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El Perú ha generado y sigue generando una atmósfera, entre real y fantástica, que mantiene vigente la posibilidad de hacer grandes hallazgos arqueológicos, entre los cuales se incluye la romántica eventualidad de encontrar una ciudad perdida. Año tras año, decenas de investigadores encaminan sus pasos hacia remotas montañas, espesas selvas, o arañan la piel del desierto en busca de un poco de historia, fama y, por qué no, tesoros perdidos.
Texto: Alvaro Rocha Revilla
Fotos: Walter Hupiú
Dicen que el verdadero encanto de las ciudades perdidas es que, precisamente, están perdidas. Muchas de ellas (como el Paititi) ni siquiera tienen una realidad concreta, y, sin embargo, se invierte en su búsqueda un gran sacrificio, además de tiempo y dinero. Y aunque hallar una ciudad perdida es más difícil que ganar la lotería, está claro que de todas las cosas extraviadas en la historia no hay nada más seductor que una ciudad.
Detrás de legiones de exploradores anónimos, unos pocos afortunados logran el éxito deseado. Hiram Bingham era consciente de su tremenda fortuna cuando realizo el descubrimiento científico de Machu Picchu el 24 de junio de 1911. "¿Quién podrá creer lo que he encontrado?", apuntó atónito en su diario el historiador y profesor de la universidad de Yale. Después de todo, sólo había pagado un sol para que el niño Pablo Álvarez lo conduzca a los principales edificios de Machu Picchu, entonces cubiertos por la floresta. Un precio ínfimo para recibir a cambio toda la gloria por tal vez el hallazgo más importante de la era moderna.
Cuentos de Machu Picchu
En general, los exploradores y su parafernalia tipo Indiana Jones no son del agrado de los arqueólogos y del ambiente académico. Los consideran poco científicos. Incluso los acusan de saqueadores y huaqueros. Según el periodista Nicolás Asheshov, son en su mayoría celos injustificados. "Los arqueólogos son entrenados para mantener sus narices pegadas al suelo, de preferencia bajo el suelo. Su familiaridad con el detalle práctico hace que los árboles les impidan ver el bosque", señala Asheshov. Lo cierto es que muchas veces, como pasó en Machu Picchu, los exploradores les señalan el camino a los arqueólogos (y, por supuesto, a los guías y operadores turísticos).
Sin embargo, el azar también juega un papel importante en estas arriesgadas empresas. Hiram Bingham (1875-1956) en realidad estaba buscando la legendaria Vilcabamba la Vieja, la última capital de los incas, cuando se topó con Machu Picchu. Vilcabamba tuvo que esperar hasta 1964 para ser redescubierta por Gene Savoy, pero no tiene ni por asomo el brillo de Machu Picchu.
El hallazgo de Bingham ha sido cuestionado por muchos estudiosos. Incluso la historiadora Mariana Mould de Pease sostiene que el estadounidense no es el "descubridor científico", sino apenas un "comunicador científico". Algo injusto para una persona que realizó cuatro expediciones al Cusco entre 1909 y 1915, y que, además de la extraordinaria ciudadela inca, también sacó a la luz una serie de notables complejos arqueológicos como Wiñay Wayna y Phuyuphatamarca. Aunque, como indica el reconocido intelectual Federico Kauffman, hubo gente en el Cusco que ya sabía de la existencia de Machu Picchu, como Albert Giesecke, quien orientó a Bingham. También Agustín Lizárraga había visitado las ruinas en 1902, aunque con el propósito nada santo de buscar y vender tesoros. Pero, como escribió el maestro Luis E. Valcárcel: "Revela estrechez mental restar méritos a quien fue el primero en darse cuenta del gran valor de aquello que descubría...".
Lo que sigue causando controversia es el hecho de que las piezas más sobresalientes de Machu Picchu se encuentren en el Peabody Museum of Natural History de la Universidad de Yale. Y va a ser muy difícil que el Perú las recupere, porque las leyes internacionales no tenían, en la época, las restricciones de ahora.
El Método
En 1839, la civilización maya fue rescatada de las profundidades históricas. Ese año, el joven abogado John L. Stephens y el dibujante Frederic Catherwood se internaron en la selva húmeda de Honduras. Tenían entre manos un manuscrito de 1700 que hablaba de importantes ruinas a orillas del río Conán. Luego de muchas dificultades (incluso ambos fueron a dar a la cárcel), y cuando ya iban a abandonar la búsqueda, hallaron accidentalmente en medio de la espesura vegetal, magníficos palacios, estelas y pirámides. El terreno donde estaban asentados los suntuosos edificios fue comprado por la irrisoria suma de cincuenta dólares.
A fines del siglo XIX, el arqueólogo estadounidense Edward Herbert Thompson, motivado por una crónica del obispo Diego de Landa, quien escribiera en 1566 su "Relación de las cosas de Yucatán", organizó una expedición que tuvo como corolario el descubrimiento -precisamente en la enmarañada selva de Yucatán- de Chichén Itzá, tal vez la ciudad más deslumbrante del imperio maya.
