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Periplo andino por Bolivia, Venezuela, Colombia y Ecuador pone en relieve la discriminación social y el difícil encuentro entre indígenas y sociedades nacionales.
Textos y Fotos: Alvaro Rocha Revilla
Tanto ir al aeropuerto y uno ya no se da cuenta, o no se quiere dar cuenta de lo que para los extranjeros es obvio: que los cargadores de maletas y los encargados de la limpieza son de origen andino, que la seguridad y los taxistas son criollos y que, finalmente, los que están detrás de los mostradores o bajan de relucientes camionetas para emprender un largo viaje son, en su inmensa mayoría, blancos. No tan blancos, eso sí, como los relucientes nevados de la Cordillera Real boliviana que preceden nuestra llegada a El Alto, el aeropuerto de La Paz.
No todos somos indios
Reviso las estadísticas y veo una correlación más que interesante: Bolivia tiene la más alta concentración de población indígena en Sudamérica (64 por ciento), y también tiene la tasa más alta de mortalidad infantil. Hacemos una engorrosa cola para poder embarcarnos a Santa Cruz. Los aeropuertos, en lugar de humanizarse, tienden a ser más distantes y fríos, por más hoteles que les hagan. En un instante abandonamos los Andes y volamos sobre una enorme planicie, que antes fuera selva y hoy es una sabana que alberga cultivos de soya y ganadería en gran escala, haciendo de Santa Cruz un emporio económico que le está trayendo más de un dolor de cabeza a Evo Morales, quien tildó recientemente a los empresarios de Santa Cruz como "racistas", por haber alentado un paro.
Los departamentos de Beni, Tarija, Pando y Santa Cruz, forman lo que se llama la "Media Luna", inicialmente una concepción geográfica, pero que ha devenido en política. El oriente boliviano, a diferencia del occidente andino (replegado en sus tradiciones aymaras), es más abierto a influencias extranjeras. Esto es evidente en las amplias avenidas y lujosos escaparates de Santa Cruz, una ciudad que en cincuenta años pasó de 50 mil a un millón y medio de habitantes. Todo el mundo ya se olvidó de su nombre, pero no lo que dijo -como si fuera algo positivo- aquella Miss Bolivia originaria de Santa Cruz: "no crean que en Bolivia todos somos indios".
Músicos
genéticos
Tres horas al Este de Santa Cruz, se estira la Gran Chiquitania, cuya atmósfera histórica fuera recogida en la película La Misión. Su encanto reside en la perfecta combinación entre bellos templos y una activa cultura de talladores y músicos locales, que precisamente le dan vida a los templos. Todas las misiones (San Xavier, Concepción, San Ignacio, San Rafael, San Miguel, Santa Ana y San José de Chiquitos) tienen coro y orquesta.
A mediados del siglo XVIII, los jesuitas, liderados por el padre suizo Martin Schmidt, supieron integrar a los chiquitanos a partir de la música. En 1767, al ser expulsados los jesuitas de América, los franciscanos se hicieron cargo de la Gran Chiquitania. Hubo un retroceso cultural: se prohibieron las misas en chiquitano (lengua en proceso de extinción), y los religiosos abandonaron las misiones para residir en Santa Cruz. Los templos literalmente se caían a pedazos cuando otro jesuita suizo, el arquitecto Hans Roth, inició en 1975 un proceso de restauración que acabó el 2002. A la vez se retomó el talento natural de los chiquitanos para la música y el tallado en madera.
Menos conocido que su homólogo brasileño, el Movimiento Sin Tierra, de Bolivia, está atento a la reforma agraria planteada por Evo Morales. Especialmente en Santa Cruz, donde se ven las mayores haciendas del país. La decadencia de la minería en los ochenta, originó una masiva migración andina a este departamento, que ocupa el 33 por ciento del territorio boliviano. Se esperan novedades.
Chávez y los wayuu
En Maracaibo, Venezuela, una combi con aire acondicionado nos recogió del aeropuerto. En las calles, vemos carros viejos y descascarados, y edificios tapiados o enrejados hasta los pisos superiores. Nos llaman poderosamente la atención.
Nos dirigimos a la comunidad de Alitasia, que fuera visitada por Rómulo Gallegos antes de escribir "Sobre la misma tierra", novela ambientada en los indígenas wayuu, los más numerosos de Venezuela, e incluso de Colombia (300 mil entre ambos países). También se les conoce como guajiros, un término hispano impuesto en el proceso de colonización.
Muchos de los wayuu suelen tener una increíble cantidad de hijos. Conversamos en Alitasia con el antropólogo Nemesio Montiel Fernández, y nos contó que los wayuu son polígamos y politeístas. Su padre tuvo 39 hijos y su abuelo 67.
