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Matices de la Cordillera Azul
Se dice que la intrincada Cordillera Azul es la región geológicamente más diversa del Perú. Cruzarla de lado a lado no es juego de niños, y es precisamente lo que realizó el biólogo Kjeld Nielsen, un estrecho colaborador de RUMBOS que pasó de los bosques nubosos de San Martín hasta las planicies amazónicas de Loreto, y de la cuenca del Huallaga a la del Ucayali, en una inolvidable travesía, a pie y en balsa, de una semana de duración.
Texto y fotos: Kjeld Nielsen
Desacostumbrado a las tremendas cuestas de la selva alta, Julio, guardaparque del lado loretano del Parque Nacional Cordillera Azul (1 350 190,85 ha), fue el primero en apresurarse a deshojar uno de los energizantes juanes de gallina que serían nuestro desayuno. Al frente, la cuesta en la orilla opuesta del río Ponasa marcaría el inicio de esta travesía de reconocimiento.
Fueron justamente los guardaparques del INRENA quienes nos recomendaron salir de madrugada para burlar al sol. Así, empezamos la trocha a través de unos pocos cafetales y muchas chacras desordenadas. El calor era insoportable. Después de una hora de camino, la sombra seguía esquiva. El grupo original de cerca de diez integrantes, ahora se disgregaba en intentos independientes por refrescar nuestras cabezas con los escasos riachuelos que mantienen su curso original entre los "shapumbales": helechos que crecen tras las nocivas prácticas de tala y quema. Y es que, en este sector de la zona de amortiguamiento, la inmigración proveniente de las agotadas tierras altoandinas ha sido el réquiem para grandes extensiones de bosques montanos. Más de la tercera parte del bosque ha dado su lugar a chacras, chacras pobres, además.
Nos acercamos al Parque. Casi como si alguien hubiese encendido el aire acondicionado, al pasar de las chacras al fresco y húmedo bosque era posible sentir físicamente la necesidad de contar con vegetación saludable para dar sombra, regular el clima y equilibrar nuestro medioambiente. En sectores no muy lejanos, como Picota, la deforestación en los últimos 15 años ha reducido las lluvias a la mitad de su volumen.
Amanecer Apoteósico
Lucho Benites, Jefe del Parque y ducho en las artes de andar por nuestra selva, nos recuerda que desde que se creó esta área protegida, se ha frenado el avance de las chacras y, en cambio, poco a poco los mismos pobladores ordenan y mejoran sus prácticas, empezando así a proteger los bosques que ahora nos refrescan.
Casi cuatro horas y media después llegamos a Chambirillo, uno de los catorce puestos de control del Parque, situado en la cresta de la Cordillera Azul, y punto más alto de nuestro recorrido. Allí pasamos nuestra primera noche, a 1150 metros de altura. Ya cuando despertamos, entre nubes pudimos apertrecharnos en un mirador construido por los guardaparques. El tono morado del cielo de madrugada empezó a aclararse, dando paso a uno de los amaneceres más espectaculares que he visto en mi vida. Como si sacudiéramos una gran alfombra verde, los cerros saturados de bosque se ondulaban hacia el horizonte, dando paso -hasta donde se perdía la vista- a la lejana llanura amazónica. Bosques sanos y protegidos. Ésta es la Cordillera Azul. Y nos tocaba empezar a bajarla.
Santos, un amigo guardaparque, va adelante, limpiando la trocha con el machete. En los descansos para beber agua fría de las quebradas, nos cuenta que ésta solía ser ruta de transporte para caoba, cedro y otras maderas finas que antiguos pobladores cargaban al hombro en trozos enormes, por "un sencillo". Nos muestra algunos cuartones abandonados, que hoy son testimonio de la nada fácil estrategia implementada en el Parque para la salida pacífica de madereros (ver recuadro). Ocho horas después, llegamos al campamento, a orillas del río Uchpayacu.
Tangana en mano
El tercer día, los guardaparques habían preparado cuatro sólidas balsas de topa o madera balsa. Así empezamos este viaje -como una suerte de remembranza- a los orígenes más básicos del canotaje de aventura.
La quebrada de aguas claras a la que llegamos a refrescarnos el día anterior, era ahora un caudaloso río de aguas turbias con rápidos definitivamente fuertes para quienes empuñábamos por primera vez una tangana (larga vara que ayuda a impulsar las embarcaciones).
Avistamos venados, sachavacas, e incluso un lobo de río (Pteronura brasilensis), especie que no estaba registrada en este sector del Parque hasta la actualidad. La velocidad del río fue disminuyendo, el frío aumentando y, varias tanganas rotas más tarde, llegamos a la boca del Uchpayacu en su punto de confluencia con el Cushabatay.
Especies Nuevas
Al día siguiente, el cuarto, empezamos un nuevo viaje, ahora en peque-peque. El río Cushabatay, bastante más caudaloso que el Uchpayacu, nos llevaría hacia el límite oriental de este sector del Parque. No obstante, la presencia del motor no sería una bendición. Cada corto tramo debíamos bajar a empujar el bote y desencallarlo de los fondos limosos del río. Luego de cuatro horas, llegamos a Pucacurillo y salimos del Parque. Habíamos bajado mil metros desde Chambirillo.
