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Tocar el cielo con las manos


El avión del servicio aerofotográfico de la Fuerza Aérea del Perú sobrevolaba la Cordillera Blanca, tratando de ver alguna señal. Los expedicionarios habían dado señales de vida hacía pocas horas, pero ¿habrían logrado su hazaña?

Texto: David Roca Basadre
Fotos: Archivo Familia Yánac


De pronto, la tripulación del avión que buscaba desde hacía una hora y fotografiaba sin cesar, se llenó de júbilo. Sobre la montaña norte, la más alta del Huascarán, el techo del Perú, flameaban los colores rojiblancos del pabellón nacional. Los hermanos Yanac, Guido, Apolonio y Pedro, y su grupo de amigos: los hermanos Fortunato y Felipe Mautino, y Macario Ángeles, habían completado la hazaña de llegar a la cumbre del glaciar más alto de los trópicos en el mundo. Eran las 12:35 del día 4 de agosto de 1953, y los 6780 metros de altura sobre el nivel del mar del majestuoso apu cordillerano, habían sido vencidos por un grupo de seis peruanos, sin mucho atavío ni aparejo moderno, pero con toda la terquedad del coraje andino. 

La prensa seguía expectante la aventura desde hacía días. Una aventura que llenaba primeras planas, que se había iniciado el 1 de agosto y que había comenzado con una anécdota.

Los primeros andinistas
La Cordillera Blanca ha sido siempre objeto de fascinación para todos cuantos pasaron a su lado. Hay, incluso, crónicas acerca de las características de la zona hechas por los conquistadores, como cuando Hernando Pizarro sintetiza magníficamente el paisaje y dice: "El interior del país es muy frío y le sobran aguas y nieve, pero la costa es muy calurosa y llueve tan poco, que la humedad no bastaría para hacer madurar los sembrados si las aguas que vienen de la cordillera no mejoran el suelo, que así produce cereales y frutos en abundancia". 

Sin embargo, la idea de buscar sus cumbres como un desafío es una idea moderna, tan solo similar en algo a las expediciones rituales para ofrecer sacrificios a los dioses tutelares, que en tiempos prehispánicos realizaban los sacerdotes de los centros ceremoniales andinos.

La huellas de aquellos pasos son pocas, las de asentamientos regulares menos, pues es difícil cultivar algo a más de 4000 metros de altura.

Por eso, y por la dificultad del terreno, no es difícil aceptar que el primero en llegar cerca a sus más altas cumbres fue el aventurero norteamericano Reginald Enock, que llegó hasta los 5 mil metros de altura. 

Varios años después, la periodista y expedicionaria también norteamericana Annie Peck, logró llegar hasta el pico norte, según ella misma refiriera, alzada en el último trecho por los fuertes brazos de sus guías. Sin embargo, muchos han puesto en duda la veracidad de la versión de Peck, que no deja de ser por eso la mujer que más alto ha llegado en el intento. 

Luego de estos acontecimientos, se dieron varios intentos por llegar al pico más alto, sin embargo aquella hazaña, como en los cuentos, esperaba pacientemente a sus héroes.

Los Yanac y sus amigos
El grupo de amigos trabajaba para el entonces Ministerio de Fomento en el control de las lagunas, algunas de ellas ubicadas a 4500 metros de altura. Mirar las cumbres del Huascarán y que la idea de escalarlo surgiera en sus mentes, tan sólo necesitaba de un pretexto. Más aun, cuando ya desarrollaban en sus ratos libres, técnicas propias para el escalamiento. 

Un grupo de expedicionarios mexicanos, de retorno de una ascensión, dijo que habían dejado varios objetos que facilitarían el ascenso a los peruanos que trataran de hacerlo. Afirmaban haber llegado al pico norte, el más alto de todos. Era un desafío.

Los hermanos Yanac y sus amigos estaban ya listos para decidir realizar la hazaña. Buscaron el apoyo de instituciones y empresas, y un 1ero. de agosto de 1953, luego de muchas gestiones, pudieron iniciar el ascenso.

Sus aparejos no eran de los mejores; tampoco sus zapatos eran a la medida, por lo que los obligaban a ponerles algodones para calzarlos. Llevaban además grampones pesados, picotas fabricadas artesanalmente, carpas de lona sin piso (que los obligaban a portar paja o ichu para descansar), mochilas hechas de valijas corrientes, sogas que no eran necesariamente las adecuadas, y alimentos preparados en casa a base de maíz tostado, charqui de venado y similares: aquéllas eran sus armas para llegar a la cumbre, además de una voluntad de hierro.

El ascenso y la cumbre
Fueron cuatro días hasta la meta y que comenzaron a las 9 de la mañana del aquel primer día de agosto, hasta llegar al campamento base a 4500 metros de altura, "en un terreno abrigado, rodeado de quinuales desde donde se observaba el Callejón de Huaylas", según relata Apolonio Yanac. 

Aquel día siguiente, luego de superar grietas que a veces cedían, llegaron a los 5700 metros de altura, donde armaron un pequeño campamento y pasaron la noche. 

Efectivamente, encontraron alimentos concentrados dejados por los mexicanos que consumieron allí. A las 7 de la noche, enviaron las señales convenidas, con cohetes paracaídas verdes, lo que significaba que todo estaba bien. 

Al siguiente día, 3 de agosto, iniciaron la etapa más arriesgada, a través de grietas espaciadas y nevadas que los llevaron a una gran muralla de hielos, acceso a la garganta. Los mexicanos habían dejado, efectivamente, una cuerda para poder subir con mayor facilidad. Subir la muralla fue un esfuerzo de varias horas, para continuar luego dos horas más hasta los 5900 metros, donde armaron nuevamente campamento. No era fácil dormir; enviaron las señales convenidas y trataron de aguardar el día siguiente. Hacía 25 grados bajo cero.

El martes 4 de agosto, animosos como estaban a pesar del cansancio, algunos accidentes peligrosos ponen en riesgo al grupo: resbalones que a esa altura pueden ser mortales, algunos golpes que retrasan el paso de Felipe Mautino y de Macario Ángeles. Deciden abordar la cima sur y les piden que aguarden. 

Luego de escalar una cresta bastante empinada, rodeada de grietas suaves, llegaron a la cumbre al mediodía, a los 6780 metros que nadie había alcanzado. Brindaron entonces de felicidad mientras los compañeros rezagados les iban dando el alcance, haciendo un enorme esfuerzo. 

Estaban seguros de ser los primeros en llegar jamás, pues allí no encontraron huella de los camaradas mexicanos que en el trayecto habían ido regando muestras de su paso.

El retorno
Luego de arribar al campamento de base, comenzó el descenso. Todos los pueblos se habían engalanado de banderas y las fiestas para recibir a los héroes llegaban hasta la capital de la República. Los hermanos Yanac y su grupo de acompañantes habían realizado una de las hazañas deportivas más grandes de nuestra historia. La prensa se hacía el mayor de los ecos, y los corresponsales extranjeros enviaban sus noticias.

Y ya en la tranquilidad del reposo, Apolonio Yanac se puso a soñar con el Aconcagua y quizá, por qué no, con el Himalaya. Ya todo era posible... 

      

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