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Los pueblos indígenas y la amenaza del desarrollo

Lotes petroleros o gasíferos como en Camisea, concesiones forestales y colonización invaden sus últimas fronteras, trayendo desapariciones físicas, enfermedades, esclavitud, hambruna y pobreza

Texto por Pedro Lelis Rivera Chávez (*)
Fotos: Archivo CEDIA

Constantes amenazas se ciernen sobre la Amazonía hace años. Los proyectos de colonización dirigidos por el Estado y la construcción de carreteras de penetración para promover su ocupación, han traído consigo la pérdida de más de tres millones de hectáreas de bosques y suelos en la ceja de selva, en forma irreparable.

Pero lo que muy pocos saben es que este proceso trajo consigo, también, la desaparición física y cultural de innumerables pueblos indígenas, sometidos a trabajos forzados en tierras lejanas, desarraigados de sus familias y su cultura, forzados a incorporar otras lenguas y patrones culturales y a padecer enfermedades para las que los chamanes indígenas no tenían cura, mientras sus territorios eran y son tomados para la colonización o para la extracción de recursos durante las tantas fiebres extractivas, como con el caucho, la balata, el palo de rosa, el paiche, el manatí, las pieles y la madera.

Los Cholones del alto Huallaga, los Remo, Sensi, Shetebo y Nahua en el Ucayali, los Andoa, Orejones e Iquito en Loreto y los Mashco y Toyeri de Madre de Dios, son solo una muestra del etnocidio y genocidio de pueblos indígenas acaecidos en la segunda mitad del siglo XX, apenas pasado.

Estos hechos que parecen historia antigua son sin embargo tan actuales como el Internet y lo sorprendente es que suceden en un país como el Perú que por su legislación sobre el tema, ha sido considerado pionero en el reconocimiento de derechos ancestrales en el ámbito mundial.

Las licencias de la inversión extranjera
 Mientras las comunidades nativas son víctimas, todos los años, del despojo de más de diez millones de pies talares de madera por los madereros ilegales, en transacciones dolosas a vista y paciencia de las autoridades estatales y sin que estas intervengan de oficio en la protección de sus derechos, otras tantas son víctimas de atropellos de hecho por parte de empresas petroleras que contaminan sus aguas, erosionan sus territorios, ahuyentan su fauna de consumo, atentando contra su sobrevivencia al producir daños graves en bosques y ríos que son la despensa alimentaria de estas comunidades.

Los daños a la salud producidos por la contaminación del río Pucayacu con aguas de formación fueron denunciados ante el Estado (Dirección General de Hidrocarburos del Ministerio de Energía y Minas) por los indígenas del Consejo Urarina del Río Chambira desde 1997, sin que este realice las inspecciones ni conteste a las demandas de los indígenas. El 2000, nuevas denuncias acompañadas de análisis de agua que demostraban la contaminación, llegadas a la Defensoría del Pueblo en Iquitos, fueron investigadas produciéndose un informe defensorial que ordenaba, entre otras cosas, compensar a los indígenas de la cuenca por más de nueve años de contaminación y el levantamiento definitivo de la tubería. Entonces Pluspetrol, responsable de la contaminación, puso en marcha un plan que, ignorando el debido proceso, compensó a la Comunidad Nativa Santa Cecilia de Pucayacu según su propio criterio y dejó al resto de los afectados en la misma situación de siempre. El argumento fue que la contaminación se produjo dentro de dicho territorio porque allí desaguaba el tubo, lo que quería decir, según tal razonamiento, que cuando el río había pasado los linderos de la comunidad, probablemente se descontaminaba solo y no afectaba a los demás moradores de la cuenca.

Los indígenas en aislamiento voluntario al filo de la navaja
Un futuro incierto se cierne entre los indígenas en aislamiento voluntario a raíz del otorgamiento de lotes petroleros en diferentes áreas de la Amazonía, principalmente en la selva sur. El 80 por ciento del lote 88 entregado a Pluspetrol para la explotación y producción de gas, está dentro del territorio de la reserva del Estado a favor de los indígenas Kugapakori y Nahua, es decir 109 mil 318 hectáreas. Esta superficie a su vez constituye el 24 por ciento de la reserva en su conjunto, cuya actualización superficial efectuada el presente año por el Proyecto Especial de Titulación de Tierras y Catastro Rural (PETT) del que depende, ha arrojado una superficie de 457 mil 435 hectáreas, ya que la superficie anterior y original fue de 443 mil 887 hectáreas.

