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Los
wayruros de Pataqancha
Fotos por: Jennifer Ardiles / Juan Puelles / Walter H. Wust / Alejandro Tello /
Marcos Farfán
Estuvimos en el Cusco visitando las comunidades quechuas del valle de
Pataqancha, en la provincia de Urubamba. Allí viven los
wayruros, fieles defensores de una cultura antigua y sabia que ha sabido dominar sus espacios físicos y vivir de la tierra. Esta es la crónica de nuestra permanencia en las proximidades de
Willoq.
El río Pataqancha se encabrita en algunos tramos para lanzarse presuroso a darle alcance al
Vilcanota, el amaru mayor de la provincia cusqueña de Urubamba, la principal puerta de ingreso al más célebre de los santuarios históriscos del Perú: el emblemático Machu
Picchu. Sus aguas blanquísimas forman un valle muy rico que nace en el pantanal de Yauriqunqa para extenderse hasta
las tierras bajas de Ollanta,sobre el camino férreo que avanza hacia el majestuoso complejo arqueológico redescubierto por Hiram
Bingham. En este territorio de punas multicolores y valles de ensueño viven desde hace cientos de años los wayruros de
Willoq, una de las comunidades andinas menos perturbadas por occidente.
Los wayruros constituyen un grupo étnico muy particular, no solamente por la vestimenta tradicional que usan sus hombres y mujeres, sino, como dicen los escritos de los cronistas, por descender directamente de los últimos Incas del Cusco imperial.
Willoq Pampa es una villa pequeña de casitas muy compactas de barro y techos de paja o teja. Todos sus pobladores hablan quechua y se visten con vistosos ponchos y mantos de color rojo, sombreros de lana de oveja adornados con alegres cintillas del mismo color, pantalón de bayeta y ojotas de caucho.
Cuarenticinco minutos toma al visitante llegar a Willoq en automóvil desde
Ollanta.
Pocos minutos nos llevó darnos cuenta de que habíamos ingresado a una dimensión desconocida, a un mundo detenido en el tiempo, a otra cultura.
En los cerros y en los caminos, en los campos de papa o en los de habas, sobre los puentes y los sembríos de maíz los campesinos y los niños , nos mostraban sus atavíos inconfundibles.
La feria de
Willoq.
Esa noche dormimos al lado del
Pataqancha. Muy temprano nos dirigimos hacia el pueblo. Es domingo y habrá feria, y como siempre vendrán los turistas. La calidad y los diseños de los tejidos de los wayruros le han dado prestigio a la reunión comercial dominguera; de todas las alturas del valle hombrecitos y mujeres vestidos todos de rojo descienden para el intercambio.
La economía de Willoq, así como la de las otras comunidades del valle
-Pallata, Pataqancha, Q'elqanqa,
Qachín, Yanamayo, Tastayoq- se basa en la agricultura y el pastoreo orientado al autoconsumo; los excedentes de producción son comercializados o intercambiados en estos atractivos campos
feriales.
De Pumamarqa a los andenes de Muñaypata
De vuelta a Willoq preparamos nuestras mochilas para iniciar la caminata que nos ofrece Leoncio Monteagudo, experimentado guía y cocinero de alta montaña. Con él iniciamos el ascenso a
Pumamarqa, la más conocida de las construcciones prehispánicas del valle. El ascenso es duro pero la belleza del complejo compensa cualquier esfuerzo.
En Pumamarqa se inicia una suave caminata en descenso que nos llevará, luego de cinco horas de amena contemplación de la belleza insuperable del valle, al grupo arqueológico de
Ollantaytambo.
En el valle de Pataqancha, con tesón y mucha solidaridad, se está gestando una nueva propuesta para el turismo del mañana. Finalmente los ingresos que genera esta creciente actividad deben servir para mejorar la calidad de vida de los propios pobladores y significarle una ventana abierta y duradera hacia el progreso. Los wayruros lo han entendido así.
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