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Por primera vez se une Cusco con Cotahuasi
Plegaria en las Alturas


Caminando sobre el techo de los Andes, atravesando seis veces abras sobre los cinco mil metros, recorrimos por primera vez en la historia una carretera que conecta la ciudad del Cusco con el cañón de Cotahuasi. La travesía no estuvo exenta de sobresaltos, pero el tejido cultural de estos pueblecillos y la inquietante geografía de puna hicieron que la experiencia valiera la pena.

Texto: Álvaro Rocha Revilla
Fotos: James Posso


La anciana tenía la cabeza reclinada contra una piedra color ceniza y musitaba algunas palabras que yo no alcanzaba a descifrar. "Está agradeciendo a los cerros por haberlos dejado llegar", me dijo un señor de edad, su esposo, supongo, cuando me vio mirarla atentamente. Habíamos llegado al pequeño pueblo de Chincallape, ubicado en la parte alta del cañón de Cotahuasi en una ruta recién abierta, luego de haber abandonado la ciudad del Cusco dos días antes. Me acerqué a la anciana con la curiosidad de saber qué le estaba diciendo a los cerros.

Tiempo de Viaje
Por alguna razón las campanas estaban repicando en un templo en San Sebastián, en la salida sur de la ciudad del Cusco, y Dios te Salve María, por fin salimos de la capital del Tahuantinsuyo. La partida oficial para esta pequeña expedición de camionetas de doble tracción y un par de motos estaba programada para las ocho de la mañana, y así se hizo en la Plaza de Armas. Pero sólo dos horas después (previo ingreso a un taller), empezamos a tomar distancia del Cusco. 

Pocas nubes rasgaban el cielo, y el sol impuso su presencia mientras transcurríamos como flechas al borde de Huasao (conocido pueblo de brujos), la laguna de Huacarpay plena de totorales, y el olor a pan recién horneado, Llena Eres de Gracia, que nos recibió en Urcos, hasta que llegamos a Sicuani, 147 kilómetros al sur del Cusco. Estaba en el asiento trasero con James Posso, quien renegaba porque Frank Sinatra cantaba Strangers in the Night, y como que no iba con ese día tan claro, ni con los maizales, ni los techos de tejas. Juan Carlos Cáceres, un characato algo loco, en el buen sentido de la palabra, conducía la camioneta (que me atrevería a decir quería tanto como a sus hijos), y el copiloto era Raúl Vizcardo, otro arequipeño buena onda.

En Sicuani nos abastecimos de gasolina y, El Señor es Contigo, tomamos el desvío que nos condujo al oeste, por una carretera que están asfaltando. Fue entonces que nos topamos con el reluciente lago de Languilayo, con las nubes jugueteando en su espejo de agua. Kilómetro a kilómetro nos estábamos internando en el territorio de los vientos celestes y las pampas sin horizontes de la puna. Mientras que por el equipo, Julio Iglesias nos decía que siempre tropezaba con la misma piedra y medio que nos arruinó el asunto místico en que te envuelven estas soledades. Los arequipeños habían hecho una selección musical que, valgan verdades, fue mejorando en la medida en que nos adentrábamos por el altiplano (que comparten Cusco, Puno y Arequipa), al punto que James Posso, que renegaba con cada canción de Frank Sinatra y Julio Iglesias, horas después se puso a cantar a voz en cuello viejos clásicos Pop de los ochenta.

El Olvido está lleno de Memoria
En medio de la nada apareció el pueblo -casi ciudad se podría decir- de Yauri, capital de la provincia de Espinar. Un sitio desangelado, pero muy importante, comercialmente hablando. Allí nos abastecimos de combustible y, por teléfono, nos enteramos de que una de las camionetas había atropellado a una señora, Bendita Tú Eres entre Todas las Mujeres, sin consecuencias, felizmente. Entonces, nuestro vuelo migratorio nos condujo por páramos perfectos, y me hubiera gustado fumar un cigarrillo, si es que fumara; y fue en el lánguido silencio de los altos Andes, que nos tropezamos con una niña, Y Bendito es el Fruto, llevando en sus espaldas una pesada carga de leña, que quién sabe desde dónde la acarreaba, porque no se veía ningún árbol en esas vastas planicies.