En ambos casos se hizo patente la metodología utilizada para poder llevar las excursiones a buen puerto. La clave está en apoyarse en un documento histórico, poner atención a lo que han escrito los cronistas, y desempolvar viejos documentos en las bibliotecas de los conventos, que resultan ser excelentes fuentes de información. Después, es cuestión de establecer un plan sobre un mapa desplegado, organizar una cuidadosa logística, ser perseverantes ante los inevitables contratiempos, y explorar con la pasión de un soñador. Bingham, no está demás decirlo, estudió cuidadosamente a los cronistas.
El peor error -y que ha llevado infinitos fracasos- es no basarse en la historia y simplemente arriesgar la búsqueda en un espacio geográfico poco investigado, con la presunción de que se va a tener suerte. El voluntarismo es, en estos casos, un muy mal aliado que ha llevado a no pocos al reino de la muerte, antes que a El Dorado. Tampoco bastan las leyendas ni las referencias de los pobladores, generalmente exageradas. La historia es, pues, clave para iniciar empresas de esta envergadura. Y esto lo saben muy bien aquéllos que van en búsqueda de tesoros en galeones hundidos. Éstos revisan cuidadosamente los registros históricos antes de aventurarse en el mar.
Quizás sea el ilustre viajero Alexander von Humboldt (1769-1859) quien mejor define lo que hace falta para este tipo de empresas. Humboldt sugería estudiar la realidad "conservando siempre una visión rigurosa y a la vez exaltada del mundo". Es decir, bienvenida la ciencia, siempre y cuando no excluya el idealismo.
Coordenadas de Éxito
En el Perú no pasa un día en que no haya alguien elaborando proyectos para encontrar ciudades perdidas, templos, mausoleos y "tapados". Mucho más que en China y Turquía, o cualquier otro lugar del planeta, es en el Perú donde se han rescatado invalorables joyas arqueológicas en los últimos años. Como Pajatén en 1963, Vilcabamba La Vieja en 1964, Mamería en 1979, Sipán en 1987, El Brujo en 1989, Caral en 1994, la Laguna de Las Momias en 1997, Cerro Las Cruces el 2001, Shicras y La Penitencia el 2006. Sin contar con una infinidad de sitios arqueológicos que ni siquiera han sido recogidos por la prensa.
Hay dos potenciales áreas en donde se conserva la posibilidad de encontrar restos de civilizaciones perdidas. La más recurrida está al norte del Cusco, que ha sido peinado exhaustivamente por exploradores de todo tipo. Se trata de un espacio geográfico dominado por los nevados de la cordillera de Vilcabamba. Es una zona de intermedio ecológico entre sierra y selva que se depliega entre los ríos Apurímac y Urubamba, en la provincia de La Convención. Allí se levantan Machu Picchu y Choquequirao, las más espléndidas ciudades incas. Además de Vilcabamba La Vieja, último reducto de los incas.
Choquequirao es un ejemplo del olvido y desidia de un país profundamente fracturado, que es incapaz de reconocer su pasada grandeza. A pesar de tenerse noticias de su existencia desde inicios del siglo XVIII, y de haber sido visitada nada menos que por Eugene De Sartiges, Charles Wiener y el mismo Hiram Bingham, la ciudadela era virtualmente desconocida para el grueso de los peruanos hasta hace una década.
Esta parte de la cordillera de Vilcabamba, donde sobresale el nevado Salkantay, es ahora recorrida temporada tras temporada por audaces aventureros en busca de un retazo del glorioso pasado inca. Las expediciones salen de los poblados de Mollepata, Cachora y Huancacalle, y siguen escurridizos senderos incas que cruzan la cordillera por empinados pasos y gélidas lagunas, antes de adelgazar hasta casi perderse en la bravía naturaleza de la selva. El 2002 se estableció el último hallazgo trascendente en la zona: Corihuayarachina, seis kilómetros cuadrados de edificaciones en el cerro Victoria (distrito de Santa Rosa), a 3300 metros de altura. Todavía no está abierta al turismo. Según el escritor británico Peter Frost "Este sitio podría brindar información de la civilización incaica desde el comienzo hasta el final, pues no fue perturbado por el contacto con los europeos... algo sin paralelo".
La magia y el misterio, como un soplo indeleble, siguen recorriendo las cumbres de la cordillera de Vilcabamba y sus faldas que van a dar a las selvas ignotas de La Convención, apenas holladas por los españoles. Es definitivamente uno de los mejores sitios para explorar en el Perú. Como decía Rudyard Kipling: "Algo hay perdido detrás de las montañas. Está perdido y te espera. ¡Ve en su búsqueda!".
