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Camino a los majestuosos sarcófagos de Karajía

Desde el filo de un farallón de roca calcárea, los sarcófagos de Karajía siguen sorprendiendo a turistas extranjeros y visitantes peruanos con sus perpetuas vigilias a la quebrada de Solmal, en la región Amazonas.

Por : Iván Reyna Ramos

Amanecer en el  hospedaje Tambo Sapalanchan de Lámud es una delicia de campiña. Doña Nora Neuman Cabrera nos ofrece un celestial desayuno con queso fresco, panes y cafecito en su punto. El recorrido nos lleva ahora por Luya, luego Cohechán, se sigue por Chocta y se llega en aproximadamente hora y media al anexo de San Miguel de Cruzpata, distrito de Trita, provincia de Luya. De aquí empieza la caminata de unos 30 minutos hasta llegar a los Sarcófago.

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La población de Cruzpata es amable, ofrece artesanía preparada con sus propias manos y con mucha inspiración. Pero también se han agrupado para ofrecer servicios de cabalgata en caballo. Se puede encontrar a Nelly Reyna Vela, Asunciona Mendoza Chuquizuta, Gladys Arista Mendoza, Sarita Ventura Chuquizuta, Yuri Tomanguilla Cueva, y otros 20 pobladores más quienes tienen listos sus caballos para trasladarlo hasta un paraje cercano del sitio arqueológico.

Los pobladores -en su lengua natal- llaman a los sarcófagos “Purunmachos” que se puede traducir como “padre viejo” o “difuntos antiguos”. Es decir, aquí se habrían sepultado probablemente a los máximos jefes étnicos. Y el nombre de Karajía se debe –según el guía que nos acompaña, Manuel Abanto Zegarra- a la voz onomatopéyica (ca-ra-ra), el canto de un ave que vive en estas montañas.

Fue en 1984, que gracias a los miembros del Club Andino Peruano, el arqueólogo Federico Kauffmann Doig con ayuda del guía local Carlos Torres Mas, lograron escalar 24 metros de pared rocosa vertical, con la cual lograron llegar a la gruta donde se encontraban los sarcófagos en un farallón que se alza con unos 200 metros de altura, en la margen derecha de la quebrada de Solmal.

En el sitio se encontró un grupo de siete sarcófagos. Dicen que el tercero desapareció posiblemente con un derrumbe ocurrido con el sismo de 1928. Al desplomarse abrió forados a los del costado. Este hecho permitió saber que en el interior se encontraba una momia, sentada sobre un pellejo y envuelta en telas mortuorias. Objetos de cerámica y ofrendas acompañaban al difunto.

Los sarcófagos presentan la presencia de narices sobresalientes que dan la impresión de que se tratara de picos de aves de rapiña, al igual que las mandíbulas son más prominentes que lo normal. Como los sarcófagos eran estructuras huecas, tenían en su interior el suficiente espacio para albergar a un muerto, que previamente debía ser momificado y sentado en posición fetal, además de ser arropado con diversos mantos típicos del pueblo. Originalmente, todos los sarcófagos de Karajía lucían sobre sus cabezas un cráneo ritual que les confería majestad.

En ese mismo año de 1984, el hallazgo fue reportado al mundo luego de las investigaciones de Kauffmann, causando de inmediato gran expectativa en la comunidad arqueológica. Dice el destacado científico, que se trata de rituales mortuorios de la cultura Chachapoyas y fueron elaborados alrededor del año 1400 después de Cristo.

Hoy, se han acondicionado una ruta interesante que conduce a los pies del farallón desde donde se puede ver en lo alto a los extraordinarios sarcófagos. Lo recomendable es llevar unos binoculares para apreciar los detalles en toda su dimensión.

El panorama es alucinante. Los sarcófagos se encuentran suspendidos de cara al abismo como si estuvieran vigilando el desarrollo de la vida del valle. Las grutas en que se depositaron los sarcófagos fueron excavados por los Chachapoyas. No se trataba de proteger contra los buscadores de tesoros, porque en el antiguo Perú había un profundo respeto por los difuntos, tanto que ni siquiera sus pertenencias debían ser tocadas, pues, tenían la creencia, que el profanador podría sufrir la parálisis de alguno de sus miembros o producirle la muerte por venganza del difunto.

El hecho de recurrir a lo alto de los precipicios debió ser inducido por el deseo de protegerlos de las furias del tiempo. Ciertamente, al asomar a la roca calcárea del barranco de Karajía, no se ve que crece vegetación en el sitio, de manera que no concentra humedad que atente contra la conservación. Sin duda los Chachapoyas eran grandes escaladores, arquitectos, tejedores y conservadores.

Pero los de Karajía no son los únicos. El paleontólogo Klaus Hönninger Mitrani, quien realizó trabajos de investigación en la zona, ha reportado 270 cementerios. De manera que hay sarcófagos en Solmal, Yambata, Chipurik, Lic y Tingorbamba. Pero los de Karajía son los mejor conservados.

Por ser un extraordinario patrimonio, el mismo Banco Central de Reserva del Perú ha emitió la moneda de un sol en el que se muestra en el reverso, uno de los sarcófagos de Karajía, rindiendo un homenaje a la cultura Chachapoyas. Reconocimiento a esta tierra del cacique Juan Antonio Oc Soplín, sus historias, su gente, sus paisajes siempre excepcionales. Buen viaje.

En rumbo: 

¿Cómo llegar? La agencia de viaje Cloud Forest Expeditions le lleva a Karajía. El pago por el ingreso al sitio arqueológico es de 5 soles. Se recomienda llevar agua, repelente, bloqueador solar, bastón, lentes oscuros, sombrero para protegerse del sol, ropa ligera y un binocular para apreciar la majestuosidad de los sarcófagos.

¿Dónde hospedarse? El hotel Tambo Sapalanchan (a 5 minutos del pueblo de Lámud) cuenta con 10 habitaciones.

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Redacción Rumbos

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