Los wayuu están organizados en clanes matrilineales y tienen una férrea conciencia de grupo. Mantienen la lengua materna, y de allí deviene la cultura en todas sus manifestaciones. La legislación ayuda a este vigor cultural, pues para acceder al cargo de alcalde, concejal o gobernador, es necesario hablar el wayuu. Son muy cuidadosos con el turismo avasallador, pues "no queremos que nuestros hermanos sean mesoneros de las trasnacionales", nos dice Demecio.
El 29 de marzo de este año, una representación de indígenas wayuu y grupos ambientalistas recorrieron las calles de Caracas protestando porque se ha concesionado la explotación de carbón en su territorio (Sierra de Perijá). Llegaron hasta Palacio de Gobierno, pero el presidente Chávez no los recibió. En esos momentos el comandante almorzaba con Diego Armando Maradona.
La líder wayuu Ángela González se pregunta "¿Adónde vamos a ir, si este pedacito de tierra es lo único que tenemos? ¿Vamos a ir adónde? ¿A la ciudad?... ¿Para andar pidiendo al pueblo y ser despreciados? Chávez dice: maldito el soldado que dispara a su pueblo, y ¿entonces? Aquí va a haber derramamiento de sangre. Los wayuu están dispuestos a morirse por estas tierras".
Musulmanes caribeños
Abandonamos por tierra el estado venezolano de Zulia, e ingresamos al departamento colombiano de La Guajira. Pronto arribamos a Maicao y comprobamos la gran influencia árabe en el caribe colombiano. Allí se encuentra la segunda mezquita más grande de Sudamérica: costó 10 millones de dólares y fue levantada en 1997 por un arquitecto iraquí.
Los árabes -llamados turcos en Colombia- tienen buena relación con la población local. Incluso la comida ya ha sido adaptada, como es el caso del Kipe, una empanada frita que lleva trigo, carne y hierbabuena, y que se vende hasta en forma ambulatoria.
De Maicao pasamos a la mina de carbón de Cerrejón, un monstruo que exporta mil millones de dólares al año, y que representa el 45 por ciento del Producto Bruto Interno de La Guajira. Esta tierra habitada antes por wayuu es ahora una descomunal zanja de cientos de metros, transitada por camiones de 2 millones de dólares. El 27% del personal de vigilancia es wayuu.
Después de dormir en Riohacha, capital de La Guajira, visitamos Uribia, con wayuu reacios a ser fotografiados y mucha pobreza en las calles. Bastante cerca se encuentra Manaure, las salineras más grandes de Sudamérica. Sin embargo, a pesar de las minas de carbón y los yacimientos de sal, los wayuu colombianos parecen estar menos organizados que los venezolanos, y ciertamente tampoco son más ricos.
Colorados y Otavalos
Aunque algunos desinformados la llaman tribu, los colorados (llamados en realidad tsáchila) son un grupo étnico en proceso de aculturación, con las adaptaciones y resistencias que eso plantea. No viven en el Oriente, sino al Oeste de Quito, en una zona subtropical.
Los colorados mantienen un peculiar corte de pelo, alisado hacia adelante en forma puntiaguda, que más parece vanguardista que tradicional. Además, el pelo está untado de achiote (de allí el nombre de colorados). Sin embargo, los jóvenes tsáchilas mantienen el peinado, más no su color rojo, por presión en las escuelas.
Casi todos los viajeros que llegan a Ecuador visitan Otavalo y su famosa feria, al norte de Quito. Y, si bien visten de manera exquisita y tienen trabajos textiles de buena factura, los indígenas de Otavalos son, sobre todo, unos excelentes comerciantes. Los sábados, día de feria, 7 mil puestos ofrecen artesanías, comida y textiles en la plaza de la ciudad y alrededores. Se pueden encontrar incluso artículos de Perú, Bolivia y Guatemala. El 30 por ciento de la población económicamente activa trabaja en artesanía. El mercado, en suma, ayuda a mantener las tradiciones de este pueblo que habla quechua y está orgulloso de su pasado.
De Vuelta al Virreinato
Cuando al investigador peruano Javier Lajo le preguntaron ¿Dónde está el movimiento indígena peruano?, su respuesta fue "El movimiento indígena peruano aún está en Bolivia y Ecuador". Porque, según Lajo, "el movimiento indígena debe ser analizado como un solo proceso en el plano regional andino y no por segmentos".
Es decir, el indigenismo tiende a ser supranacional. Y es un movimiento importante que ya sacó presidentes en Ecuador y Bolivia. En el Perú parecemos no desprendernos del pesado legado de ser el centro del virreinato, y aunque el quechua sea el idioma oficial, éste no se enseña en las escuelas (y no se respeta en el Congreso). Lima le da la espalda a los Andes, y eso se nota desde que uno entra al aeropuerto.
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