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Pasión
por Cajamarca
Rumbos
hizo una visita a esta hermosa ciudad del
norte andino y encontró muchas novedades
en sus alrededores. Obviando los circuitos
tradicionales, nos sumergimos en la dorada
historia del templo de Kuntur Wasi,
recorrimos el desconocido cañón de
Sangal, dormimos en casas de campesinos, y
sondeamos el alma popular, sus creencias,
sus pesares, pero también sus anhelos y
esperanzas.
Texto
por: Iván Reyna Ramos
Fotos: Walter Hupiú
Un bosque de hojas de palma se explayaban
como alas de fantasía a nuestro
alrededor. Acababa de terminar la misa de
Domingo de Ramos y, casi sin saber cómo,
nos habíamos visto arrastrados por una
multitud de dos mil fieles católicos,
más eufórica que contemplativa, en una
de las manifestaciones religiosas más
sentidas del Perú profundo: la fiesta de
Las Cruces de Porcón Bajo.
Era notorio el esfuerzo contraído en los
prominentes pómulos de sus ancestros
indígenas mientras cargaban cruces de
más de cien kilos de peso, adornadas con
velos y tafetanes, hojas de romero y de
palma y espejos, muchos espejos,
centellando bajo el sol cuyo reflejo
-dicen los devotos- representa "el
espíritu de la vida".
La compacta y sudorosa muchedumbre
parecía atormentada por una tragedia
heredada. Lo que quiero decir es que la
fiesta no se llevaba precisamente en paz.
Menudeaban los insultos y, en contadas
ocasiones, los golpes. La cerveza y el
aguardiente aceleraban las pulsaciones a
los 3800 metros de altura. Los bollos de
coca se agolpaban en la boca junto a las
plegarias al Señor. Y no faltaban los
pedidos a los Apus, o montañas sagradas,
que también se retrataban en los espejos
y acompañaban de esta manera a este
animado cortejo.
A pesar del alcohol (que para muchos es
una forma de expresar espiritualidad), el
orden se mantenía, y todo el mundo abría
paso cuando asomaba la burra que llevaba
al Cristo de Ramos. Y con todo lo
impresionante que esto nos parecía,
antes, en otros tiempos, la festividad fue
evidentemente más importante. La
religión católica ha declinado su
presencia ante el avance de las sectas
evangélicas en la zona, como sus vecinos
ricos de Granja Porcón, que no toman, ni
fuman, ni tienen que esperar que el cura
se aparezca una vez al año para abrir la
iglesia.
Si antes las cruces superaban el centenar,
ahora apenas llegaban a cuarenta. Si antes
llegaban caminando hasta la ciudad de
Cajamarca, ahora se quedan en el camino,
como este año cuando la piadosa caravana
terminó sus pasos en la casa de los
hermanos Julio y Flor Alvarez. Para ese
entonces las cruces apenas llegaban a la
media docena, y los pocos peregrinos
terminaron apagando sus agonías con un
gran caldo de carnero.
De
tumbas y cañones
El lunes nos levantaron a las seis en punto de la mañana. La agenda del día indicaba que debíamos llegar a primera hora al cañón de Sangal. "En media hora estamos ahí", nos advierte nuestro guía Antonio Goicochea, antes de partir. Asentimos entre bostezos y, efectivamente, son apenas quince los kilómetros que separan la ciudad de Cajamarca del cañón de Sangal, en el distrito de la Encañada.
El increíble verdor de la campiña se interrumpe de pronto por una quebrada cerrada y profunda. Apenas distinguimos, desde el río Chonta que discurre en la base formando bucles blancos en la corriente, la parte superior de esta sugerente formación geológica que constituye el único cañón en toda Cajamarca.
Esta ruta es sagrada. Es única. Así la sentimos. Aquí vive el picaflor cometa ventrigrís (Taphrolesbia griseiventris), un ave que se encuentra en peligro de extinción según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Pero no es la única ave que se puede avistar, también hay jilgueros, zorzales, turriches, gorriones, colibríes, cargachas, halcones y águilas de pecho negro. Muchas de ellas volaron sobre nuestras cabezas hasta convertirse en un punto indistinguible entre las sombras del cañón.
