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Ciertamente, sin la tecnología para sumergirse que existe ahora, Darwin no pudo observar la vida que transcurría debajo de la superficie. Hoy en día uno se zambulle y bucea quedando a un palmo de las fabulosas criaturas de las Galápagos como hizo Jenny, audaz periodista filipina que navegó ocho días por el principal destino turístico de Ecuador.
Texto y Fotos: Jenny Chua
Las olas golpeaban al zodiac mientras nos poníamos nuestro equipo de buceo, listos para dejarnos caer en el mar abierto. Carlos, nuestro guía naturalista clase III, nos contaba sobre los mejores lugares para observar vida salvaje submarina. A la cuenta de tres todos nos tumbamos hacia atrás al agua y empezamos a nadar contra la corriente. Carlos tenía razón, de inmediato nos topamos con tiburones oceánicos, que aman la corriente. Los perseguimos a fin de estar lo más cerca posible, pero sin tocarlos. Aparte de que está prohibido, nadan demasiado rápido. La corriente nos llevó lejos de los magníficos tiburones y debimos luchar para regresar dos veces más, a fin de verlos de nuevo. En medio de esos esfuerzos, nos topamos con tres tortugas marinas, dos de las cuales se apareaban bajo el agua.
Bailando con leones
Es sorprendente ver cómo los animales que ayudaron a Darwin a desarrollar su teoría de la evolución, pueden todavía apreciarse tal y como eran en la época en que el científico puso sus pies en las islas, hace 176 años. El hombre que diera tanto prestigio a las Galápagos tenía un profundo interés por los animales y era un observador agudo. "Un día, tomando muestras de una antigua corteza, vi dos raros escarabajos y tomé a uno con la mano; entonces noté a un tercero y de otro tipo nuevo que no podía darme el lujo de perder, así que metí al que tenía en la mano derecha a la boca. El bicho, entonces, expulsó un fluido intensamente acre en mi lengua, por lo que me vi obligado a escupirlo, con lo que lo perdí, así como al tercero" (Autobiografía 62).
Mientras los leones marinos se arrojaban de atrás hacia adelante, empezamos a botar burbujas a través de nuestras máscaras y éstos, de inmediato, empezaron a acercarse hacia nosotros. Era un truco que Carlos nos había enseñado. Yo me puse a hacer acrobacias submarinas tales como caídas y picadas, lo que me permitió ver que se ponían a imitarme. Puesto que éste era un encuentro más de varios con los leones marinos durante el viaje, nadamos para ver la vida que colgaba de las rocas en la bahía de Santa Fe. Las iguanas marinas tomaban el sol como estatuas, mientras los pájaros volaban sobre sus cabezas.
Espectáculo inolvidable
De pronto, Kevin, nuestro chofer de zodiac de brillantes ojos verdes, empezó a llamarnos: "Vengan, voy a llevarlos, allí hay...blurb blub!". El agua salpicaba contra mi oído. Le respondí: "¡No, ya hemos visto bastantes tortugas marinas!". Pero él insistía y varios trepamos de nuevo al zodiac mientras nos llevaba a aquel punto negro en medio de las aguas turquesas. Ahora, de nuevo entusiasta, nadé impulsándome con las aletas para hacer la última irrupción marina. Una vez que estuve en el agua, fui recibida por cuarenta rayas águila que planeaban simultáneamente, prácticamente volando bajo el agua. Muy lentamente, calmada y afortunadamente, fuimos capaces de nadar con ellas sin mucho esfuerzo durante quince minutos. Estábamos a cerca de cincuenta pies, el fondo era muy claro y la arena muy blanca. Las rayas águila colmaban nuestra visión del océano de abajo hacia arriba, y tan lejos como podíamos ver. De mala gana terminamos este encuentro cuando Kevin nos dijo que nos estaban llamando para volver al yate.
El milagro de Galápagos tiene que ver con su magnífica ubicación. Y es que estas pequeñas islas se encuentran justo donde tres corrientes marinas convergen. Son cortesía de la helada corriente marina de Humboldt los animales antárticos, como los pingüinos y las focas que comparten espacio con leones de mar amantes del sol de California y traídos por la cálida corriente de Panamá, desde el norte. La corriente de Humboldt también trae el krill, que alimenta a las ballenas migrantes desde agosto hasta octubre. La corriente de Cromwell, un fenómeno marino rebelde que va en dirección opuesta de las corrientes de la superficie, provee a los pingüinos de las Galápagos con sus peces. Y también, irregularmente, aparece la corriente del Niño, irrumpiendo entre las provisiones de alimentos, probando además que, incluso para las criaturas marinas, la vida será siempre sorprendente.
Uno de los espectáculos más inolvidables ha sido ver a los animales en acción bajo el agua. Dos veces vimos a un experimentado león marino sumergiéndose directo hasta nuestro nivel, a 100 pies de la superficie. Otra visión, demasiado rápida para ser captada por la cámara, fue la de un "boobie" (ave marina de la familia Sulidae, género Sula) sumergiéndose en medio de una mancha de peces, con la cabeza estirada hacia adelante, mientras los peces salían de su camino, formando un círculo alrededor del "boobie", y éste se asentaba luego al fondo del mar por cerca de 30 segundos, con su presa entre la boca, antes de propulsarse hacia la superficie de nuevo.
Visión de primera fila
Para la gente de mar que puede pasarla bien con los arrullos rocosos del Océano Pacífico y un bote de cuartos apretados para dieciséis personas (echándose a sus camas apenas abierta la puerta), la mejor manera de descubrir las islas Galápagos es yendo en yate, puesto que permite ver el fenómeno de la luna naranja naciendo del agua, avistar las estrellas desde cubierta mientras el bote navega las noches marinas y se hacen amistades con la poca gente que convive a bordo con uno.
Una opción más cómoda puede ser la de usar grandes botes o quedarse en el confort de tierra y recorrer el lugar en caminatas diurnas, sumergiéndose y buceando a gusto, lo que asimismo saldrá más barato.
Las aguas azul turquesa de Galápagos mantienen su promesa de acercarnos a una fauna marina amistosa de enorme diversidad, cantidad y de gran tamaño, tal como las de tierra.
Pero descubrí que ocurría mucho más allí. Aquello le da a uno una visión de primera fila del ciclo completo de la vida en los pocos días que uno permanece. Desde escenas de cortejo, hasta apareamientos, relaciones de madre e hijos, e inevitablemente, muerte y descomposición. Las islas Galápagos son, sin duda, un gran laboratorio de la vida.
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