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Chuquibamba
descubierta
Un equipo de RUMBOS viajó hasta el pueblo de Chuquibamba y exploró todos sus dominios: desde las ruinas incas de Cochabamba, hasta las lagunas de Atuén, el laboratorio agrícola de La Bóveda, y las extraordinarias tumbas de La Petaca. Aunque Chuquibamba tiene todavía mucho que mostrar, ésta es -digamos- su presentación en sociedad.
Escribe: Álvaro Rocha Revilla
Fotos: Walter Hupiu
El ambiente era en realidad extraño. Las ruinas incas pertenecían sin duda al período Imperial: de piedras grandes y acabado fino. Montes de selva alta abrazaban el complejo arqueológico. Pero no estábamos en el Cusco, en algún complejo cercano a Machu Picchu, sino en Amazonas, como mil kilómetros al norte del "ombligo del mundo".
Podría decirse que en realidad Cochabamba te atrapa, y te envuelve en una atmósfera especial apenas uno pisa sus calles. Luego de bajar dos horas a lomo de mula desde Chuquibamba, apareció ante nosotros un pueblo de espacios amplios, con las chacras interrumpiendo el diseño urbano, tejas en los techos y flores en los patios interiores. Era una pequeña maravilla.
Pasado Inca
Al comienzo uno no se da cuenta. Cuando nuestro guía Rómulo Ocampo nos condujo hasta donde se levantaba una impecable puerta trapezoidal inca hecha de piedra arenisca colorada, y luego nos mostró un baño litúrgico (o "tinas", como le dicen los pobladores), todo andaba muy bien. Pero después nos llevó a ver otra "tina" que estaba en la parte posterior de una casa, y también a una chacra donde en medio de los surcos de papas se veía un dintel de impresionantes medidas, y finalmente apreciamos que toda la base de la portada de la iglesia estaba íntegramente diseñada por magníficas piedras incas.
Poco a poco, entonces, el ambiente de extrañeza dio lugar a un sentimiento de genuina estupefacción. En realidad estábamos caminando sobre un pueblo erigido sobre ruinas incas. Por todo Cochabamba se podían ver rasgos de un pasado quechua. Se aprecian portadas derruidas, una de ellas por el terremoto de 1968 en Moyobamba, pero otras por mano del hombre. Por ejemplo, también se ven restos de calles y murallas que han desaparecido con la misma velocidad con la que los campesinos hacían crecer sus cercos.
Según Rómulo, la mayor parte de la ciudadela inca está aún bajo suelo. Especialmente el sector que se orienta hacia la quebrada de Challuacancha, pues es el único lugar por el que se pudo atacar a este complejo arqueológico. Incluso, los antiguos, como Vlidaslao Rojas, ya fallecido, decían que en la plaza del pueblo está enterrada la más fastuosa de todas las "tinas" de piedra. En fin, un misterio que el tiempo se encargará de develar. Por lo pronto, un día después de arribar a Chuquibamba ya estaba deslumbrado con las bondades de este pueblecillo perdido entre las brumas geográficas de Amazonas. Como suele suceder en otros sitios del Perú, uno puede estar en un universo totalmente distinto, con sólo salirse de las rutas tradicionales.
Camino al Paraíso
Y realmente no fue una ruta tradicional la que seguimos para llegar a Chuquibamba. Tres días atrás me introduje en un bus cama que me condujo sin mayores problemas hasta Cajamarca. La ciudad estaba como apagada bajo un manto gris. Pero luego que partimos con dirección a Celendín, el sol brilló por primera vez y se vieron los campos verdes y relucientes, y todas las cosas adquirieron su verdadero color. Después de tres horas asomó el mar de tejas que es Celendín.
Todavía reluce su célebre campiña y su iglesia de altas torres celestes, así como el enorme coliseo que rompe totalmente con el aire pueblerino. Los adultos iban de aquí para allá con sombreros de paja sobre sus cabezas. No nos quedamos mucho tiempo en Celendín, pues el día corría y pronto andábamos trepando una cuesta, y ya en la cima ingresamos a una especie de nube, mientras gruesas gotas de lluvia golpeaban el parabrisas. Un camión apareció de la nada. Lo distinguimos recién a diez metros de distancia, suficiente para esquivarlo, aunque con suma prudencia pues aunque no lo veíamos, el chofer sabía que de allí al Marañón sólo había un abismo de dos mil metros de profundidad.
El camino, por partes, era bastante estrecho. Bajamos y bajamos. Con tanta niebla, el Marañón sólo se adivinaba por un lejano rumor que iba creciendo en cada curva que dábamos. Un riachuelo descendía por la misma vía. Resulta increíble que por un lado se hagan Interoceánicas y por otro se mantengan las mismas deterioradas carreteras que impiden el desarrollo agrícola y turístico de una de las regiones más importantes del país.
La neblina se fue despejando y apareció el Marañón, marrón y de dimensiones considerables, el cual cruzamos por un puente que divide a Cajamarca con Amazonas. Apareció el pueblo de Balsas, con ciruelas a granel; luego un gran cartel que dice "Bienvenido a la Tierra de los Chachapoyas". Después nos fuimos bordeando el río Marañón que estaba chúcaro y aparecieron los cultivos de papaya, de mango, así como las grandes palmeras y el intenso calor... y por un instante uno piensa que está en el Caribe.
