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Venezuela
Roraima, mi hogar bajo las nubes
En un extremo diminuto de Venezuela hay una tierra vestida de niebla llamada Tepuis. Uno de los sitios más altos se llama Roraima (2880 m.), donde se da el encuentro con Guyana y Brasil. Los tepuis son enormes mesetas que emergen sobre la selva tropical: en Roraima uno camina encima de brillantes cristales y duerme encima de las nubes. ¿Qué más?
Texto y Fotos: Jenny Chua
Salí del aeropuerto de Caracas y me recibió un clima muy cálido. Luego de chequear las aerolíneas locales una por una, escogí la más barata de todas y viajé directamente hasta Puerto Ordaz, el aeropuerto más cercano a Santa Elena de Uairen, punto de partida para todos los trekkers. La ruta desde Puerto Ordaz hasta Uairen toma siete horas en dirección hacia el Parque Nacional Canaima, donde por algún lado se encontraba Roraima. (Ninguna de las personas que viajaba en el avión, y luego en el bus, parecía extranjera, por eso me sentía algo sola, hasta que finalmente encontré a otros mochileros). La noche caía ya, así que tuve que alojarme en un hostal, y dejar la búsqueda de un grupo de trekking para el día siguiente.
Ofrenda a la Tierra
Al día siguiente me dirigí a las agencias de viajes de la Avenida Mariscal Sucre y descubrí que los treks a Roraima no salían todos los días. Me anotaron, entonces, en un grupo que estaba a punto de salir. Luego de un pequeño regateo, trepé rápidamente en el jeep y, de pronto, ya estaba de salida. Todos hacían amistad casi de inmediato. En nuestro grupo había dos solteros británicos y una pareja adulta de este mismo país, una pareja de vascos, una joven holandesa y un italiano muy simpático. La carretera estaba sin asfaltar, el cielo tenía un bello azul brillante, el verde del camino era fresco y vibrante. Estaba feliz de reencontrarme con la naturaleza. Todos empezaron a hacer bromas, anticipando lo que vendría en nuestro trekking de seis días, el más largo que cualquiera de nosotros hubiera hecho nunca.
No debimos preocuparnos tanto, en realidad. Nos guiaba Jaime, un sabio hechicero y su hijo Miguel, de nueve años, que a menudo encabezaba al grupo (era su sétimo viaje). Antes de partir hicimos una ofrenda a la Pachamama, un ritual obligatorio para todo viajero por allí. Roraima, y su colosal cima de sesenta kilómetros cuadrados, se divisaba a lo lejos. Nuestro primer campamento estuvo al lado del lecho de un río, el primero de muchos baños y pozas naturales que encontraríamos en el camino. Mientras nos bañábamos, nuestra cena se estaba cocinando y olía maravilloso.
Jacuzzi natural
El segundo día, Jaime explicaba acerca de las diferentes plantas medicinales que podríamos utilizar en la eventualidad de alguna fiebre, resfrío o dolor de cabeza (algo que nunca ocurrió). Caminamos entre planicies, cerros empinados y pasamos delante de una iglesia antes de llegar a la base del Roraima, donde acampamos.
El tercero e infame día de ascenso fue espectacular. Subimos por la falda del Roraima y pasamos bajo caídas de agua como leves duchas de lluvia. Luego de ir por laderas de piedras y rocas sueltas, fui la última en llegar a la cima. Los rostros familiares de mis amigos me felicitaron y me recibió lo desconocido. Había un aire de misterio en la delgada manta de nubes reclinada contra las negras formaciones rocosas.
Como en cualquier viaje hacia lo desconocido, necesitábamos de un experto, y Jaime nos guió hacia lugares que nos dejaban sin aliento durante los dos días y medio de nuestra vida sobre las nubes. Armamos nuestras carpas y quedaron protegidas por formaciones que parecían cuevas. Eran una versión en miniatura de las cuevas de Cappadoccia, en Turquía. Poco después de instalarnos, Miguel nos condujo a tomar un baño jacuzzi de agua helada y cristalina en una poza que tenía una alfombra de cuarzo como lecho. ¡Bastó un rápido remojón para refrescarnos y también congelarnos!
Perdida en la niebla
Ya nos estábamos secando, cuando vimos a otro grupo integrado por una familia y su guía, los que se unieron a nosotros por un momento. Yo estaba detrás tomando fotos, admirando el contraste de sus pequeñas figuras con aquel sitio, llamado El Abismo. Había centenas de formaciones rocosas interesantísimas, diseños naturales y flora. Me detuve varias veces y perdí de vista al grupo. Me apresuré, entonces, para alcanzarlos en la dirección que pensaba habían tomado y empecé a llamarlos sin obtener respuesta. Miré hacia atrás y pude ver que la niebla venía hacia mí a no mucha distancia. Yo sabía que en pocos minutos todo estaría cubierto de blanco. Fue entonces que me detuve. Me detuve y comencé a orar. Pasaron cinco, diez minutos y abrí los ojos por un momento para ver la niebla que proseguía avanzando. Y fue entonces que escuché el lánguido silbido de Miguel. Comencé a reconocer su pequeña figura, en la dirección exactamente opuesta de aquella que yo había tomado para alcanzar al grupo, y me dirigí lo más rápido que pude para reunirme con todos. Dentro de mí, me prometí no arriesgarme más por tan sólo una foto.
Reencontré al grupo en La Ventana, y noté que no habían reparado en que me había perdido por un rato, perdidos ellos mismos en la belleza del paisaje. Se habían posado en una peña enorme y rectangular, donde cabía toda una familia y mucho más. La mitad de esta peña estaba anclada en el borde de Roraima y la otra mitad colgaba de la nada. Tomamos coraje y nos estiramos para mirar hacia abajo de La Ventana. Estaba formada por el encuentro de tres peñas; la tercera de ellas se encontraba en posición vertical y parecía que podía caer desde esos dos mil ochocientos ochenta metros en cualquier momento. Pero, ya el sol se ponía y comenzamos entonces nuestra caminata de una hora de regreso al campamento, mientras que la arena rosada y el brillo de cristales se extendía delante de nosotros.
La Hora Mágica
El día siguiente se llenó también de descubrimientos de cosas nunca vistas. Fuimos a una tierra plana que me hacía parecer que estaba en la luna, o en el set de un capítulo de "Viaje a las Estrellas". El italiano y el británico empezaron a meditar. Su canto budista sonaba claramente, instalándose una atmósfera relajante que nos alcanzaba a donde fuéramos. Una vez que hubimos descansado, nuestro grupo se dirigió hacia un cañón de afilados bordes, donde ubicamos nidos de ruiseñores protegidos entre las hendiduras del cañón. La última expedición de aquel día fue a una cueva. Cada destino allí en la cima era novedoso y diferente a los demás.
Desperté cuando aún era oscuro al día siguiente. La Ventana me había impresionado mucho y decidí hacer un viaje por mi cuenta al amanecer, con la mitad del grupo. Algo que mi maestra me dijo alguna vez se me había quedado grabado: "Las grandes fotos son producto de un esfuerzo adicional". A la distancia, vimos al sol elevarse en el horizonte al final del tepuis. Corrimos lo más rápido que pudimos antes que "la hora mágica", como mi tío Patrick la llamaba, culminara.
Era nuestro último día en la cima de los tepuis y Jaime todavía tenía una sorpresa bajo la manga. Nos propuso un viaje al punto más alto de Roraima. Llegamos adoloridos y exhaustos, pero con la mirada más limpia que en un montón de tiempo.
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