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ARTÍCULO EXPEDICIÓN

Mar de Marcona
Siempre al Sur


El litoral de Marcona destaca por Punta San Juan y San Fernando, dos emporios de vida silvestre, y sobre todo por las estupendas playas de extraña belleza que se extienden al sur de este poblado de corazón de hierro.

Texto: Efrén Alcántara
Fotos: Alejandro Tello


Mientras desplegaba mis mapas, Marita Matos, la simpática terramoza que hablaba casi sin mirarme, me ponía al tanto de la peculiar belleza de las playas de Marcona. Al fondo del autobús -en medio de la aliada penumbra- nuestra misteriosa plática nos distanciaba de todos los pasajeros, que se entretenían con alguna película dramática. Yo la escuchaba embelesado. En esos momentos, su mirada (o su recuerdo) viajaba a mil, más allá de todas esas dunas. Superando mi pobre comprensión e imaginación, yo también trataba de acompañarla en su viaje.

Vida en Punta San Juan
Imagino que casi todos los turistas con los que viajé desde Lima, rumbo a Marcona, se quedaron en Nasca, a la espera de algún tour aéreo sobre las pampas y sus mundialmente famosas "líneas". Afortunadamente, esta vez mi itinerario era bastante más innovador y miraba más hacia el sur, hacia esas playas sureñas que evocan rutas de mar y arena, de fauna milagrosa y paisajes de quimera... y todo ello, a la distancia sencilla de un suspiro. Tan cerca que hasta da vértigo. 

De Nasca a San Juan de Marcona (o Marcona, simplemente), hay una hora de viaje. Fue allí, frente al municipio, donde conocí a Alcides Roldán (48) y a Santos "Tataco" Quispe (33), expertos buzos pescadores de la zona. Al día siguiente, trepados en la camioneta 4x4 de "Tataco", emprendimos el recorrido por las playas, desde Punta San Juan (Marcona) hasta la mágica Yanyarina (en el límite de Ica y Arequipa). 

En Punta San Juan, el proyecto estatal Proabonos se encarga del cuidado de la mayor colonia de pingüinos y lobos marinos del Perú. Allí nos esperaba el Dr. Uriel de la Torre, especialista en fauna silvestre, y Ricardo Moreno, guardaisla de Proabonos, quienes guiaron nuestro recorrido en esta Zona Reservada. El acceso a esta reserva de 54 hectáreas es sumamente restringido. Y no es para menos, pues según el último censo (31/10/2006) allí existen 1209 pingüinos de Humboldt (Spheniscus humboldti), 1135 lobos marinos finos (Arctocephalus australis), y 1590 lobos marinos chuscos (Otaria flavescens), además de una considerable y variada cantidad de aves guaneras. Al salir, tengo la impresión de haber conocido un ecosistema bello, aunque sumamente frágil y vulnerable. Es urgente que se siga velando por su recuperación y preservación.

Reto en la Arena
Ya en la ruta de playas, Alcides se empeñaba continuamente en mostrarme diversas formaciones pétreas, que para la imaginería o sentido común asemejan animales (en su mayoría elefantes). Después del quinto o sexto "elefante" ya empezaba yo a saturarme y desviaba mi mirada al paisaje en su conjunto y, en especial, a esas límpidas aguas verdes, azules, turquesas... aguas frías, ricas en peces y mariscos, aguas enigmáticamente bellas. 

"Tataco" es un conductor avezado y experto, incluso para adentrarse en dunas con la doble tracción. El pasado verano, en las famosas competencias de la playa La Lobera (a 3 km. de Marcona), desafió al anterior alcalde de Marcona (y también ex congresista) Ramírez Canchari, a lanzarse con sus camionetas en reversa por el acantilado sobre una gran duna que en ángulo de 60o descendía hasta la misma playa. Bueno, para hacerla corta, tras pensarlo mucho, el político "arrugó", y el pescador -bastante resuelto y confiado- se lanzó en diagonal. La ovación fue total. 

Tras un periplo algo apresurado, pues reservábamos el recorrido minucioso para el siguiente día, me sobrevino una extraña mezcla de alegría y expectación cuando "Tataco" anunció que estábamos entrando a Yanyarina, justo cuando el sol empezaba a pintar de dorado aquel magnífico mar sureño. Eran casi las 5 de la tarde.

Seres de Yanyarina
Hacia nuestra derecha, frente al mar, un hombre maduro -de porte distinguido- fumaba un cigarrillo, mientras pescaba con cordel. Al igual que otras playas de la zona, Yanyarina ostenta grandes formaciones pétreas tanto en su orilla como mar adentro. Bellos y salvajes islotes y rocas a flor de agua ganan protagonismo. Avanzando un poco más, encontramos uno de esos arrecifes en la orilla, sobre el que se erguía una esbelta cruz negra de madera, desde la que tres guanayes (Leucocarbo bougainvillii) nos observaban silenciosamente. Unos treinta metros más adelante, un conjunto de casitas dispuestas en medialuna cautivaron mi vista. Nos detuvimos. 

