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Fundada en 1539 por Francisco Pizarro, Huamanga tiene en los alrededores una oferta turística variada y tentadora: Huanta, Quinua, Cangallo y Vilcashuamán. El menú es tan contundente como el que despliegan las afables mamachas en el colorido mercado de Huamanga. Saboréelo con nosotros.
Escribe: Rolly Valdivia
Fotos: Carlos Salas
En una tierra de esperanzada devoción y profundas nostalgias, un inspirado maestro del cincel convierte a las piedras de huamanga en lo que éstas quieren ser. "Parece que te hablaran. Ellas dicen hazme esto o lo otro…", explica en un tono que va del secreto a la ironía, como si estuviera develando un misterio o jugándole una broma al desconocido que le pregunta con insistencia de mosquito: "señor, ¿de dónde viene su arte?".
Y las piedras parlanchinas suelen tener sus caprichos. No se contentan con ser un arcángel o un santito, a veces quieren representar al mundo entero; entonces, el artista descifra los exigentes pedidos de sus compañeras de conversa y esculpe magníficas obras que expresan los sentimientos profundos y contradictorios de la humanidad.
Confusión, dudas, creer o no creer. Tratar de escuchar a las piedras, darse cuenta que es inútil y ver la sonrisa del hábil escultor mientras confiesa que él las oye desde hace más de 50 años, cuando todavía era un niño y deambulaba sus penas por Santa Ana, un barrio de artistas y creadores.
Las sorprendentes palabras de Julio Gálvez Ramos, gran maestro de la artesanía peruana, marcarían mis días en Ayacucho (2,761 m.s.n.m.), bautizada así por el libertador Simón Bolívar en 1825, aunque todos o casi todos insisten en seguir llamándola Huamanga, quizás por costumbre, tal vez sólo para no olvidar su nombre primigenio
Después de su extraña revelación, mis sensaciones y recuerdos dejaron de coincidir con los de mis visitas anteriores. Y es que en esta misma geografía urbana, y en este mismo bosque de templos coloniales (existen 33), fui asaltado por la tristeza más de una vez.
Sí, eran otros tiempos. Ahora todo es o parece ser distinto en esta histórica capital regional, porque en Ayacucho -que nunca dejará de ser Huamanga- ya no habita el terror. Ya no es el rincón de los muertos.
Más allá de las iglesias
Disfrutar de Huamanga, cordial y pacífica; conversar bajo las sombras de sus patios solariegos, buscar a Dios en su rosario de templos, engañar al hambre con las chaplas, ese pancito tradicional que por no tener corazón (entiéndase migas) es igualito a la mujer ayacuchana, según afirman las voces del despecho. También un vistazo al mercado. Quesos, montañas de panes y canastas, ollas pantagruélicas de puka picante, el platillo emblemático de la región.
La apetitosa carta viajera preparada por los expertos de la Cámara Regional de Turismo de Ayacucho, con el apoyo de las municipalidades provinciales de Cangallo y Huanta, entre otras instituciones, tenía como entrada un ida y vuelta al pueblo de Quinua (3,396 m.s.n.m.), previo paso por la opulenta campiña de Huamanguilla.
Calles dormidas, casas blancas con tejitas rojas y pequeñas iglesias de cerámica en sus techos, todo eso en Quinua (32 kilómetros de Ayacucho), donde los artesanos perpetúan la tradición alfarera de los Huarpa y Wari. Proseguir la aventura. Conocer Pikimachay, oquedad natural en la que se hallaron vestigios líticos de los hombres primitivos de mayor antigüedad de los andes centrales (20 mil a 15 mil años a.C.); también Wari, la portentosa capital del primer imperio de Sudamérica (siglos VI y XI d.C.). Auténticos bastiones de la historia, ubicados a 24 y 22 kilómetros al norte de la capital regional, respectivamente.
La curva del desierto
Esperar la luz del día. Volver a partir: Cangallo (2,556 m.s.n.m.), Huanta (2,620 m.s.n.m.) y Vilcashuamán (3,470 m.s.n.m.), provincias incluidas en el opíparo banquete de imágenes y recuerdos que se "ofrece" en el llamado Circuito Norte de la región Ayacucho, una seductora alternativa turística en la que hay de todo, como en botica.
Y vamos a Cangallo. Recorremos 100 kilómetros por una carretera carente de asfalto. Subir, bajar, detenerse en un cerrito o en la estancia austera de un ganadero. Llegar al pueblo, darse cuenta que es hermoso y que está cercado por montañas enhiestas y por el río Pampas, vertiginoso, serpenteante, cruzado por un puente colgante que se mece, baila, parece un péndulo.
La célebre Pampa Cangallo, el hogar de los hábiles y diestros Morochucos -gente de campo, gente de a caballo-; Huanucopampa y el cerro San Lorenzo Menor, con sus puyas de Raimondi que se proyectan hacia el cielo y los vivificantes velos de aguas de las cataratas de Batán, Pumapaqcha y Qorimaqma, terminan por satisfacer la inquietud de los viajeros.
Lo mismo ocurre en Vilcashuamán, la tierra del Halcón Sagrado, con sus templos para el sol, la luna y el Dios de la conquista. Arquitectura inca, cusqueña, con ventanas trapezoidales, dinteles monolíticos, nichos y hornacinas que enaltecen a este pueblo sencillamente tranquilo, a 118 kilómetros de Huamanga.
Sólo falta Huanta, el vallecito engreído, famoso por sus paltas y frutas… pero algo debe andar mal, porque el follaje nos dice adiós en una curva. Todo se vuelve tierra austera y desolada, con cactus enormes, montañas resecas y retorcidos árboles de algarrobo y huarango, apenas un matiz de verdor en Muyuccurcco, algo así como el desierto perdido de la llamada Esmeralda de los Andes.
Pero esa faz -desconocida y fascinante- la empezamos a descubrir en la espinosa cima del cerro Huatuscalla, mirador perfecto del cañón del mismo nombre. Ascenso de 20 minutos intuyendo el camino para contemplar la campiña lejana y los cauces del Cachi y Urubamba que se unen con el Huarpa, tributario del impetuoso Mantaro, que -aunque parezca increíble- está calmado y limpio. Da gusto verlo.
Los 48 kilómetros que separan Huanta de Ayacucho son el último bocado del banquete. Qué lástima, por ahora no hay yapa ni repetición. Sólo queda buscar a la mamacha y sus platazos de puka picante.
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