El chofer, acostumbrado a trasladar mineros en Cajamarca, desconocía la zona, y se pasó de largo San Vicente, pueblo ubicado en La Libertad, donde hay un desvío que asciende en busca de Chuquibamba. La carretera aún no está terminada, pero te deja a una hora de esta localidad. Sólo hay camiones los lunes, cuando hay feria en Chuquibamba. Los otros días el aislamiento es casi total. El chofer se dignó a bajar la ventanilla y preguntar, cuando ya estábamos en Llongote, camino a Bolívar. Allí le hicieron ver su error. Pero el que pagó los platos rotos fui yo, porque ya no quiso agarrar el desvío a Chuquibamba, y, caballero nomás, tuve que quedarme a dormir en San Vicente.
Hombres y Nombres de Chuquibamba
La mañana transcurría con una placidez abrumadora. La noche anterior había llamado a Chuquibamba y me dijeron que iban a enviar "la caballería" a salvarme. Pero aquella mañana casi nadie, a excepción del viento, pasaba por las amplias calles de San Vicente. De pronto, una nube de polvo, y allí estaba el arriero. Se llamaba Masdeu. Y traía dos animales. Traté de hablar con Masdeu, pero la comunicación no era fluida: sólo asentía con la cabeza. Le dije que lo podía ayudar cogiendo las riendas, mientras él cargaba a una de las mulas, y me las dio. Y yo jalé a la mula y se resistió, y le grité "¡Ven mula!" justo cuando pasaba un poblador de San Vicente. "Tienes que hablarle más alto, no te escucha", me dijo el poblador. Y por un segundo pensé que se refería a la mula. Pero luego me percaté del prolongado mutismo del arriero y me di cuenta que Masdeu era casi sordo.
Salimos de San Vicente a la una de la tarde. Pasamos por Pusac. Y subimos entre bosques, primero secos (con cactus y todo), pero luego húmedos al borde del cañón que encausa al río Chaccahuayco. Llovía cuando entramos a Chuquibamba a las cinco de la tarde. Pregunté por la casa de Pedro Epiquién Camán, de 83 años, pero que todavía va a lampear, quien amablemente nos acogió en su casa. En la noche nos invitó un extraordinario pastel de sauco, mientras su hijo Reymel nos contaba algo común a los pueblo remotos: la pésima y casi nula educación escolar que, como ha dicho el experto Leon Trathenberg, es "una estafa pública". Reymel incluso señaló con sarcasmo que había un docente al que llamaban "profesor de miércoles" porque invariablemente faltaba los lunes y martes.
Uno puede rastrear la historia de Chuquibamba tan sólo a través de los apellidos. Los Añasco y Bardales que migraron desde un lugar cercano a Chachapoyas; los Díaz y los Epiquién que vinieron desde Pataz y Bolívar, ambos en La Libertad; y de Celendín (en Cajamarca) llegaron los Chávez, los Zamora, los Silva; los Rojas subieron desde Balsas, una localidad al borde del Marañón; y también llegaron los Ocampo que, dicen, descienden de un cura que pasó por Rodríguez de Mendoza e hizo historia entre las feligresas.
Los apellidos más tradicionales como Chancahuana y Chuquiruna (aunque éste ya casi no se escucha) tienen, sin embargo, una raíz quechua, lo que no sucede con todos los anteriores, que son obviamente heredados de los españoles. Es decir, por intermedio de los apellidos, uno puede deducir que Chuquibamba tuvo un origen muy antiguo. Chuquiruna significa, por ejemplo, "hombre de Chuqui", nombre presuntamente impuesto por los incas para referirse a los pobladores autóctonos, obviamente de la etnia de los chachapoyas. En cambio, los apellidos del párrafo anterior indican, sin lugar a dudas, que posteriormente Chuquibamba fue el lugar escogido por migrantes de varias regiones del norte peruano: de Cajamarca, La Libertad, y de otros sitios de Amazonas. Esto sugiere que la población local original -por alguna razón- disminuyó considerablemente y se dieron las condiciones para la llegada de gente de otras áreas geográficas. Tal vez fue la epidemia de la viruela -que según algunos investigadores como Keith Muscutt, iba más rápido que los españoles mismos- la que causó estragos en la población local.
Los Guamanes de la Conquista
Después de esa primera noche en Chuquibamba, partí con las primeras luces del alba en busca de Cochabamba, pero ya ustedes conocen algo de esa historia, y de mi sorpresa de estar caminando encima de una ciudadela inca. Lo que probablemente desconozcan es que en Cochabamba vivía Guamán, un líder chachapoya designado por Atahuallpa, que posteriormente a la captura del Inca se pasó al bando contrario, llegando incluso a ser bautizado como Francisco Pizarro Guamán.