A diez minutos de Sangal, nos topamos con las ventanillas de Combayo: una necrópolis con 3.500 años de edad convertida hoy en un extraordinario testimonio lítico de la cultura Caxamarca, y uno de los cementerios más antiguos que se hayan encontrado en el Perú.
El misterio de la muerte se esconde en un conjunto de más de mil tumbas envueltas por el vientre materno de rocas volcánicas. Para llegar a las mismas cavidades talladas en roca viva, tuvimos que sortear primero los charcos de agua y luego subir por las escaleras incas que conducen al centro del cementerio. Los arbustos nativos y bosques de eucaliptos suavizan el tono críptico del paisaje.
Carne de Combayo
Continuando con nuestro recorrido, llegamos al centro poblado de Combayo. Sus calles lucen desiertas, sólo pasean algunos chanchos, reses y caballos. Sin embargo, el día anterior se había desarrollado allí la feria ganadera (se rematan caballos hasta por quinientos soles) más prestigiosa de la zona norte de Cajamarca. "Es lunes pues, la gente se va de compras a la ciudad, están con plata; los demás están en sus chacras", nos dice a manera de explicación por la ausencia de pobladores, Graciela Llanos Torres, una octogenaria que se volvió evangélica últimamente.
La atracción del mercado ganadero de Combayo no sólo está representada en las grandes vacas y recios toros. También se venden productos de chacra como la papa, trigo, oca, olluco y cebada. Nos contaron que aún funciona el trueque. En el mercado, Filadelfo Cabanillas barre con la misma rutina de todos los lunes. El sitio quedará limpio hasta el próximo domingo, cuando abra nuevamente la famosa feria de Combayo.
Por la tarde, nos enrumbamos a Chagmapampa, situada en el mismo distrito de La Encañada, pero en dirección a Celendín. A la vera del camino apreciamos campesinas manejando añejas ruecas. Mientras Mariela Jiménez y Mabel Solórzano, representantes de Vivencial Tours nos estaban contando la importancia del turismo vivencial, una ruma de sacos de papas al lado de la vía atrajo nuestra atención. Estaban cosechando papas en el terreno de Nazario Mantilla Chávez. Familias enteras participaban de la faena. Era la famosa minca. "Hoy por ti mañana por mi", nos dice Catalino Requelme Lucano, dejando en claro que aquí todavía
se
vive la herencia
cultural de nuestros antepasados.
Vieja y querida abuela
Los
turistas que llegan a estos predios
experimentan por sí mismos la siembra y
cosecha (de acuerdo a la temporada en que
lleguen a Chagmapampa) de papas, cebada,
trigo, y arveja. Se sienten "más
vivos", según los propios
comentarios de los visitantes, y se
"relacionan de una manera especial
con la tierra", como no podrían
hacerlo en sus ciudades de procedencia.
Vivencial Tours, ha implementado la
vivienda de doña Rosa Abanto Urbina con
seis camas en dos habitaciones, además de
los servicios indispensables de agua,
servicios higiénicos y lamparines.
Nuestra llegada estuvo acompañada de
ensordecedores truenos seguidos de
atemorizantes rayos que se desprendían
del cielo encapotado. Doña Rosa nos
recibió con amabilidad. Nos dijo que
desde los doce años aprendió a tejer y
muestra con orgullo su vasta colección de
tejidos: chompas, gorros, colchas y
frazadas. Hace poco sacó su DNI. Recién
entonces se pudo saber que tenía 66
años. No sabe leer ni escribir.
Convencida que lo mejor es vivir en el
campo, nos dice: "No conozco Lima y
no me gustaría ir tampoco". Añade
que "Yo sólo escucho radio
Campesina, no me gusta la televisión
porque se miran puras mentiras". Así
de sincera es doña Rosa, la abuelita que
hace 36 años se quedó a vivir en
Chagmapampa, la abuelita que vive de la
venta de leña, la abuelita que también
es partera (ha atendido 200 casos de
alumbramiento), la abuelita que con
sincera emoción recibe a los turistas.