La reserva aludida no es un Área Natural Protegida. Es una superficie de propiedad ancestral de grupos indígenas Nahua, y Kugapakori, que el Estado reservó para que los pueblos que la habitan tengan la garantía de que sus territorios no serían usados para otros fines que no sean los de garantizar su subsistencia, con sus prácticas tradicionales. En los primeros años de la década del 80, fuimos testigos de los primeros contactos producidos entre miembros de la sociedad nacional y los pueblos Nahua en la cuenca del río Mishagua. Trabajadores trocheros de la Empresa Petrolera Shell hicieron contacto no previsto con pobladores Nahua que en todo momento han repelido acercamiento de terceros. Luego, en 1983, se produjo un enfrentamiento entre los ex trocheros de Shell ­ para entonces convertidos en madereros ­ y los Nahua. Algunos de estos últimos fueron doblegados, tomados prisioneros y llevados a Shepahua. En este pueblo de mestizos, centro misional de los dominicos y campamento petrolero de Shell, se les hizo demostraciones de afecto y les dieron regalos para llevar, con el propósito de que comunicaran a los demás nativos que en retribución de todo aquello, deberían dejar entrar a los madereros a sus territorios para extraer la preciada mercancía. Y es que el territorio de los Nahua, gracias a su fama de belicosos y celosos guardianes, se había mantenido hasta entonces en situación de inexplorado, a pesar del acoso de los madereros de Sepahua, que siempre miraron con apetito el territorio Nahua por su riqueza forestal maderable.

Este contacto forzado produjo a los pocos meses ­ entre febrero y abril de 1983 ­ una gran epidemia de gripe, tos ferina y neumonías que hasta agosto del mismo año produjo más de 140 víctimas mortales. Ocurrió entonces una verdadera estampida para huir de la enfermedad y de la muerte, hacia los territorios del Parque Nacional del Manu y Alto Madre de Dios, dejando sus tradicionales territorios a merced de los interesados en el recurso maderero. Estos movimientos migratorios duraron casi tres años, antes de que
retornaran a sus territorios ancestrales. Pero, para entonces, la mitad de la población había perecido. (1)

Acosados por Pluspetrol
Por otro lado, las cuencas de los ríos Camisea, Timpía y Ticumpinía, son espacios eminentemente Kugapakori, además de los asentamientos Malankiato y Montetoni, del alto Camisea, para quienes se viene promoviendo acciones de reconocimiento y titulación. Existen por lo menos unos quince asentamientos más, esparcidos entre la naciente del Camisea, el alto Timpía y Ticumpinía.

Equivocadamente las autoridades estatales y las empresas infieren que por tener contactos esporádicos con gente de afuera - que no pueden evitar- no se les puede tratar como población en aislamiento voluntario, desconociendo así su alto grado de vulnerabilidad.

Organizaciones indígenas y ONG han abogado por excluir de las áreas de la reserva toda actividad del proyecto Camisea. A pesar de ello, Pluspetrol efectuó operaciones sísmicas dentro de la reserva de Abril a Septiembre de 2002, lo que ha implicado la introducción de cientos de trabajadores y gran despliegue de embarcaciones fluviales y helicópteros, los que han invadido sus territorios de caza y pesca. Aunque la empresa ha desmentido contactos forzados con indígenas, lo cierto es que grupos Kirineri se han alejado de sus asentamientos tradicionales para evitar contacto con gente extraña, y el ruido de maquinarias. Esta misma razón lleva a los Kugapakori de Malankiato y Montetoni a mantenerse en condición de refugiados en las zonas altas y pobres del Camisea y en asentamientos sobredimensionados de 250 personas promedio, con recursos de caza y pesca muy limitados, por lo que han optado por internarse intensamente en el Parque Nacional del Manu para realizar estas faenas, puesto que en su propio territorio existen muchos riesgos.

Las características actuales de los asentamientos Kugapakori, lamentablemente ofrecen todas las condiciones para que enfermedades mortales se diseminen rápidamente. Por ello, si no se desarrolla con urgencia un Plan de Salud adecuado ni se concerta con las organizaciones indígenas y expertos las medidas que permitan disminuir drásticamente las áreas de intervención de la empresa dentro de la reserva, asistiremos nuevamente a un dramático desenlace.

(*) Antropólogo. Director General del CEDIA

(1) El CEDIA, como testigo de excepción de estos hechos, aún cuando no contaba con recursos económicos para efectuarlos, decidió iniciar estudios tendientes a sensibilizar al Estado para proteger los derechos de estas poblaciones que la burocracia ignoraba. Sin embargo, la veracidad de los estudios, permitió que después de dos años de tramitación la Reserva de los Pueblos Nahua y los Kugapakori se reconozca y se haga pública mediante la Resolución Ministerial No. 0046-90- AG del 14 de Febrero de 1990. Esta gran Reserva Indígena es de 443 mil 887 hectáreas. En el transcurso de los 10 años de existencia, ha cumplido su papel con muchas restricciones debido a la falta de seriedad por parte del propio Estado ­ especialmente la Dirección Regional de Agricultura de Ucayali ­ para hacer cumplir la norma de intangibilidad de dichos territorios.

      

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