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Playas de Arequipa: Costa Imperial

Texto: Alvaro Rocha
Fotos: Kike Antón & Víctor Villanueva.


Víctor Villanueva y Kike Antón, colaboradores de RUMBOS, realizaron una caminata de 18 kilómetros entre Silaca y Puerto Inca, situados en esa franja aparentemente agresiva de costa que se ubica entre los poblados de Yauca y Chala, en el departamento de Arequipa. Para empezar, no hay ningún otro lugar en la costa del Perú donde la cordillera esté tan cerca del océano. Sus playas, de paisaje prehistórico, son formadas en su gran mayoría- salvo esas dos magníficas playas de arena que son Jiway y Puerto Inca- por las faldas de los cerros que van a morir en el mar. 

Como siempre, todo comenzó en Lima. Eran una docena de personas lideradas por Víctor y Kike. El primer paso fue dirigirse al sur por medio de la lustrosa Panamericana. Ica quedó atrás cuando aparecieron los añejos olivos del Yauca y posteriormente el balneario de Tanaca. Aquí se hace nítida la imagen de la cordillera ingresando al mar. Muy cerca, en el kilómetro 591 de la Panamericana, hubo que abandonar el ómnibus para empezar la caminata. Allí, a la vera de la carretera, vive Julio Sulca y su familia. Es un valioso informante para saber quién esta en la zona y para qué. El señor Sulca saludó con todo el cariño de una persona sin vecinos. Les dijo que había sólo dos familias en el balneario de Silaca. Hacia allá se dirigieron a través de un sendero de tierra, teniendo que atravesar 3 kilómetros de pura bajada antes de llegar a su próximo destino.

Los caminantes llegaron al balneario después de una hora. Les sorprendió esas casas construidas íntegramente con piedras provenientes de las ruinas cercanas. Otro detalle inesperado fue la ausencia de una playa propiamente dicha, sino un dédalo de grandes rocas en eterna pelea con el océano. Allí se forman varias pozas donde se bañan los nativos. Un rato después, el grupo se dirigió disciplinadamente hacia la lobera de Santa Rosa. Rocas rojizas y sorprendentes cactus creciendo en este inhóspito lugar. El agua de mar era ahora
absolutamente turquesa. De pronto apareció la lobera Santa Rosa, con su respetable población de lobos chuscos repartiéndose entre un islote y las pétreas y agrestes orillas. Algunos eran realmente grandes.

Los aventureros notaron que la cantidad de ruinas en las inmediaciones de la lobera Santa Rosa era increíble. El aire parecía limpio, apenas alterado por el ácido olor de las aves guaneras. Hasta ese momento no habían tenido ningún sobresalto. "Ahora tienen que ponerse moscas", advirtió Víctor. Fue entonces que la playa de Jiway se dibujó en el horizonte. Arena blanca y enormes olas que se alzaban y volvían a caer en abismos de espuma. La bajada a la playa de Jiway fue el tramo más difícil de la caminata, pero la recompensa valió la pena. En la parte alta, vieron los restos de la mayor andenería del lugar. Tuvieron que dirigirse hasta el final de esa inmensa y bella playa para poder bañarse: el único sitio donde es posible ingresar al mar sin miedo a que te revuelque una ola o te arrastre el mar.

Desde Jiway, donde todo el grupo almorzó, empezó una caminata fabulosa. Enormes piedras rojizas, cactus, altares con enormes plataformas que parecen volar sobre el mar, zorros y lagartijas, arrecifes como catedrales de piedra, mar azul, mar verde. Así
pasaron la quebrada de Moca. Así llegaron a la playa de Cascajal (que no tiene un gramo de arena). Así, con el cielo azul jugueteando en sus ojos. Fue en Cascajal, en medio de las ruinas que no terminaban, que comenzó un vasto silencio. Casi podían escuchar como cabalgaban los siglos en él. Luego se hizo la oscuridad. Pues bien, esa noche durmieron en un alojamiento de Puerto Inca.

Al día siguiente, algunos de los expedicionarios tuvieron la impresión de estar inmersos en un sueño. Sobre todo, después de visitar el magnífico complejo arqueológico situado en uno de los extremos de esta hermosa playa. Estas ruinas fueron dadas a conocer por Max Uhle en 1905, y forman parte del único palacio de piedra prehispánico dispuesto frente al mar. Tuvieron, también, la sensación de estar en el territorio de una civilización arrasada. Y en el aire se instaló definitivamente una trampa más vasta y absoluta que la simple seducción.

      

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