Zona Chachapoya
La segunda área con amplias posibilidades de exploración está en los bosques montanos de Amazonas y San Martín, habitado anteriormente por la etnia de los chachapoyas. En 1834, mucho antes del hallazgo de Machu Picchu, el juez de la ciudad de Chachapoyas, Juan Crisóstomo Nieto, fue a dirimir un pleito por límites, y se topó de bruces con la soberbia fortaleza de Kuélap. Personalidades de la talla de Raimondi, Middendorf y Horkheimer visitaron el complejo arqueológico. Los franceses Bandelier y Langlois lo describieron exhaustivamente. Igual que los arqueólogos peruanos Federico Kauffmann y Alfredo Narváez en épocas recientes. Sin embargo, a pesar de los numerosos estudios realizados, esta cultura no llamó nuevamente la atención hasta que en 1963 un grupo de pobladores de Pataz se toparan accidentalmente con el Gran Pajatén.
En 1984, Kauffmann Doig da a conocer los sarcófagos de Karajía, que mostraban una vez más la compleja espiritualidad y refinado arte de los chachapoyas. Al año siguiente, Gene Savoy rebautizó erróneamente como Gran Vilaya a un conjunto diferente de ruinas, entre ellas Cacahuasha. En la década de los noventa, Keith Muscutt se internó en la provincia Mariscal Cáceres de San Martín y detalló una serie de sitios arqueológicos que luego visitó Savoy a inicios de este siglo. Es precisamente en esta zona donde Muscutt ha descubierto recientemente La Penitencia.
Sin duda, esta área va a seguir brindando satisfacciones a exploradores, y mucho trabajo a los arqueólogos. Las cuencas de los ríos Huabayacu, Jelache, Pajatén y Monte Cristo guardan aún más de un secreto bajo la floresta.
No se puede dejar de mencionar, entre las novedades arqueológicas, el rescate cultural que se está realizando en Lambayeque y La Libertad. Los trabajos en Sipán, Chotuna, Batán Grande, El Brujo y Huaca La Luna han permitido que se vea el esplendor de los mochicas en su real dimensión. Los lujosos entierros, el delicado trabajo de sus orfebres y sus notables frisos en alto relieve, han conmocionado al mundo entero y han merecido más de una portada de la revista National Geographic.
Buscando el Paititi
Tan etéreo como El Dorado, el mito del Paititi sigue movilizando expediciones que buscan una supuesta ciudad inca perdida en las profundidades de la selva. Durante la época colonial se la buscó intensamente desde Santa Cruz (Bolivia), Asunción (Paraguay), y, por supuesto, desde el Cusco. El ritmo no ha disminuido; por lo menos hay dos incursiones anuales tratando de conseguir el oro de los incas que se escondería detrás de mohosas paredes.
Lo más asombroso es que muchos creen que se trata de una ciudad viva, con descendientes de los incas morando en sus edificios, y custodiada por shushupes, jaguares y feroces guardianes. El asesinato de Percy Fawcett -en Brasil, 1925- y Bob Nichols -en Perú, 1972-, cuando intentaban llegar al Paititi, no hizo más que aumentar las dimensiones de esta leyenda.
Uno de los más persistentes exploradores fue el arequipeño Carlos Neuenschwander Landa, con veintisiete incursiones que empezaron en la década de 1960. Mostró fotos aéreas de caminos incas y difundió los petroglifos de Pusharo, en Madre de Dios, como si fuera un mapa para llegar al Paititi. Desde entonces, la búsqueda se centró en la meseta de Pantiacolla. En 1975, fotos satelitales tomadas por el Landsatt II sugerían la existencia de pirámides en esa zona. Herbert y Nicole Cartagena sostuvieron haber visto en 1979 a "salvajes gigantes de más de 2 metros de altura" y ruinas de inmensas dimensiones, pero el matrimonio se perdió en la selva y requirió de un helicóptero para salir de la región. Ese mismo año descubrieron, devastada por la floresta, la ciudadela inca de Mamería. Los Cartagena, ahora acompañados del arqueólogo francés Thierry Jamin, siguen buscando el Paititi.
Las expediciones tienden a explorar otras áreas. El historiador argentino Fernando J. Soto Roland considera que la meseta de Pantiacolla sólo fue un corredor, y que el Paititi se hallaría mucho más al este: entre el norte de Bolivia y el extremo oeste de Brasil. Otros no se van tan lejos; el 2006 Gregory Deyermenjian investigó el río Yavero, en la cuenca del Urubamaba. Deyermenjian estudia el área desde hace una década y ya encontró el camino inca que Neuenschwander vio desde el aire, el cual se pierde en la espesura.
Sin embargo, también hay escépticos detractores, entre ellos el historiador cusqueño Víctor Ángles, que desmiente que los incas hayan huido con sus reservas de oro a la selva. "Los incas pensaron que los españoles eran dioses y les entregaron hasta su última pieza de oro. No quedó nada. No hay Paititi".
Aunque se sostenga que la persistencia del mito del Paititi sea producto de la resistencia cultural (un refugio psicológico de los cusqueños para asimilar la derrota), lo cierto es que mientras persista la leyenda y no se reformule, no hay raciocinio que valga. Después de todo, detrás de toda ciudad perdida siempre brilla el oro. Hasta allí dirigen sus botas aventureras los exploradores, con la esperanza de hallar, entre el fango y la maleza, más retazos de historia.
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