Vuelo de cóndor
Nuevamente seis en punto de la mañana. Nuevamente Antonio Goicochea con el refrigerio del día y la unidad móvil en la puerta de Laguna Seca. "El Kuntur Wasi nos espera al mediodía", nos recordó con su agenda cerebral. Salimos con dirección al noreste y atravesamos los bosques con doce millones de pinos que sembraron los evangelistas de Granja Porcón en un terreno que antes fuera un desolado páramo, y ahora se ha transformado en una de las experiencias más exitosas de desarrollo rural, con competitivas líneas de productos lácteos que se venden en los mejores supermercados limeños.
Por momentos llueve, luego sale el sol, y hasta la neblina se pega a nuestras narices cuando asoma el pueblo de San Pablo, donde el general Miguel Iglesias enfrentó exitosamente a los chilenos en 1882. Muy cerca, en la cumbre del cerro La Copa, a 2,300 metros de altura, se levanta Kuntur Wasi ("Casa del Cóndor"). Este templo ceremonial fue visitado por Julio C. Tello en 1946, pero el estudioso peruano no le prestó demasiada atención. Sería recién en 1988 que la misión Arqueológica de la Universidad de Tokio, encabezada por el Dr. Yoshio Onuki, empezó a remover las estructuras del Kuntur Wasi y develó muchos de los misterios que guardaba en su interior. En el 2002 los japoneses culminaron sus trabajos de investigación.
Los objetos encontrados son cuantiosos y de valor incalculable. El oro, la plata, y esculturas de piedra dominan la atención de los visitantes. Cuatro monolitos muy parecidos al lanzón de Chavín se mantienen firmes en el templo. Mientras que, cinco tumbas excavadas por lo japoneses han vuelto a ser sepultadas bajo tierra hasta que exista un trabajo serio de puesta en valor de estos restos funerarios.
Al pie del Kuntur Wasi se mantiene el museo de sitio. Un museo que se sostiene de la caridad de la gente. Un museo que ha sido olvidado por sus autoridades. Un museo que recibe dos mil visitas por año. Un museo administrado por Antonia Suárez Muñoz y 108 socios de San Pablo. Un museo que se inició en octubre de 1994 y no merece tener fecha de defunción.
Cruces del destino
A media tarde regresamos a Cajamarca e inmediatamente nos trasladamos a Sulluscocha, un caserío frente a una laguna de cuento de hadas, con el privilegio de tener a la vista un tramo del camino inca que comunicaba Quito con Cusco. Cuando muere el día, el camino inca se pinta de púrpura, mientras don Enrique Huamán Sánchez, dueño del hospedaje donde vamos a descansar, nos cuenta que la laguna tiene cuatro metros de profundidad y es un excelente punto de pesca cuando el nivel del agua disminuye.
Esa noche hubo sopa de harina de trigo, cachangas fritas, mashca de cebada, té de anís del campo. Las ollas continuaban humeando, las brasas mantenían su calor en el horno y nosotros sentados sobre bancos rodeando la mesa extendida sobre el propio suelo. Esa es la forma como se vive en Sulluscocha, lejos de la sofisticación y la alienación de las grandes metrópolis. Igual que en Chagmapampa, Vivencial Tours, ha implementado aquí otra casa hospedaje para los visitantes. Y siempre Mariela y Mabel nos acompañaron en este encuentro con la naturaleza, con nuestra propia naturaleza.
Esa noche, como nunca antes, vimos la luna llena en el centro de la laguna. Las secuencias de los cantos de ranas eran seguidas por las de garzas y gallaretas. No hacía falta nada, sólo seguir el discurso de la noche. Incluso, nos sentamos a la orilla y hablamos de temas muy distintos a los acostumbrados. Un aguardiente para el frío animó la conversación. Era la vida misma.
El último día en Cajamarca visitamos algunas de sus exquisitas iglesias, especialmente la de Belén. Finalmente llegó la hora de marcharnos, el ómnibus comenzó a trepar la cuesta de El Gavilán. Vimos muchas cruces al borde del camino. Y nos recordó el día de nuestra llegada a Porcón Bajo. Y nos dio la impresión que este pueblo no solo alza cruces, sino una eterna carga que se nota en cada fiesta, cada cosecha y cada rostro de la hiriente belleza de esta región del país.
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