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Mama
Cota la vuelta al lago en 80 días
Texto
y Foto: Anthony
Velarde
El
hombre ha tratado de narrar, lo que el
Titicaca no se ha podido llevar.
Y de pronto descubrí que
existían diversas playas hermosas,
frondosos bosques sobre el lago,
misteriosas cuevas impenetrables.
Descubrí también que no todo era
desarbolado ni lleno de pajabrava,
sino que había vida, más de lo que
imaginamos. Descubrí, con los ojos
grandes de un ciervo solitario que me
acompañaba, que estaba en tierra
bendita frente al noble lago,
observando con extrema dulzura el mágico
baño de tres hermosas muchachas en
una pequeñísima playa.
Primer
paso
Aquella madrugada que partí con la
complicidad de lo que quedaba de la
noche, caminé alejándome
lo suficiente como para estar a solas
con el lago y a modo de permiso poder
entrar en lo que solamente a este le
pertenece.
Fue en Chulluni, el primer pueblo del
recorrido, de donde unos pescadores me
trasladarían a la isla Furoba. Allí
estuve completamente solo, esperando,
con una gran variedad de aves
silvestres. Era el primer regalo que
recibía, pero nadie me recogía
cuando ya eran las dos de la tarde.
Empecé a sentir hambre. Decidí tomar
un bote viejo abandonado que estaba en
la isla, y atreviéndome a cruzar el
lago con la confianza de que me iría
bien, me hice capitán de mi barca y
me dirigí hasta la isla de los Uros.
Las aguas estaban tranquilas y con
buen viento, llegué luego de tres
horas (lo que otro haría en media
hora), sorprendiendo así a los
habitantes de la pequeña isla Paraíso,
que me acogieron con un buen plato de
pejerrey.
Al día siguiente volví en otro bote
a tierra firme, caminando por una
suerte de meandros. Por las noches
siempre llegaba a una habitación
oscura en casa de algún campesino,
quien con una sabrosa sopa de papas y
chuño me permitía acompañarlo. La
vestimenta comenzó a verse distinta,
llena de bordados y capas o polleras,
capas que las mujeres usan para
impedir que el calor salga del cuerpo,
creando íntimos microclimas.
Ritos
del sol, la luna y la muerte
En Copacabana, en el portal de la
iglesia uno se tropieza con el
viejo culto. Allí se han aposentado
los hijos de Santiago, los tocados por
un rayo y que sin ser molestados
predican el futuro. Los indios ofrecen
a la Virgen una reproducción en
miniatura de los objetos que desean
poseer. Más tarde camino rumbo al
Calvario, al norte de la ciudad; poco
antes de esta cumbre hay un agujero en
la roca por el que puede entrar una
persona arrastrándose.
Camino seguro: el que pasa sin
quedarse atascado, está seguro de que
no morirá ese año. La Pachamama no
me quiso retener este 2003, sospecho
que es una de las ventajas de mi
cuerpo delgado. El camino es invadido
por el olor de los inciensos y el
canto de los kallawayas que entonando
una especie de mantras efectúan
ceremonias religiosas en una
impresionante fusión de los rituales
aymaras y católicos. Aquí en la
cumbre, las cruces son solo un
decorado para uno de los espectáculos
paganos más impresionantes de América
del Sur.
En la isla del Sol, todo tiene sabor a
mito difuminado por el tiempo,
invadido también por la extrema
curiosidad de los que la visitan.
Luego de recorrer la parte sur, Yumani,
caminé por dos horas en dirección a
Challapampa en la parte norte. Cuenta
la historia que esta isla era habitada
desde hace 3 mil años,
época en que no había sol. La gente
habitaba bajo tierra, en cuevas. Eran
pequeños y de tez oscura y por orden
de Wiracocha el sol se impulsó desde
la tierra ascendiendo hasta los cielos
donde hoy está.
Allí están grabadas las huellas del
lugar de donde el sol tomó impulso
para elevarse, huellas de 70 centímetros
cada una. La figura es ideal para dar
pie, literalmente, al mito. Al día
siguiente fui a la isla Koati o la
isla de la Luna, donde se encontraban
las vírgenes del inca.
Lamentablemente llegué tarde, 1000 años
muy tarde.
Pasaron varios días para atravesar
Huatajata y Batallas al suroeste del
lago. Luego,desde Tiahuanaco hasta
Guaqui. De Corpa hasta el puente
Aguallamaya a 30 kilómetros al sur
del río Desaguadero. Vuelvo al Perú.
Es Semana Santa en el archipiélago de
Anapia, una fiesta compartida con los
hermanos bolivianos. Las primeras
danzas son burlas a la conquista española,
la gente imita sus gestos groseros y
hacen ademanes de abusar de las señoritas.
Por la noche, parte de los pobladores
de la isla inician una nueva fiesta,
los palla pallas que disfrazados de
curas imitan sus fechorías, hay curas
abusadores, unos son homosexuales y
otros con hijos, todo en son de burla.
Tampoco se olvidan que es domingo de
resurrección donde todos saludan al
Señor de la Exaltación, que es
besado y llorado por los ancianos. No
faltan las plañideras extendiendo el
llanto como una oración y para muchos
este momento es el más importante
porque terminan librados de toda
culpa.
Continué mi recorrido por una de las
zonas de mayor misterio en mi travesía,
en torno a las faldas del volcán K¹aphia,
donde la gente ha tejido fabulosas
historias. Es esta montaña la que
abastecía de piedras a la cultura
Tiahuanacota. Inicié mi ascenso al
volcán donde la atmósfera es
asfixiante.
No era un ascenso normal pues muy poca
gente visita sus alturas por temor a
ser víctimas del Larico, que realiza
sacrificios humanos.
Vuelta
a la vuelta
En Juli quedé maravillado, es
impresionante recorrer sus calles
angostas, cada una dirigida hacia
alguno de sus cuatro templos. Ya me
faltaba poco para terminar mi vuelta y
hasta donde estaba llegó el retumbar
de los tambores y las voces doradas de
las trompetas, voces chillonas y
latidos apagados, además de esa
sensación de quedar preso en una red
hipnótica de emociones. Era 3 de
mayo, la fiesta de las Cruces y también
el final de mi recorrido. La gente me
pidió que me quedara, decían que
iban a hacer algo.
Pensé que ese clamor festivo era por
mi llegada, pensé que la gente
aglomerada en el camino me esperaba
para saludarme y felicitarme, pero pasé
desapercibido. Ellos estaban
preparando su fiesta y yo continuaba
con el fin de mi travesía.
Este es el Titicaca y tiene sus
propias gentes, gente grande, gente
chica, gentes y más gentes. Es
nuestro lago, ahora creo que lo
comprendo, a fuerza de recorrerlo ha
ganado en mí su poder mitológico,
llevo conmigo toda su historia, sus
leyendas, sus vestigios, su gente, sus
reclamos y todo lo que sabiamente
proporciona. ¿Cómo podría no
quererlo si antes de recorrerlo 1600
kilómetros a pie, para mí no era más
que una simple meseta desarbolada
cubierta de pajabrava?
Pero ahora sé que es un lugar
resplandeciente de luz, que en cada
estación del año y a cada hora del día
forma diversas composiciones que
traspasan lo real, que su aire es puro
y su profunda transparencia produce
sombras y colores y hace que las
distancias disminuyan y que la
Cordillera Real, por ejemplo, parezca
brillar al alcance de las manos, sobre
sus orillas.
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