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Rastreando
la vida en el alto Tambopata
Texto: Crisia Málaga Newton
Foto: Armando Rodriguez
El proyecto comenzó con la idea que mezclar dos formas de viaje que permanecían divorciadas. El turismo de aventura, excitante, adrenalínico, una especie de desafío al peligro cuyo premio es ir hasta donde pocos llegan y observar parajes sólo accesibles a estos exploradores. Y el turismo científico, inquisitivo, reservado para los apasionados del conocimiento, que buscan entender la naturaleza y las formas de vida tan disímiles que habitan en ella.
El primer grupo que se aventuró a realizar la ruta del Alto Tambopata, que iba desde San Juan del Oro (Puno) hasta Puerto Maldonado, lo hizo en 1980 y les tomó 18 días. Luego ésta se ofreció sólo a turistas extranjeros debido a los altos costos que significaba, hasta que el terrorismo la convirtió en zona roja. Sin embargo, a finales de la década de 1990, algunas agencias de viaje empezaron a ofrecer la ruta nuevamente en el exterior. Desde ahí, pocos han cumplido con el requerimiento del Instituto Nacional de Recursos Naturales-Inrena de llevar un guardaparque en el equipo.
Para cumplir con la cuota de aventura sin que nadie salga herido, se tuvo que buscar guías que conocieran las características climáticas de la zona y -muy importante- las mañas del caudaloso Tambopata. "Es así como contactamos a Chando González y su equipo de la agencia de viajes Mayuc, formado por álvaro Sabogal, Luis Vizcarra y Leonardo González, quienes guiaron la expedición con un gran profesionalismo y un impresionante dominio", nos cuenta Wally Valderrama, con 20 años de experiencia en canotaje.
Y finalmente, para darle a la expedición un verdadero componente científico, se contactó a la ONG Conservación Internacional, que señaló al biólogo Juan Loja como el más adecuado para cumplir la misión: realizar el estudio de la flora y fauna locales subido en un bote inflable y surcando un río que en algunos tramos mostró rápidos de grado III y IV.
La siguiente observación de este informe no es tan alentadora: "La presencia de poblaciones en esta parte de la zona de estudio, evidencia la utilización de los recursos naturales y muestra el establecimiento de chacras, cacería, tala de árboles maderables, etc.
" Y más adelante Juan Loja agrega: "Estas tendencias de ocupación territorial hacen pensar que en muy poco tiempo los sectores aledaños al Parque Nacional Bahuaja Sonene estarán ocupados casi en su totalidad, situación que ejercería una notable presión sobre los recursos naturales dentro de esta área natural
protegida".
Y es que el recorrido a través del río Tambopata, afluente del Madre de Dios, incluía entrar en sus cabeceras, que en la actualidad forman parte del Parque Nacional Bahuaja Sonene (PNBS). Como toda área natural protegida (ANP), esta cuenta con una zona de amortiguamiento de impacto, la que ha sido ocupada por pobladores que quieren asentarse en el mencionado parque.
Sin embargo, entre los pobladores locales la "conservación" es un tema que despierta iras y controversias. Las comunidades asentadas dentro del PNBS reclaman que el proceso de ampliación de esta ANP fue hecho sin la participación de ellos.
Y es claro que varios ven en el tema "medioambiental", solo un obstáculo para la construcción de una carretera y una pista de aterrizaje que perciben como necesidades apremiantes por la condición de aislamiento en la que se
sienten.
Volviendo a la ruta, al cuarto día de navegación y a la altura de la zona denominada El Cañón, el grupo tuvo que enfrentar los rápidos más fuertes del río Tambopata. Como en toda aventura, después de pasado el peligro, una invaluable recompensa premió a los "sobrevivientes".
Huellas de jaguar (Panhera onca) primero, y después el avistamiento de la sachavaca (Tapirus terrestris), la capibara (Hydrochaeris hydrochaeris) y hasta la nutria de río (Pteronura brasiliensis). Al sexto día la meta era llegar a la desembocadura del río Távara, formado por la confluencia de los ríos Candamo y Guacamayo, último tramo del viaje. Felizmente, después de diez horas de navegación en un río ancho y lento, típico de selva baja, el grupo llegó conforme a lo planeado.
El séptimo y octavo días no fueron faltos de avistamientos: encontraron huellas de tapir y venado, además de caimanes, paujiles (Crax mitu), y la rarísima taricaya (Podocnemis unifilis), actualmente en vías de extinción.
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