Rutas Cortas

Lunahuaná: el oasis inca de la costa desértica

Lunahuaná un refugio de campo cercano a Lima y es el escenario perfecto para abrazar la vida de campo . Foto: Promperú

El valle costero frutícola que anticipa la sierra del departamento de Lima tiene mucho que contar al país sobre naturaleza e historia.

Calatos. Cerros calatos con coloraciones que varían entre el crema y escalas variadas de grises. Así son las montañas que rodean el verde valle de Lunahuná y que se imponen por sobre el paisaje visible desde la carretera. Lunahuaná se eleva tan solo 479 metros de altura sobre el nivel del mar, y es uno de los distritos de la provincia de Cañete, en el departamento de Lima.

San Jerónimo River Lodge. Foto: Facebook San jerónimo

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El río Cañete, homónimo de la provincia donde se encuentra, baña las tierras bajas del distrito semidesértico, convirtiéndolo en un fértil valle frutícola. Sus aguas limpias y frescas están rodeadas por el sobrio verdor de las tierras agrícolas del distrito, así como por algunas plantas silvestres que acogen diferentes tipos de aves y sus diferentes tipos de cantos.

A las orillas de uno de los pocos ríos costeros con caudal todo el año, se erigen una serie de hoteles y refugios campestres que ofrecen a distintos tipos de viajeros vistas privilegiadas del valle, las riberas, y el río en cuestión. El San Jerónimo River Lodge, administrado por Wally Valderrama, es uno de los principales refugios campestres del valle.  Wally conversa sobre las maravillas del distrito, mientras el sonido del agua rozando las piedras y la tierra son la música de fondo. José Luis Valderrama, su primo y socio, comenta que gracias a su caudal constante, este río es un lugar ideal para practicar deportes como el canotaje. Basta tipear “Lunahuaná” en Google para que salten a la vista fotografías de gente practicando este deporte de aventura en este afamado río costero.

Pero para José Luis, el canotaje no es solo pasear por el río. Él asegura que parte del gran atractivo de practicar este deporte en equipo es disfrutar el “riesgo con seguridad”. “Tú eres consciente de que necesitas trabajar en equipo junto a tu grupo para salir con éxito del río, mi responsabilidad como guía en el canotaje es guiar al equipo para que todos salgamos ilesos. Sientes el riesgo, pero al mismo tiempo la seguridad de que todo saldrá bien”, comenta José Luis sobre aquel deporte que lo apasiona.

Acota, también, que es a raíz de la practica de esta actividad al aire libre que Lunahuaná tiene el movimiento turístico que la caracteriza. Eso, y la cercanía de un lugar cercano a la naturaleza, pero no tan lejano del mayor centro urbano del país.

Tordos, calandrias, y gorriones, son algunos de los más fáciles de encontrar. Precisamente, una de las teorías más aceptadas sobre el posible origen del nombre de Lunahuaná está vinculado a las aves. Según María Rostworowski, historiadora e investigadora peruana, el nombre deriva de Runa (hombre) y guanay (ave), lo cual interpretaba como hombre ave.

La garcita blanca, o Egretta Thula, es otra de las aves que se pueden encontrar, con algo de suerte, en el curso del río, paradas en rocas y caminando por las orillas. Se trata de un ave con el cuello larguísimo en relación con el resto de su cuerpo, un pico oscuro y puntiagudo, y cubierta por un manto de plumas blancas y suaves. En otros tiempos, las plumas suaves de esta ave, que habita casi toda Suramérica, fueron la causa de llevarla al borde de la extinción. A finales del siglo XIX,  la floreciente industria europea de sombreros hechos con plumas; diezmaba a la población de este esta ave en diferentes países.

Palacio de Incahuasi, una antigua residencia inca. Foto Nico Monteverde

A tan solo unos metros del río que provee de agua a la variada fauna de aves, aún se pueden ver los restos de la ciudadela de Incahuasi (el “lugar” o la “casa” del inca, en quechua), la cual consiste en un grupo de restos arqueológicos prehispánicos, de origen incaico. Según el portal nextstopperu, y alguno que otro habitante local, las edificaciones fueron mandadas a construir por el mismo inca Túpac Yupanqui como una réplica en barro de Cusco (en Cusco las edificaciones eran hechas con piedras como el granito), luego de la conquista de los denominados huarcos.

Sin embargo el arqueólogo Alejandro Chu, quien ha excavado e investigado durante años los restos de Incahuasi, aclara esa afirmación: “Aunque las crónicas dicen que es un Cusco, el sitio no es una réplica de la ciudad de Cusco. Es un Cusco en el sentido de que replica conceptos espaciales y arquitectónicos de los incas”. Algunos de estos conceptos son las hornacinas, las ventanas, y los accesos; los cuales fueron construidos con la típica forma trapezoidal incaica que se puede visualizar también en otras de sus construcciones como Machu Picchu o Qori Cancha.

