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Alpamayo la montaña mágica

Texto y Fotos por Renzo Ucelli 

Las montañas siguen siendo una fascinación para los que viven -y visitan- este país de contrastes y bellezas singulares. La siguiente es una nota de Renzo Ucelli, montañista y fotógrafo peruano, que nos introduce en el maravilloso camino hacia el Alpamayo, para muchos el nevado más hermoso del planeta. Prepárese para realizar un viaje imaginario al techo del mundo.  

El Parque Nacional Huascarán (PNH), ubicado en el departamento de Ancash, fue establecido en julio de 1975 por la Unesco. Esta misma institución lo declaró en 1985 Patrimonio de la Humanidad. El PNH tiene un área de 340 000 hectáreas y su altitud oscila entre los 3 500 m.s.n.m. y la cumbre del Huascarán, sobre los 6 768 m.s.n.m.

El PNH incluye 27 nevados de más de 6 000 metros de altitud pertenecientes a la Cordillera Blanca que con 180 kms de extensión es también conocida por ser la cordillera tropical más alta del mundo.

Una aproximación al Alpamayo
El nevado Alpamayo con su extraordinaria forma de pirámide, fue calificado en la encuesta mundial sobre belleza escénica de Munich, Alemania, en 1966, como "el nevado más hermoso del mundo". Su cumbre alcanza los 5 947 m.s.n.m. Cada año cientos de montañistas y aventureros de los lugares más alejados del mundo llegan al Perú para intentar su difícil y extraordinaria cumbre.

Ataque final sobre el Alpamayo
Dominar el Alpamayo es una de las experiencias más notables que puede vivir un montañista; mirar el horizonte desde la cumbre del nevado es transportarse a un mundo de magia y de irrealidad sorprendente. Y como quiera que esta experiencia es única y posiblemente esté sólo al alcancede unos cuantos me animo a tomar de mi cuaderno de bitácora algunas líneas para compartirlas con Uds.
Después de cinco largas jornadas y al pie de la extensa muralla que con casi medio kilómetro de largo nos llevaría a la cima, fuimos a dormir con la gran ilusión de alcanzar la cumbre al día siguiente. Nos levantaríamos a las dos de la mañana.

Nuestra expedición tuvo una duración de diez días y aquella noche del ataque final pocos pudimos dormir. Salimos a las cuatro de la mañana, caminamos por el glaciar y nos aproximamos a la pared. Cruzamos la gran rimaya, uno de los pasos más delicados y riesgosos de la travesía. Pasado el principal obstáculo nos montamos en la pared Suroeste. La progresión se hizo lenta y la inclinación algo constante. Durante horas escalamos la pendiente sujetos a nuestros fieles piolets y a las firmes puntas delanteras de nuestros crampones. Golpe a golpe ascendimos en dos cordadas por aquella interminable canaleta de nieve y hielo de casi medio km de largo y 55 grados de inclinación promedio. Nos turnamos la punta y el esfuerzo fue notable.

Finalmente entre las 5.30 y las 6.30 de la tarde llegamos los cuatro montañistas a la cumbre después de varias horas de escalada. La alegría era intensa. El panorama cautivante y se veían las principales montañas de la Cordillera Blanca en un atardecer maravilloso. Cada uno de nosotros pensaba en cosas diferentes pero igualmente una estrecha amistad nos unía allí arriba, hermanados por la fuerza de un silencio desgarrador. Fotos, abrazos y lágrimas entremezcladas con sensaciones e imágenes de la gente que más se quiere en nuestras vidas. Un montañista aunque físicamente lo esté, jamás se encuentra sólo en un momento de cumbre.

Allá arriba, contemplando el intenso atardecer nos sentíamos insignificantes y a la vez tremendamente fuertes. Mientras admirábamos la pared norte del Huascarán sabíamos que allí arriba no había nadie más que nosotros mismos, solitarios testigos de nuestra escalada, ningún aplauso, ningún reconocimiento, tan sólo el viento y el horizonte para transportarnos al infinito. Momentos de gran ilusión en los que estuvimos totalmente embelezados y con el mundo a nuestros pies. Dicen que los sueños están hechos para poder realizarlos y eso es precisamente lo que hicimos.

      

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