El sargento de playa, Mario Cueto (46), salió a recibirnos cálidamente. Seguidamente se despidió por un momento, pues iba a tender sus redes. Alcides -fiel a su estilo- se ofreció a acompañarlo en la faena. "Tataco", en cambio, al ver que todo estaba en orden, procedió a retirarse. Nos dejaba en buenas manos. Al poco rato, conocí a otros vecinos del balneario: los esposos Tulio Gómez (53) y Natalia Cabrera (54), doña Sofía Kuan (madre de Tulio), y un amigo de ellos, Carlos Torrejón (56), un comandante policial retirado, al que habíamos visto pescando a la entrada del balneario (con cigarrillo en mano). La generosidad de esta acogedora familia rebasó todas mis expectativas. Incluso nos ofrecieron una de sus habitaciones para poder instalarnos. 

Chuchuhuasi frente al Mar
La extensión de Yanyarina es de aproximadamente 7 Kilómetros. Aunque sus arenas limitan entre Ica y Arequipa, el balneario está ubicado dentro de la jurisdicción del distrito arequipeño de Acarí. Es la única playa habitada de nuestro recorrido. Es sabido que en verano llegan visitantes de diversos lugares (Nasca, Marcona, Arequipa, Lima, etc.) que pueden disfrutar de uno de los paisajes naturales más sobrecogedores de esta zona costera, del trato alegre y hospitalario de sus habitantes, y de los espléndidos potajes del lugar, como el "pollo al cilindro", el "tallarín de arañas" (no los arácnidos, obviamente, sino los crustáceos marinos, parientes de los cangrejos), entre otros. 

Esa noche, nuestros anfitriones nos ofrecieron una cena exquisita: corvina frita con ensalada de verduras. Era como para no creerlo. Alrededor de la mesa se armó una tertulia cautivadora. El centro de atención era Alcides -no podía ser otro- y sus relatos fantásticos. Recuerdo que en algún momento don Carlos puso sobre la mesa una botella de "chuchuhuasi", agradable aunque "trepador" licor selvático. Me dicen que es afrodisíaco; no lo constaté, pero después de la cuarta (¿o quinta?) ronda me empezó a vencer el sueño y me fui a dormir. 

Naufragio en Tres Hermanas
A la mañana siguiente, teníamos que desandar el camino. Mario nos acercó en su vieja camioneta a la playa más próxima: Punta Tres Hermanas, hábitat común de lobos marinos chuscos y de diversas aves guaneras. Su nombre obedece a una antigua leyenda de tres hermanas que tras una decepción amorosa murieron ahogadas en ese espléndido mar, convirtiéndose en las tres islas que están frente a la costa. Preciosos, realmente preciosos parajes, colmados de cuevas, túneles y arcos naturales. Ya saliendo, Alcides me mostró un trozo mediano de caucho, producto del naufragio de un barco carguero en 1963. Aún recuerda el evento, y con lujo de detalles.

Siguiendo la ruta de regreso por las playas, llegamos a la Ensenada Tres Hermanas. Me impresiona que Alcides conozca de memoria las divisiones internas de ésta y de las siguientes playas. Punta Colorada es la siguiente en los mapas; lleva el nombre por una especie de monte truncado de color rojizo que está frente a su costa. Continuando siempre hacia el Norte, está la Ensenada Chiquerío, (compuesta también por algunas playitas menores), Punta Chiquerío, y luego la popular playa La Lobera, una de las favoritas para acampar.

Elefantes y Tortugas
Pronto surge a nuestra vista Barranquito, con sus pequeños pocitos rodeados de arrecifes, y un poco más allá, Punta El Cenicero, de acantilados negruzcos, debido a una fuerte veta de carbón en piedra. Vamos llegando poco a poco a un lugar de interés general, la playa Los Leones, donde las formaciones rocosas son descomunales y caprichosas. No doy crédito a mis ojos cuando tengo frente a mí a un verdadero "elefante" de piedra, que hunde su trompa en el mar. Alcides Roldán me cuenta que frente a esta "trompa" hay un galeón hundido desde hace varios siglos, cuyos restos se siguen extrayendo. Varios cientos de metros mar adentro, contemplamos también la famosa "tortuga", atestada de aves guaneras. 

Ya casi para terminar, visitamos una apacible playita, aunque el nombre, La Conchita del Diablo, podría indicar lo contrario. Es una pequeña ensenada en la que los niños -como los de Alcides- aprenden a nadar. Dicho sea de paso, también me hablaba Alcides constantemente de la figura pétrea de un "mamut" que su hijito Yerson Jack había "descubierto", y me rogó que lo mencione en mi artículo. Jamás mencionaré un dato tan poco trascendente como ése. Jamás. Las siguientes playas (Pingüinos, Acapulco y La Herradura) son también lindas, aunque no reciben tantos visitantes como La Lobera, Tres Hermanas o Yanyarina.

Plegarias de Corazón 
Cuando teníamos 14 Km. de caminata, llegamos al pequeño cementerio de Marcona, e ingresamos silenciosamente para visitar la tumba de un hijito suyo, fallecido con sólo tres meses de edad. Delante del humilde nicho me sentí conmovido e intenté callado una plegaria. Mi amigo, en cambio, oró con expresiones de cariño paternal. Y no sé, pero pienso -y creo- que allá donde ese pequeño se encuentre ahora, tal vez se deleite jugueteando con elefantes, tortugas o mamuts de piedra y de arena. Tal vez. En fin, la visita fue breve, pues empezaba a oscurecer y debíamos seguir caminando. Media hora después, Alcides Roldán y yo ingresábamos al centro de la ciudad de Marcona. Eran las 6 de la tarde y mi corazón seguía -y aún hoy sigue- navegando a la deriva por esos mares del sur querido, y la verdad es que no pretendo rescatarlo.


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