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Historia de dos ciudades

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Sí jefe
Pero obviamente Choquequirao también debió responder al interés de colonizar las tierras amazónicas y mantener un control de la sagrada hoja de coca que se sembraba valle abajo. A la mañana siguiente, junto al arqueólogo Eduardo Pacheco, recorrimos una zona aun no descubierta al público; el sector VIII, denominado "andenes sacha canela", de difícil acceso y todavía envuelto por espesa vegetación. Son cerca de 134 andenes en dirección al poniente. En una de las últimas hileras nos topamos con un grupo de auquénidos grabados de manera magistral sobre la piedra del andén. No cabe duda de que una vez puesto en valor, Choquequirao va a recibir una cantidad impresionante de viajeros. Algo para lo que no estamos preparados, de manera que en lugar de publicar tantos libros de lujo sobre la ciudadela mejor hay que ponerse las pilas y tener un buen sistema para minimizar la basura, que ya se observa en varios tramos del camino.

En el año de 1710, Juan Arias Díaz dio las primeras noticias sobre esta ciudadela. Le sigue el cosmógrafo mayor del Reino del Perú, Cosme Bueno, que en 1768 hace una descripción de las provincias del obispado del Cusco, informando la antigüedad de esta ciudad. Desde entonces, sus ruinas fueron visitadas por innumerables personajes tales como Eugene De Sartiges, Charles Wiener, Hiram Bingham, entre otros. Lo que se advertía entonces era muy poco: unos cuantos muros sin los bellos ornamentos que ahora muestra en medio de una vegetación que lo cubría todo. En 1834, el conde De Sartiges, aventurero francés de la época, esperaba descubrir el tesoro perdido de los incas, y luego de varios días de caminata, hizo lo que probablemente todos los viajeros hacían: cavar pisos y romper paredes en busca de oro. Después de todo, Choquequirao significa "cuna de oro".

Dejamos Choquequirao, pero no pudimos dejar de voltear innumerables veces, porque es un lugar infinitamente hermoso. Existe una perfecta comunión entre la ciudad diseñada por el hombre y el extraordinario paisaje del atardecer, los cóndores en vuelo y las nubes suspendidas en el cielo. En la serenidad del imponente silencio parecía acatarse un pacto de no agresión, de mutuo respeto entre el hombre y la naturaleza. El viaje continuó con el eterno "sube y baja". A diferencia de los bosques que rodean Choquequirao, el paisaje se tornó árido, quieto y apenas poblado del tarwi andino, la chillka y la paja brava. Al fondo de la quebrada, puede verse el Yuraqmayu (Río Blanco). Al llegar, todos nos metimos un baño mientras el sol ardía sin piedad. El arriero mayor conversaba con sus mulas como lo hizo desde el inicio del viaje: les hablaba en una lengua distinta al quechua, una especie de mantra hipnótico que les susurraba a los animales, que cedían sin vacilaciones. Mientras viajábamos juntos, Valentín, el arriero de 40 años, tenía una única respuesta a todas mis interrogantes: ¿Tu eres de Cachora?, "Sí jefe". ¿Tienes hijos?, "Sí jefe". ¿Caminas muy bien, no?, "Sí jefe", ¿Cómo te llamas?, "Sí jefe". 

Entre cóndores y nevados
¡Quién entiende a la naturaleza!. Al otro lado del río Blanco trepamos a un cerro con todas las características de un bosque de nubes con coloridos gallitos de las rocas y curiosos tucanes volando de un lado a otro. Descansamos en Maizal, donde la luna regaló unos efectos adormecedores. Una espesa y húmeda neblina nos obligó a cerrar la carpa y esperar al día siguiente sumidos en un profundo sueño. 

Cuando Walter, Juan Asín -el guía- y yo estábamos listos para partir, los arrieros y las mulas ya estaban camino a la siguiente parada, con el objetivo de esperarnos con la comida hecha y calmar el hambre que es estos casos es sencillamente implacable. Una vez más, cruzamos otro abra, el abra de San Juan sobre los 4100 metros de altura. Aquí no hay mosquitos que molesten, pero sí muchas minas abandonadas; algunas las exploramos ingresando hasta cierta parte, pudiendo comprobar la extracción que antaño hacían del cobre, la plata y otros minerales que ahora están regados en el suelo como fragmentos luminiscentes. Según algunos pobladores, estas minas eran propiedad de la familia Romainville, quienes las explotaron hasta la década del ochenta. 

