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GÜEPPÍ, Las criaturas de un bosque indómito

En el extremo norte de Perú –como una cuña entre Ecuador y Colombia- se encuentra la Zona Reservada Güeppí. Un lugar remoto en la Amazonía ubicado casi sobre la latitud cero: el centro del mundo. Pero también un refugio natural que merece ser protegido por su gran biodiversidad y riqueza cultural. Llegar a sus dominios, como se describe en esta crónica, resulta ser un alucinante viaje por ríos desconocidos, aldeas donde se habla quechua en plena selva, una fauna espectacular, y ancestrales grupos nativos como los secoya, todos los cuales conviven dentro de un bosque que así como posee vigor y fantasía, también tiene sus propias dificultades.

Escribe: Álvaro Rocha (Editor de la revista Rumbos)

Esa tarde el aire se llenó del aleteo de pájaros que no conocían fronteras. El río por el que nos desplazábamos, el Lagartococha, de aguas oscuras que se iban haciendo más oscuras mientras declinaba el Sol, se deshacía en curvas y meandros. A la izquierda, estaba el Ecuador, a la derecha, el Perú: el río sólo tenía quince metros de extensión. Y viendo esos pájaros volar tranquilamente de un lado a otro del río era imposible no pensar en la imbecilidad de las fronteras. Nos dirigíamos al puesto militar de Aguas Negras, preciso nombre para las sombras que caían sobre nosotros como un cuchillo. Felizmente teníamos a un excelente guía, Aníbal Coquinche, que instruía al motorista Augusto Manuyama para no chocar con letales troncos submarinos. Pero la luz se extinguía sin remedio y Aguas Negras no aparecía.

Tres días antes habíamos salido de Iquitos en busca del río Napo. Tomamos un rápido en el puerto del mercado de productores, también llamado "El Huequito". Estrechos tablones sobre el agua nos llevaron al deslizador. Pocos minutos después estábamos dando tumbos sobre el Amazonas que marcha incontenible hacía el Atlántico. Veinte por ciento del agua dulce del mundo discurre por esta cuenca. Lástima que sólo un tres por ciento de ese porcentaje sea agua pura, el resto ya está contaminado. El agua es el petróleo del siglo XXI dice el cliché. Puede ser, pero a este paso no va a haber mucha diferencia entre agua y petróleo.

Cuando el día moría entre relámpagos violetas llegamos al pueblo de Santa Clotilde, que se estira a la vera de un río muy grande. Era el Napo. Una nube de niños se abalanzó sobre la embarcación con el fin de cargar nuestro equipaje: era un cachuelo, una diversión, y sinónimo de pobreza también. Dormimos en el hostal El Cielo, todo pintado de celeste y blanco. Al rayar el alba nos pusimos nuevamente en camino. Esta vez en una pequeña lancha con un motor de 40 caballos de fuerza. A bordo iba el ingeniero forestal, Julio Lara. Un tipo honesto que tuvo que enfrentar al presidente regional de Madre de Dios y su turba de incendiarios en la época que trabajaba en el Inrena. También nos acompañaba el motorista Augusto Manuyama, de 67 años de edad y natural de Iquitos, que en los próximos cuatro días sólo se desprendió del timón para dormir. Su ayudante, de lentes oscuros y quince años de edad, se llamaba Eber Gemán y casi no hablaba, sólo sonreía.

Fue uno de esos días largos, uno que dura por dos o tres de los normales. Ibamos rumbo a la latitud cero -la línea ecuatorial- por este loco río Napo que tiene su verano en febrero, cuando los otros grandes ríos de la amazonía peruana están en plenas lluvias. Me fui tirado sobre el piso de la embarcación. Mirando el cielo. En el puesto militar de Curaray un soldado, apenas un chiquillo con metralleta, nos miró aburrido de tanto Sol, reprimió un bostezo, y nos dejó seguir sin pedirnos DNI ni nada.

Con las últimas luces arribamos al pueblo de Pantoja, nombre de uno de los héroes de la guerra con Colombia en la tercera década del siglo XX, donde perdimos 200,000 kilómetros cuadrados, casi tres veces de lo que cedimos a los chilenos. Sin embargo, casi nadie recuerda esa guerra. Ni siquiera en Pantoja. Lo que está fresco es el lío con el Ecuador. Ingresamos a la base del Ejército que era del tamaño del pueblo. El comandante Rubio jugaba fulbito enfundado en una chompa de Alianza Lima. Nos asignó un oficial para que nos acompañe a Lagartococha. Era comprensible, íbamos a pasar por cinco puestos de vigilancia peruanos...y por cinco ecuatorianos también. El Sol tiñó el cielo de sangre. De noche todas las banderas son oscuras.

Pantoja, latitud uno. Ya estamos cerca al trópico. Nos acomodamos en el hostal Mogollón, con hamacas, inca kola, y cuartos que tenían como puerta una cortina. El dueño, Ruperto Mogollón, nos dice -mientras deglute un paiche frito- que hay mucho pescado en Lagartococha. Pequeño empresario, ex traficante de pieles, y cazador, Ruperto señala que la fauna de Lagartococha es abundante: "sale Huangana, sajino, majaz, aves como el paujil, perdices, pava negra, pava colorada. El otorongo y el tigrillo son más difíciles de ver, pero ahora están en veda indefinida", finaliza con cierta tristeza el señor Mogollón.

También nos advierte sobre los secoya, grupo aborigen que puebla esta región, y que hace poco han vuelto a Lagartococha: "son secoyas ecuatorianos que han sido botados de su país y están utilizando a los secoyas peruanos para adueñarse de la zona. Además están haciendo una carretera que va desde la cocha América hasta el Putumayo. Por ahí pueden entrar las Farc". Mientras tanto Julio Lara -apaga un cigarro, prende otro- ha juntado a un grupo de lugareños y, lista en mano, pregunta por animales, plantas y árboles. La lista era larga. Sin embargo, en Lagartococha parece que hay de todo. Aunque igual existen especies en situación crítica: "hay tan pocas charapas que cada una tiene nombre", nos dice un lugareño con humor negro. Cuando nos acostamos, llovía con vehemencia.

Amaneció nublado. Era nuestro tercer día en el río. Todos queríamos llegar a Lagartococha. Nos acompañaba el mayor Luis Grados. Ingresamos al río Aguarico. Empezó a llover y el viento hacía que el agua venga en ráfagas. Augusto, el motorista, permaneció parado frente a la tempestad, imperturbable. Cada cierto tiempo parábamos, aunque sea brevemente, en los puestos de vigilancia. Primero fue el puesto de Aguarico, luego el P.V. 7, después el P.V. Castaño y finalmente el P.V. Clavero, donde almorzamos tallarines con piraña. Todas las guarniciones peruanas siempre tenían frente a ellas a una base ecuatoriana. En todos los casos, los soldados -alertados por radio- nos esperaron bien parados bajo la lluvia.

Precisamente en Clavero se encuentra la boca del Lagartococha. Nos internamos por este río de aguas negras. La lluvia había dado paso a un bonito Sol. Tucanes y monos en los árboles. Boas y taricayas asoleándose sobre largos troncos. Cada cierto tiempo el río se disforzaba en caños y lagunas y era difícil distinguir la salida. En otras ocasiones el canal de navegación desaparecía bajo un cerco de gramalotes. Era imposible continuar sin bajarse del bote: la vegetación sobre el río era tan densa que se podía caminar encima de ella. Mientras nos abríamos paso un sinfín de arañas, sapos y otras alimañas se colaron dentro de la embarcación y nos hicieron compañía el resto del viaje.

      

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