De acuerdo a Keith Muscutt, fue en una incursión de Hernando de Soto en tierra chachapoya, en 1532, cuando probablemente este conquistador conoció a Guamán y trató de convencerlo para que realice una alianza con lo españoles. Lo cierto es que poco después de retornar de Soto a Cajamarca, llegó Guamán a esta misma ciudad y selló un pacto con Pizarro. Por ello, cuando en 1535 Alonso de Alvarado ocupa Cochabamba no tiene mayor resistencia: le bastó con cuatro hombres a caballo y tres de infantería. Y es que Guamán apoyó decididamente la invasión. Cabe mencionar que poco antes de la llegada de los españoles, Atahuallpa había mandado deportar gran cantidad de adolescentes chachapoyas. Por lo tanto, no era muy popular que digamos.
Como el botín fue bueno, Alonso de Alvarado regresó en 1536 a Cochabamba. Sin embargo, la rebelión de Manco Inca en el sur andino interrumpió sus propósitos. Pero Alvarado volvió a Cochabamba en 1538 al mando de 250 experimentados soldados. Fue en esta ocasión que se funda San Juan de la Frontera de los Chachapoyas, acto en el que seguramente estuvo presente Guamán. Lo cierto es que los españoles le pagaron mal a este jefe chachapoya, aunque lo dejaron que mantenga cierta posición social. Guamán que, según Muscutt, puede ser considerado desde un oportunista sin principios hasta un brillante pragmático, murió en 1511 y fue el último líder chachapoya de importancia.
La Caída de Masdeu
Sólo castellano se habla en Chuquibamba. Es más, ya perdieron la memoria de cuándo se abandonó el quechua. Don Pedro Epiquién me contó que sus padres no hablaban este idioma, y eso ya es remontarse unos 150 años en la historia. Sin embargo, chacchan coca con gusto, y mantienen un sistema de trueque que les permite cambiar su trigo y maíz por las papas moradas de Atuén o por las frutas de Pusac y Balsas. Pero, al margen de mantener sus costumbres, los chuquibambinos desean fuertemente la integración. Son demasiados siglos de aislamiento. Por eso, la carretera.
"Las autoridades de la ciudad de Chachapoyas nos marginan -me dice Lenin Portal, alcalde de Chuquibamba- porque señalan que no pertenecemos al valle del Utcubamba". Lo cual sería una cosa bastante miope para los ojos de la antigua etnia de los chachapoyas, los cuales tenían como límite geográfico y político al Marañón. Es más, si hubiera cierto grado de conciencia medioambiental esto no se estaría discutiendo, pues Chuquibamba controla las cabeceras de cuenca del río Utcubamba, por lo tanto tiene un importante rol que cumplir en el desarrollo del valle. Pero anda y cuéntaselo a un burócrata.
Los últimos minutos en Chuquibamba los dedicamos a despedirnos de los amigos que habíamos hecho. El día no pintaba bien, la niebla se arrastraba por el suelo. Antes de llegar a La Fila (que es como se conoce acá a los abras), el cielo empezó a lagrimear. El viento, el frío y la humedad se juntaron para hacernos la vida imposible. Pero igual no pudimos dejar de reírnos con la caída de Masdeu, cuyo caballo tropezó, haciendo que él se vaya de bruces. Y era un solo de fango y vacas fantasmales cuando arribamos a Tajopampa, luego de un jabonoso descenso. En estas soledades felizmente no importa quién es el presidente del Club Nacional, o el dueño de un canal de TV, o cuándo son las mugrosas elecciones. Como me dijo un arriero: "acá a nadie la interesa la política, sólo nos hacemos problemas si suben los precios".
Macabros Personajes
Dormimos seis en una cocina. Amaneció algo despejado, con una tenue luz bañando la pradera. A sólo cinco minutos de Tajopampa (bah, son apenas dos casas) se encuentra La Petaca; en opinión de Keith Muscutt, autor de Warriors of the Clouds y definitivamente la persona que más ha estudiado las peculiares tumbas de este lugar, éstas son, a su entender, "uno de los restos arqueológicos más destacados de toda América". Dados a conocer por Henry y Paule Reichlen en 1950, La Petaca y su continuación Diablo Huasi, son realmente una creación original de los arquitectos chachapoyas. Frente a nosotros, en la parte alta de los acantilados, se distinguía a dos personajes en pintura roja llevando entre manos una cabeza trofeo, un ícono que se repite mucho en los mochica y en otras culturas prehispánicas peruanas.
También nos llamó mucho la atención La Bóveda, que son unos andenes en forma de cono que se hunden en la tierra, tipo los de Moray en el Cusco, que es considerado un laboratorio agrícola. La Bóveda también pudo tener esa función, o ser simplemente una ingeniosa manera de ganarle espacio a la tierra. Alrededor de los andenes circulares, medio derruidos, se veían restos de plazas, templos y murallas. También hallamos una roca que seguramente cumplía la función de oráculo. Ráfagas de niebla nos recordaban que teníamos que continuar hasta Leimebamba. Abandonamos La Bóveda en medio de un silencio atronador. El lugar era soberbio, extraordinario, pero a la vez descuidado, ignorado. En fin, un resumen de la forma como tratamos a nuestros antepasados (a nosotros mismos en realidad).
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