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Un equipo de Rumbos recorrió los 124 kilómetros que separan el valle del Apurímac y
Choquequirao, una ciudadela que empieza a conquistar el mundo, con el valle del Urubamba y el gran Machu
Picchu. Fueron cinco días en que se pasó de la sierra a la selva, de los breves valles tropicales a las punas más gélidas, de nuestra incierta actualidad al fondo de nuestro ilustre pasado.
Escribe: Anthony Velarde
Fotos: Walter Hupiu
Entramos a la soledad más infinita que hubiéramos imaginado mientras que los gigantes nevados de la legendaria cordillera de Vilcabamba parecieron venir a nuestro encuentro. Hacía dos horas que habíamos abandonado
Cachora, un pueblo ubicado en la Región Apurímac, a cuatros horas de la ciudad del
Cusco. Cachora y sus 2900 metros de altura, Cachora y su añejo y robusto pisonay que regala sombras y suspiros en su plaza principal.
La travesía se inició en la parte baja del pueblo, con dirección al Norte. Bordeamos un cerro que va ascendiendo sin mostrar su pesadez. Y de pronto asomaron esas increíbles montañas de pecho verde y cresta blanca, esas montañas que todavía guardan más de un secreto. Y un vaho cálido subió desde la profunda garganta donde apenas se adivinaba el discurrir del río
Apurímac. Y todo fue silencio, cada uno se arropó en sus sensaciones y continuamos caminando.
Nuestras mochilas se habían alejado sobre el lomo de las mulas. Nadie puede con el paso de los arrieros; ellos avanzan sin detenerse porque están hartos del paisaje. No pasa lo mismo con Walter; desde que bajó del bus tiene el ojo pegado a su cámara. El camino está rodeado por vegetación típica de sierra y sigue así hasta llegar al primer abra en
Kapuliyoq, apenas a 2955 metros de altura, pero un excelente mirador, incluso afinando la vista ya se aprecian las líneas de
Choquequirao.
Es entonces que el camino desciende casi en espiral entre árboles cuajados de musgo y líquenes, bellas
bromelias, y un cóndor cortando el aire cada vez más tibio. La fuerza se nos fue a borbotones en esa bajada que parecía no tener fin hasta que vimos los girasoles y los cultivos de pan llevar de
Cuiquisqa. Aquí y allá se estiran árboles de papaya y masabamba (una especie de chirimoya ácida). Mi compañero de viaje llegó con los pies "algo" indispuestos, por decirlo de alguna forma. Walter
Hupiu, tisán chino, de bigote y melena larga, adicto al cigarro y al clic fotográfico, de andar lento y visión extraviada, parece que encuentra algo allá lejos, bien lejos: toma su cámara, cambia de lente y apunta; tiene el ojo en el visor y el cigarrillo en la boca.
Magia de Choquequirao
Por la noche, las lejanas estrellas, el rumor del río, y el viento -que recorría el cañón levantando hojas y alborotando las carpas- nos hicieron sentir que habíamos atravesado una frontera virtual. Al día siguiente, nos levantamos muy temprano y los mosquitos marcaron nuestra piel con puntos rojos. La señora Juana
Covarrubia, vecina de Chiquisqa, nos dijo que los cantos que escuchamos al despertar, le pertenecen a la
urpi, al tucán, al tiqsi y la tulla. Todos estábamos muy ansiosos, pues era el día en que conoceríamos
Choquequirao.
Continuamos descendiendo hasta Playa
Rosalina, ubicada a 1600 metros de altura. Sabíamos que teníamos una larga jornada por delante, puesto que Choquequirao está sobre los 3050 metros. En Rosalina cruzamos -por un puente colgante- el río de
Arguedas, el gran "río hablador", el gran Apurímac que se rompe en rizos verdes camino al Atlántico.
La subida parece interminable; es un serpentín de nunca acabar; cada paso peregrino era una culpa menos. Un poco de sombra o una fuente de agua nos sacaba de nuestro ensimismamiento. Pasamos por Santa Rosa, otro caserío apto para acampar, donde se puede saborear un poco de aguardiente en una destilería artesanal. Tenía la lengua en conversaciones con mi rodilla, pensando que la curva siguiente sería la última, hasta que por fin llegamos al campamento de
Marampata, donde encontramos muchos cuerpos regados en el césped, algunos con poca ropa; todos reposaban luego del esfuerzo. Algunos pálidos se exponían al Sol. Luego de cuatro horas de subida, nos merecíamos un largo descanso antes de desplegar nuestros pies rumbo a
Choquequirao.
Choqequirao es, por supuesto, mucho más que un complejo arqueológico enclavado en la abrupta ceja de montaña. Para empezar, es un sitio definitivamente mágico. Bajo nuestros pies crujieron una llanura de hierbas mientras recorríamos completamente embobados unos magníficos andenes que bajan en cascada y se pierden en el bosque (más del 70 por ciento de Choquequirao está cubierto por la vegetación); luego subimos a la plaza principal y sus murallas como una culebra que sigue el contorno del cerro y abajo, muy abajo, un hilo de plata era el río
Apurímac; pero es desde el Ushnu (templo ceremonial) que se tiene el mejor panorama y se alcanza la certidumbre de la magia que recorre estas montañas: los nevados Ampay y Pumasillo recogen las últimas luces del día y Choquequirao se encoge y desaparece en un asalto de sombras.
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