Acampamos en una de las playas más amplias y bonitas que tenía el Cushabatay y aprovechamos para hacer un recuento de la fauna de este parque que, como remarca Álvaro del Campo, Director de operaciones de CIMA (Centro de Conservación, Investigación y Manejo de Áreas Naturales), aportó "más de 30 especies nuevas para la ciencia, en menos de veinte días", según el inventario biológico rápido organizado por el Field Museum de Chicago en el año 2000, cuyos resultados sustentaron la creación del Parque un año después.
Despertamos muy temprano para bajar las aguas del Cushabatay hasta que un golpeteo desordenado nos hizo percatarnos que decenas de huanganas (Tayassu pecari) hurgaban en la hojarasca mostrándonos uno de los principios más básicos del manejo de fauna silvestre: aquél que nos dice que si protegemos un área núcleo como el Parque, ésta prosperará como fuente de recursos para la zona circundante. Finalizando la tarde, llegamos al puesto de control de la boca del río Pauya.
De Niños y Tortugas
Empezó el sexto día. En el puesto, una playa artificial resguardada por mallas metálicas y monitoreada a diario por los guardaparques, albergaba 124 nidos, equivalentes a más de 3 mil huevos de tortugas taricayas (Podocnemis unifilis), recogidos para su protección de las playas de los ríos Cushabatay y Pauya. En una playa similar, en el poblado de Belaúnde -un par de horas río abajo-, más tarde pudimos ver cómo, con ayuda de los guardaparques, los niños de una escuela vieron nacer el fruto de su manejo y cuidado. Una lección práctica y duradera de conservación.
Luego de 114 Km. a pie, en balsa, y peque-peque, terminó esta expedición. Vimos que tras las amenazas que se cernieron sobre el Parque en el pasado, Cordillera Azul ha llegado a sus primeros cinco años con un éxito no siempre tan manifiesto en otros escenarios. Esperamos que así se mantenga.
Combatiendo la tala ilegal en la Cordillera Azul
Cortamonte
Una exitosa estrategia que está dando buenos resultados en esta área natural protegida.
Escribe: Fernando Rubio del Valle
Al margen del desafío de formar un adecuado cuerpo de guardaparques y la logística que esto significa, hay otros elementos a considerar para frenar con éxito la tala ilegal. Pero lo más importante es contar con el apoyo de las comunidades, lo que no es nada fácil si tenemos presente el impacto económico cortoplacista que esta actividad genera. Estamos hablando de plata en mano para gente que no la ve así nomás. Pero también de una economía vinculada a servicios colaterales a la extracción maderera, como la venta de alimentos, bebidas alcohólicas y la prostitución. Incluso, sobre las oportunidades de comisión ("coimisión" suelen llamarle algunos), que usualmente recae en las directivas locales cuando se coluden con los ilegales.
Pero ahí no termina la cosa; en algunos casos la resistencia contra la implementación de esta estrategia proviene de actores que no están siendo afectados, pero que reciben comentarios tendenciosos de los madereros y sus aliados, orientados a generar animadversión contra la conservación y quienes la promueven... "dicen que el Parque es de los gringos; el Presidente se los vendió", ..."una vez que saquen a los madereros, ellos se van a adueñar de todos estos bosques", …"pronto no te van a dejar ni hacer tu chacra, ni pescar, ni cazar un animalito", ..."hasta el agua embotellada nos van a vender, ¿no ves que la tercera guerra mundial va a ser por el agua que guardan nuestras montañas?". Son algunos de los comentarios más frecuentes que los madereros saben deslizar contra los medioambientalistas. Y corren como reguero de pólvora sobre los mil kilómetros de contorno que tiene el Parque.
Así, pues, en la mayoría de los casos, cuando se empieza a implementar una estrategia de salida de madereros, no tarda en manifestarse en las comunidades expresiones de apoyo y complicidad a favor de los ilegales, y en contra de los defensores de la naturaleza, que obviamente hay que saber abordar con un balance de firmeza y tolerancia, de pragmatismo y ordenamiento legal, con sensibilidad social y valentía.
En Cordillera Azul, a pesar de las dificultades señaladas, podemos tener la satisfacción de decir que en el 90 por ciento de la extensión del Parque, donde desde fines del 2001 se ha implementado esta estrategia de salida de madereros, se ha llegado a frenar con total éxito la tala ilegal. Sin embargo, sabemos que el verdadero triunfo no se da en los operativos de "salida de madereros", promovidos sustancialmente del "externo" a las comunidades, sino en procesos que brinden autonomía a las poblaciones y gobiernos locales, para que puedan éstos informar, organizar, supervisar, denunciar y adquiri la confianza suficiente para desenvolverse dentro del marco que la ley les faculta. De todas formas, no debemos ser mezquinos, sino reconocer la gran labor que en este proceso han desempeñado -y en estos momentos lo siguen haciendo en el sector de Aguaytía- los guardaparques oficiales y voluntarios de esta área protegida, y el personal de campo de CIMA, que también se faja codo a codo con ellos.
* Reconocido Ingeniero Forestal
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