Cerámicas con características incaicas también han sido encontradas en el lugar. Cabe resaltar que Incahuasi tampoco está hecha enteramente de barro, sino que tiene edificaciones de barro y piedra.

Alejandro resalta que el complejo arqueológico de Incahuasi fue alguna vez el centro administrativo inca más importante de la costa del Perú. “En toda la costa no existen almacenes incas tan grandes como los de Incahuasi”. Él opina que los incas trabajaron la fertilidad del valle de Lunahuaná hasta hacerla muy productiva, y la producción era almacenada precisamente en Incahuasi para de ahí distribuirla por todo el imperio.

Según Alejandro, no hay evidencias de que ninguna cultura haya habitado la zona del valle medio, donde se encuentran los restos, al momento de la conquista inca. Los huarcos, término probablemente acuñado de manera despectiva por los propios incas tras la conquista, habitaban sobre todo en el valle bajo. Según las crónicas de los españoles, los huarcos fueron colgados de sus fortalezas, y de ahí deriva el nombre con el que conocemos a su etnia hoy (huarco significa colgado en quechua).

Refugio gastronómico

Refugio de Santiago , cocina con aroma a campo. Foto: Rumbos

Fernando Briceño, conoce de primera mano la inesperada y productiva fertilidad del valle.  Se dedica desde hace 15 años a cuidar de su pequeño fundo “El refugio de Santiago” que cuenta con más de 120 especies distintas de frutales, en tan solo una hectárea de extensión.

La mayor parte de estas frutas tienen orígenes prehispánicos, como la Passiflora Punctata, conocida popularmente como ñorbo. Se trata de una planta con un pequeño fruto esférico del tamaño de una pelota de ping pong. La frágil cáscara es de color amarillo verdoso, y la textura es suavemente pilosa.

Según Fernando, era una fruta importante en la gastronomía de la zona hasta la conquista española, y sobrevivió hasta nuestra era creciendo como maleza entre los campos de cultivos donde alguna vez fue domesticada.

Festín campestre en Lunahuaná

Perseguida e ignorada durante siglos, la tierna cáscara del ñorbo es ahora presionada hasta romperse con facilidad por los dedos de Fernando. Rápidamente, un líquido verdoso moja las yemas de sus dedos índice derecho y pulgar izquierdo. Fernando termina de abrir el pequeño orificio para señalar con los ojos y las cejas el interior de la fruta: un amasijo de pepas oscuras envueltas en una mucosidad vegetal, casi idénticas a las que se encuentran dentro de una granadilla. El sabor del ñorbo guarda también un gran parecido al sobrio dulce de la granadilla, quizás ligeramente más agrio, y acaso un poco menos viscoso. “Es el sabor del pasado”.

Dentro del fundo también ofrece habitaciones a huéspedes de distintas partes del mundo, a quienes les permite saborear una gama variada de platos hechos con insumos autóctonos. Las “papas ardientes” por ejemplo, consisten en papas ‘cocktail’ sancochadas y doradas al ajo junto a una crema hecha a base de ajíes y rocoto. Tanto la papa como el ají y el rocoto son vegetales de origen andino, muy arraigados a la historia, cultura y gastronomía local.

Fernando comenta que tiene la sospecha, la teoría personal, de que la gran fertilidad de Lunahuaná no es producto de la naturaleza, sino que es artificial. Él cree firmemente en que alguna civilización antigua y perdida modificó las características de la tierra para hacerla una idónea para la fruticultura. No obstante, como detalló el arqueólogo Alejandro Chu, los responsables de la productiva fertilidad del valle de Lunahuaná bien podrían haber sido los incas.

Otra apetitosa parada que se esconde en esta provincia limeña, es sin duda el Restaurante Condoray y su sabrosa cocina que se precia de sabores de antaño y recetas tradicionales. Así que si al llegar a Lunahuaná se te hace agua a la boca y te obstina el deseo imperativo de hincarle el diente a una suculenta sopa seca, créanos que este es lugar ideal.

Pero como no solamente hace falta la sopa seca para pecar de gula en este lugar, el visitante caerá rendido ante platillos espectaculares como el arroz con pato y la trucha frita además de otras buenas opciones de su cartilla diseñadas para niños. Sin embargo algo que regularmente es el imán de los recintos culinarios de esta localidad, es el camarón de río. La buena noticia es que ya  está a punto de finalizar el periodo de veda así que este fin de semana promete ser el indiscutible invitado para estas cortas vacaciones santas.

