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Especial Ancash:
Pétalos del desierto


La diversidad de paisajes y restos arqueológicos en la costa de Áncash es tan sorprendente como desconocida. Un viaje a pocas horas de Lima es suficiente para vivir cambios radicales en el clima, en los acentos y culturas. La visita constituye un privilegio casi mágico. Descubra con nosotros las novedosas playas y las tradiciones más inesperadas de una tierra prodigiosa por sus impecables restos históricos, que seguramente van a dar mucho que hablar en un futuro cercano.

Texto: Iván Reyna Ramos
Fotos: Juan Puelles Urraca


Tal vez fue el aire ligeramente frío que se colaba por la ventanilla del ómnibus, o por el desfigurado perfil de los cerros, pero por alguna extraña razón sentía que me estaba acercando a Casma. La cita con Carlos Bastiand era en el kilómetro 347 de la Panamericana Norte, quien nos esperaba con una 4 x 4 para echarnos a rodar por el aún inmerecidamente poco reconocido litoral ancashino. Primero enrumbamos al sur, a la Gramita, una playa de mar abierto, de arena blanca, fina y tranquila, especial para acampar. Pero si desean mayor comodidad, a pocos metros se levanta el hospedaje Las Aldas, un buen destino para descansar con vista al Pacífico.

Corazón de Arena
Seguimos por la orilla, en dirección al norte. Íbamos por una carretera afirmada; la Panamericana ya era parte del recuerdo. La senda rodeada por sugerentes dunas y ensenadas nos condujo hasta Las Mellizas, un par de playas de piedras unidas por un montículo de arena. Encima de ella, uno casi podía besar el Sol. Simplemente fascinante. Contigua a esta playa y de cara al mar se encuentran los restos de los pescadores y recolectores más antiguos de América, pertenecientes al complejo arqueológico Las Aldas, de 5 mil años de historia, nada menos. Y así fuimos rodando por otras playas vírgenes (es un decir, porque vírgenes no existen ni en los monasterios); bueno la cosa es que, siempre orientados al norte, nos deslumbramos con playas que los pescadores han bautizado como Pedregal, Hueso de Ballena, Catalina, Playa Mansa, El Muerto (por razones obvias), Los Litros, Lobos, El Guanito, Piedra Gorda, El Bajadón (también por razones obvias), La Red, La Cruz y El Ciño, y continúa un rosario conformado de espacios de arena, olas y particular belleza, ignorados por los limeños que piensan que el norte es sólo Huanchaco y Máncora.

De pronto ya teníamos al frente a Punta El Huaro, ubicada al pie del cerro Mongón y de una enorme antena que los viajeros toman como punto de referencia. El Huaro es un istmo, es decir una pequeña lengua de tierra que une a una península con el continente. Pero lo extraordinario del asunto es que cuando sube la marea, el mar interrumpe esta conexión y El Huaro se transforma en una isla. Una maravilla sin parangón en la costa peruana. Y con colonias de lobos, delfines, y una multitud de aves que hacen de este paraje algo, realmente, pero realmente especial.

Tierra sagrada
Por supuesto nos dimos una vuelta por Sechín, a tiro de piedra de Casma, y mágicamente envuelto por un bosque de algarrobales. Diablos, si estuviera en Europa sería promocionado como la gran maravilla, por lo menos a la altura de Stone Henge. Así que un poco de respeto por favor por este templo de 3500 años de historia y 400 enormes piedras finamente labradas, que cuentan relatos sangrientos. Pero con arte, sublime y alegórico; y que no se espanten los europeos, pues ese continente no se ha caracterizado precisamente por la serenidad y la concordia.

Luego, el asombro. A 14 Km. de la carretera que conduce a Huaraz, en Pampa Colorada, se delinea un geoglifo que representa a un guerrero de 23 metros de largo, que sostiene en su mano izquierda un aditamento circular y en la derecha lleva un bastón, mientras un felino asoma por detrás abriendo sus garras con salvaje apetito. El sitio además presenta un conjunto de líneas y figuras en negativo que, para muchos, son similares a las de Nasca, según Víctor López Velásquez, un estudioso de Casma que ha comprobado que una de las líneas está perfectamente orientada con el solsticio de invierno. 

Esa noche pernoctamos en el balneario de Tortugas, y al amanecer partimos en el bote Charay, junto a los motoristas Juan Rivera y Jaime Herrera, dejando atrás bolicheras y muchas granjas de conchas de abanico. Así arribamos a dos playas de ensueño: La Gramita de Arena y La Gramita de Piedra, divididas por un cerro colorado. En ambas playas se puede disfrutar de un placentero baño, acampar y pescar. En lontananza se distingue la isla Tortugas. Después, desembarcamos en la playa "San Bernardino", como si hubiéramos retornado a un pasado prehistórico. 

Gloria Pasada y Presente
Era hora de vagar por cosas nuevas, pero ahora tierra adentro, en la ausente morada de nuestros antepasados. El valle de Nepeña nos esperaba (Km. 409 de la Panamericana Norte). Visitamos la fortaleza de Pañamarca, levantada arquitectónicamente por los invasores mochicas sobre una montaña granítica allá por el siglo III después de Cristo, luego saqueada en la época colonial por los buscadores de tesoros, y que hoy se halla rodeada de vegetación, longevos algarrobos y muchas lagartijas que animan el tono críptico del paisaje.

Siempre en dirección al este, llegamos al distrito de Moro, conocido por su producción de buen pisco y vino, elaborados todavía con moldes ancestrales y, aunque no tienen la denominación de origen, sus fervientes promotores celebran con orgullo en la última semana de julio el Día del Pisco. En Motocache, encandilan las bodegas vitivinícolas. Y si de comida se trata, El Ranchito prepara platos irresistibles: cuy guisado con papas, cebiche de pato y pepián de pavo. Pero no fue ni el pisco ni el cebiche lo que nos sacó del cuadro: fue conocer a Antonio Huerta, de 113 añitos, montado a caballo entre las chacras de Choloque. Una presencia alada, conmovedora, y además conversador como pocos.

En esta misma ruta, se va al templo de Huaca Partida, el descubrimiento más reciente del arqueólogo japonés Koíchiro Shíbata (excavado con anterioridad por Julio C. Tello en 1930), que se ubica en las inmediaciones de los cultivos de caña pertenecientes a los dominios de Agroindustrias San Jacinto. Se trata del hallazgo sin precedentes que confirma la temprana influencia Chavín en esa parte de la costa. Sin duda, lo que más llama la atención es una fiera imagen felina labrada en barro, perteneciente al periodo formativo.

De vuelta al valle de Casma, echamos una mirada a los testimonios históricos de Punkurí, el santuario más antiguo de la cultura Sechín, donde sus habitantes adoraban a un puma labrado en barro polícromo, descubierto por Julio C. Tello en 1929; una deidad de más de 4 mil años de antigüedad.

Finalmente, descendimos nuevamente al mar, a la Isla Blanca, en bahía El Ferrol (en Chimbote), que alguna vez fuera la más hermosa del Perú, antes de la explotación de la anchoveta. Pero aun así, es una isla de abundante biodiversidad marina, con un fantasmagórico bosque lítico y excelentes miradores. Además, nueve ensenadas aguardan al viajero con un hechizo particular de olas, formas y absoluta soledad. Definitivamente, el litoral norte de Áncash, está apenas mostrando el fulgor de un futuro dorado y prometedor.

      

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