peruana que cuenta la historia de Mama Killa, la diosa de la luna, que esparció el arbusto sagrado en lugares cálidos por órdenes del sol, Inti, de tal manera que sus hojas pudieran aliviar la fatiga y el hambre de su pueblo elegido y les diera fuerza.
Bajo el gobierno de los incas, la coca era reverenciada como un regalo de los dioses, y su producción y distribución eran controladas estrictamente por el Estado. Fue solamente con la conquista española y la caída del imperio incaico que la hoja sagrada fue comercializada comenzando a incentivar su consumo astutamente.
Hoy, a pesar de la distorsión de su función social originada por sus años de mal uso como instrumento de manipulación colonial, y, más recientemente, su producción masiva y refinamiento en cocaína, la hoja de coca sigue jugando un importante papel etnobiológico en las vidas de los indígenas del altiplano peruano. Intercambiada, regalada o compartida, el acto de masticar coca es, intrínsecamente, una importante forma de contacto social. Y esta inocua y pequeña hoja puede aplacar el hambre y la fatiga de un día de trabajo, aliviar los efectos de la altura, así como de muchas otras dolencias, ayudar a adivinar el futuro, o apaciguar a la Madre Tierra en ceremonias tan antiguas como las culturas que las han cobijado tan celosamente a través de los siglos.
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