Aún "el olvido está lleno de memoria", dice el poeta uruguayo Mario Benedetti. Pensé en eso mientras transitábamos por retiradas comarcas, donde asomó un puente colonial (Machupuente), con las oscuras y frías aguas del río Apurímac corriendo debajo de él. En un instante nos hundimos en una abertura de la tierra; era una especie de reino prohibido, con las impresionantes ruinas de Maukallaqta casi besando el Apurímac, y lisas paredes de granito encima de nosotros robándonos la escasa luz, De tu Vientre, Jesús. Pero, tras una curva, el mundo parece abrirse de nuevo. Teníamos a dos nuevos ríos a la vista (el Cerritambo y el Cayomani), que junto al Apurímac crean Tres Cañones, una sorprendente formación geológica.

Agasajo en Cotahuasi
Arribamos a Caylloma en medio de una oscuridad absoluta y, Santa María Madre de Dios, muchos de los expedicionarios andaban mareados, pegados al balón de oxígeno que les devolvería el color a la cara. Algunos querían quedarse a dormir en Caylloma, otros seguir el viaje hasta la mina Arcata, donde nos esperaba comida caliente y una cama confortable. Decidimos continuar la travesía en medio de un extravío de paisajes que apenas adivinábamos a través de la luz proyectada por los faros delanteros. La nieve caía sin misericordia. Un manto blanco nos rodeaba cuando llegamos a la mina Arcata, a casi 4800 metros de altura. Allí pasamos la noche.

Y si el día anterior estuvimos en la cuenca del Atlántico, saliendo de Mina Arcata, las heladas aguas que discurrían por los bofedales poblados de huayatas, o gansos andinos, se dirigían definitivamente al Océano Pacífico. Erizados bosques de piedra, telúricas montañas vestidas de blanco y grandes lagunas como Huanso, donde se origina el río Cotahuasi, fueron entonces parte del panorama. El resto del día transcurrió, Ruega por Nosotros, sobre los 4700 metros de altura. Las motos iban generalmente adelante, pero una de ellas sufrió un desperfecto y las dejamos relegadas. Perdido entre las montañas, estaba el caserío de Huarcaya, con muchas llamas en los alrededores. 

Fue entonces que iniciamos la parte más difícil y extrema de esta expedición. La nieve estaba al alcance de la mano y el camino pareció disolverse entre las enormes torres de alta tensión que provienen de la hidroeléctrica del Mantaro. Además las motos no llegaban, y hubo que esperarlas en las alturas. Después, mientras la luz se iba tan rápido como aparecían enormes huecos y piedrones en la carretera, descendimos al cañón de Cotahuasi por una ruta "virgen". Un arco nos recibió en el pueblecillo de Chincayllapa. Los pobladores tenían flores en el pelo y un leve destello en sus ojos negros. Fue allí que me encontré con la anciana que musitaba una oración a los cerros y que, aguzando el oído, me percaté que era el Ave María.

Sueños con Camarones
En Churca, Huactapa y Puyca el agasajo fue también generoso: con canciones en quechua, banderas peruanas, y platillos que la gente se las arreglaba para que llegaran a nuestras manos. Era noche cerrada hacía un buen rato cuando armamos las carpas en la parte trasera de una vivienda en Puyca. Me tocó dormir con Elva Yáñez, quién infló un tremendo colchón que me dejó, Los Pecadores, sin mucho espacio de maniobra. Fue una noche fría, demasiado fría.

Al día siguiente, ya estábamos en el pueblo de Cotahuasi, donde pasamos la noche, antes de abandonar definitivamente el cañón más profundo del mundo (3535 metros) y enfrentarnos a los volcanes Solimana y Coropuna. Con sueños de camarones atravesamos Chuquibamba, ingresamos al valle de Majes, y nos decepcionamos en Querulpa, pues descubrimos que este crustáceo estaba en veda. Cuatro días y tres noches después de salir del Cusco, y luego de siete llantas que quedaron en el camino, llegamos a la ciudad de Arequipa, Ahora y en la Hora de Nuestra Muerte, Amén.

AGRADECIMIENTOS:

  • Tracción 4x4 Perú: empresa especializada en rutas de doble tracción. Informes: peru@tracción4x4.com.pe 

  • Eric Adventures: agencia de viajes: Informes: cusco@ericadventures.com

  • PromPerú

  • MINARSA

  • Mina Arcata

  • Municipalidad de Puyca

  • Municipalidad Provincial de La Unión.

      

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