Chupe de Camarones

Y es que el rey de las mesas sureñas tiene aquí una variada forma de servirse: puede aparecer en nuestra mesa transmutado en un humeante chupe de camarones,  o convertido en un risoto de camarones, o quizá tomar la forma de camarones flambeados con pisco. “Eso dependerá de los que más le provoque a los visitantes al ver la carta de nuestro menú” dice José Fernandez que sabe perfectamente del embrujo que los camarones ejercen sobre los regocijados paladares de todos los que ingresan a su restaurante.

Ruta de la vid

Bodega Zapata una parada obligada para probar el mejor pisco. Foto: Nico Monteverde

Producto de esta fertilidad, Lunahuaná es también un histórico distrito productor de pisco, bebida alcohólica hecha a base de uvas. Don Víctor, como es conocido popularmente, es el dueño de uno de los viñedos productores de pisco más emblemáticos de Lunahuaná: “El Paraíso”. Ordenadas en filas visualmente interminables, cuelgan racimos que parecieran explotar de uvas regordetas y bien redondas; jugosas y púrpuras; acariciadas por el fino polvillo del campo.

Dentro de la bodega, en la planta de producción, los alambiques encendidos procesan el jugo de uva que será luego añejado y filtrado para convertirse en una de las bebidas alcohólicas más emblemáticas de la costa sur y centro del Perú. El alambique es un aparato de metal hecho para evaporar líquidos, y luego condensarlos, con el fin de destilarlos. En el caso del alambique pisquero de Don Víctor, la caldera calienta el jugo de las uvas con el calor emanado por la leña de naranjos.  No hace falta acercarse mucho ello para sentir los aromas dulces que escapan de ahí.

Añejos toneles curten las mejores vides del sur chico. Foto: Nico Monteverde

A diferencia de los aguardientes típicos de otras regiones del país, y del continente, en la producción de pisco no se usa agua para regular el nivel de alcohol. Tampoco se necesita de madera para añejar y así impregnarle un aroma especial. De hecho, históricamente el pisco se guardaba en barricas de barro, y actualmente se usa más el acero inoxidable.

Víctor Zapata es un hombre de la tercera edad, con cabellos canosos y semblante sereno. Su piel tostada por el sol seco de la sierra incipiente limeña de Cañete combina con su voz ligeramente áspera, y su hablar pausado. Agarra los racimos sin descolgarlos de las ramas que cuelgan en un enrejado de madera sobre su cabeza. Luego los muestra, orgulloso, y aclara que no usa pesticidas ni otros productos químicos. Y que por eso su pisco tiene tanto prestigio, vuelve a recalcar. Tanto que ganó el premio nacional del pisco en 1999. “Lo más importante son las uvas. Para hacer un buen pisco, tienes que hacer buenas uvas, si no hay buenas uvas, después no puedes hacer nada”.

Camarón, la veda culmina el 31 de marzo. Foto Manuel Rentería

A unos minutos del paraíso de don Víctor, al otro lado de la carretera, se encuentra el restaurante “La cabañita del cura”, administrado por José, un experimentado camaronero de Lunahuaná. Para él, la veda a la pesca de camarones que comienza cada 28 de Diciembre y termina el 31 de Marzo del año siguiente es vital para el ecosistema. Esa es la época de reproducción de los camarones, cuando ovan en el río Cañete. Sin embargo, a pesar de lo necesaria que es la veda para Lunahuaná y un ecosistema sano, hay pescadores que buscan evadir esa norma. Por ello pescadores como Víctor se organizan junto a la fiscalía para remover las canastas de pesca ilegales. “Ellos buscan aprovechar el mayor caudal del río de la temporada, pero perjudican a la población de camarones”.

Un ascenso para iniciados al mirador del Valle de Cañete. Foto Rumbos

Su negocio, ambientado por todas partes con dibujos de camarones, no tiene problemas durante la veda, asegura. Asegura que la mayoría de comensales no tienen problemas de comer trucha o sopa chola en vez de los clásicos platos a base del crustáceo símbolo de un río sano. A veces también reemplaza los camarones por langostinos de mar, fáciles de conseguir frescos por la relativa cercanía de Lunahuaná al mar.

Más allá de los deportes de aventura, como el canotaje en grupo por el río Cañete, o el trekking por riberas y desiertos, Lunahuaná, el pueblo del hombre ave, es un destino que tiene mucho más por mostrar, y en dónde queda aún más por descubrir.

En rumbo

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Alojamiento: San Jerónimo River Lodge

 

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Redacción Rumbos

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