A las cinco de la tarde llegamos al poblado de Yanama que lucía varias casas de piedra, una escuela pública, un kiosco, una cancha de fútbol y un milagroso teléfono. Hebert, nuestro cocinero, disfruta su trabajo sorprendiéndonos con los platos más estrambóticos. A veces un helado como postre, una deliciosa pasta carbonara, o un contundente lomo saltado. Acampamos, cenamos, conversamos. Nuestra tertulia se extendió hasta la media noche bajo la luz incandescente del lamparín a gas. 

Temprano, nos alejamos del pueblo por una explanada de suave pendiente, envueltos por campos de cultivo y bosques de eucaliptos y, horas mas tarde, estábamos rodeados de matorrales de ichu, thola y champas de yareta (vegetación característica de la puna). A nuestra izquierda, se perfilaba la cadena del "Pumasillo", una hilera de nevados que se levantan sobre los 5 mil metros de altura. Los tenemos cerca en toda su magnificencia como si hubiesen emergido debajo de nuestros pies, con su viento gélido y su vital presencia en el ciclo de la vida. Aquí nacen dos ríos de mucha importancia para la zona: El Yanama, donde mojamos nuestras botas, y el Totora al otro lado de la montaña. Almorzamos al pie del último paso, el abra de Yanama, a 4690 metros sobre el nivel del mar, el más alto del recorrido: otro paradero para observar el plácido vuelo de los cóndores. 

El grado de inclinación de la subida obliga a no quitar la vista de las piedras que pisamos. Pero ya en la cima, basta una sola mirada alrededor para maravillarse con el nuevo paisaje. Nada es suficiente; este es un camino de extraordinaria belleza. El Salkantay, el nevado más alto del departamento del Cusco (6271 m.), está frente a nosotros y nos saluda mostrándonos el camino. Volteamos un poco la cabeza y vemos el verde en decenas de matices, es la ceja de selva que nos está esperando. Depositamos algunas piedras sobre las apachetas que se encuentran en estas alturas. 

Viejo y querido Machu Picchu
A estas alturas, ya nos habíamos olvidado del cansancio y el dolor en nuestros pies: bajamos corriendo para sumergirnos nuevamente en la lujuriosa vegetación. Aparece el caserío de Totora, pero no nos detenemos y seguimos nuestros poseídos pasos durante tres horas más antes de encontrarnos con un viejo campesino. Le preguntamos si convenía continuar o detenernos, quisimos saber si el camino era llano o había que subir o bajar. El hombre aquel se limitó a decirnos: "Sí señor, el camino sube o baja, según se va o se viene. Para el que va, sube; para el que viene baja."

Por partes desfilábamos sobre un sendero muy estrecho que discurría entre profundos abismos. Un mal olor nos llevó a descubrir una mula muerta allá abajo. Luego de muchos vericuetos llegamos a Collpapampa, un pequeño paraje de mucha belleza. Tras mío llegó Walter con los pies lastimados, una piedra le había jugado una mala broma. Nos sentamos sobre el pasto y comimos y conversamos hasta las "quinientas", sin frío que nos ahuyente, ni sueño que nos llame.

Escoltados por el bambú de la selva, las granadillas que comienzan a aparecer, y algunas orquídeas, disfrutamos de las sombras de la espesura. Este es, sin duda, el preludio de los grandes bosques amazónicos. Aquí los mosquitos volvieron al ataque. Nos detuvimos en un inesperado kiosco para aplacar nuestra sed con una cerveza. Muchos niños acuden a nuestro paso para regalarnos frutas a cambio de nada. Sin apenas sentirlo entramos a Playa Sahuayaco, la tierra del café, donde la mayoría de grupos termina su recorrido subiendo a un vehículo que los lleva en 40 minutos hasta Santa Teresa, a un paso de Machu Picchu. Pero nosotros queríamos llegar a esta emblemática ciudadela como antes lo hicieran los incas: por pequeños senderos que van adelgazando entre las montañas.

De Playa Sahuayco, apenas despuntó el alba, trepamos monte arriba acariciados por el amable sonido del viento y el canto de los pájaros. De pronto, el bosque se tornó ralo y se apreciaron antiguas construcciones incas que han merecido la atención del reputado investigador Tom Zuidema. Al frente, bañadas por una luz azulina se dibujaban las inequívocas formas de Machu Picchu.

Es cierto, en arquitectura el viejo y querido Machu Picchu tiene mayor prestancia que Choquequirao, pero en lo que respecta a la magnificencia del paisaje, esta última ciudadela gana por algunos puntos. Pero nada de esto nos importaba mientras, paso a paso, cruzábamos un puente inca. Las nubes parecían hervir bajo nuestros pies. El río Urubamba era una vaga serpiente marrón rodeando al esqueleto de esta gran urbe. El eco de nuestros gritos rebotó en las espléndidas murallas hasta que fueron cediendo a un sentimiento de sana estupefacción.

     

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