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Desde el 2003, sucesivas expediciones franco-peruanas han dejado al descubierto una hermosa serie de cavernas espeleológicamente vírgenes, con hermosas series calcáreas del jurásico.
Texto: Sonia Bermúdez Lozano (*)
Fotos: GSBM
Oscuridad total y mucho frío, las paredes estaban humedecidas por las lluvias que caían por las grietas desde la superficie. Sólo nos alumbraba la pequeña flama de nuestras linternas de carburo.
Estábamos bajo tierra en Chaquil. Ingresamos a esta caverna por un agujero de unos 2 metros de diámetro, que se ensanchó hasta los 15 metros mientras descendíamos. En cambio, otras de las cuevas por donde habían bajado nuestros compañeros de la expedición, llegaban a tener más de 200 metros de diámetro.
Otro mundo
El ingreso a las cuevas y cavernas dependía del grado de acceso al lugar. En algunas, nos introducíamos por resbaladizas paredes verticales, sostenidos por cuerdas atadas a inmensos troncos de árboles. En otras, era deslizarse por estrechos corredores que llegaban hasta grandes salas que terminaban en ríos y lagos subterráneos. Algunas de las cuevas tenían densos abismos que había que bajar, pero siempre atentos a los sonidos y ruidos al interior de estas cavidades.
Luz y sombra
Luego de sortear el ambiente gélido y el temor, los equipos seguían la corriente de aire, valioso hilo conductor que anunciaba sorpresivos descubrimientos. En una de las cuevas, como uno de los equipos vio el pasaje obstruido por grandes bloques de piedra, pasaron rampeando por un reducido espacio tumbados en el piso y con el techo pegado en la espalda. Finalmente, después de mucho esfuerzo, arribaron a un lago con pequeños desniveles, alimentado por fuertes chorros de agua y, por último, reposaron en una espaciosa sala subterránea. Mientras que en la superficie, 96 metros más arriba, el resto de expedicionarios trabajaba al aire libre y bajo un sol esplendoroso.
Fósiles milenarios
Chaquil, Soloco, Vaca Negra, Parjusha son los nombres de algunas de las cavernas y cuevas que forman una red subterránea bajo tierras de Chachapoyas, en la región Amazonas. Se cree que tan solo en el macizo de Soloco la red de galerías subterráneas sobrepasaria ampliamente los 10 kilómetros de extensión. El grupo que se reunió para investigar y topografiar la zona durante tres semanas, estuvo integrado por 14 personas (3 peruanos y 11 franceses) de los grupos ECA (Espeleo Club Andino) y el GSMB (Grupo Espeleológico Bagnols Marcoule) encabezado por el hidrólogo Jean-Loup Guyot.
Fue en Chaquil donde se encontró el esqueleto completo de un animal, que según investigaciones posteriores serían parte de un carnívoro. Tal vez un gran oso de anteojos (familia Ursidae), que habitó nuestro continente hace 60 mil años. Esto es de un gran valor científico, pues la historia de los Ursidos en América del Sur es poco conocida.
Restos chachapoyas
En la región de Soloco, lugar donde se concentran estos sistemas subterráneos, encontramos algunos restos de cerámica y restos óseos, posiblemente de la población prehispánica perteneciente a la tradición chachapoya. Los chachapoyas levantaron una importante civilización que perduró desde 800 d.C. a 1470 d.C. aproximadamente, fecha en que el Inca Túpac Yupanqui conquistó y colonizó esta región.
Toda esta investigación la realizamos con ropa y material especializado, con equipo técnico, y acompañados de personas con mucha experiencia en el campo de la espeleología. Exploramos cada lugar cuidándonos mucho de no dañar el entorno; pues son lugares extremadamente sensibles a la presencia humana.
Temas pendientes
Falta por conocer muchos temas, como la distribución y niveles de agua en cada río y laguna subterránea, la importancia de los restos arqueológicos de la zona externa de Chaquil, y la relación que tenía la etnia de los chachapoyas con el mundo subterráneo. Pero fundamentalmente falta establecer la potencialidad de estos recursos naturales para ser aprovechados por las comunidades campesinas, que finalmente son las encargadas de
preservarlo.
(*)Informes:
eca_peru@yahoo.com.mx/sonyalbl@yahoo.com.mx
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