Un equipo de Rumbos recorrió la Ruta Turística del Ausangate, una propuesta innovadora en la provincia de Quispicanchi (Cusco) que armoniza la belleza del paisaje con la riqueza cultural de las comunidades campesinas. Descubre con nosotros los encantos de este prometedor destino vivencial, impulsado y promovido por la Asociación Jesús Obrero (CCAIJO), el Gobierno Regional del Cusco y la Gerencia Regional de Comercio Exterior y Turismo (Gercetur)
Por Rolly Valdivia Chávez
Sé lo que se cuenta de ti. Te conozco, nos conocemos desde hace mucho. He andado por tus caminos de altura y he sentido el rigor de tus lluvias, granizadas y nevadas. “Está molesto. Hay que darle su coquita para que se calme”, me advirtieron unos arrieros en la mañana en la que te rendían tributo con las hojitas sagradas. Ellos también te ofrecieron traguito y un montón de golosinas.

Lo recuerdo muy bien, lo recuerdo siempre, lo recuerdo ahora que vuelvo a verte y a admirarte como aquella vez, como tantas otras veces. Te miro con respeto y alzo mis brazos hacia el cielo en señal de saludo, mientras te pido que me cuides, me acompañes y me guíes en la ruta turística que lleva tu nombre, nevado Ausangate, el Apu sagrado que gobierna, que domina, que protege a los cusqueños.
Eso es lo que haces y lo que dicen de ti desde tiempos inmemoriales. No es lo único. Cuentan los mitos que fuiste un hombre como cualquier otro; pero, tu vida cambiaría cuando una sequía “sembró” el hambre y la pobreza en el Cusco; entonces, con Salkantay, tu hermano, acordaron partir hacia parajes extraños con el objetivo de buscar alimentos para salvar a tu gente… ¡a tu pueblo!
Salkantay viajó al norte donde sería seducido por el verdor de la naciente Amazonía. Tú partiste al sur, al Altiplano, desde allí enviarías papas y deliciosas carnes de camélidos. Cuando la lluvia volvió a regar los valles saciando la sed de la Mamapacha, los hermanos dejarían de ser simples mortales. Ambos se convertirían en montañas, en nevados, en los Apus del “ombligo del mundo”.
Ya vez, no mentía. Sé lo que cuentan de ti y, aunque te conozco desde hace mucho, vuelvo a tus dominios para crear nuevos recuerdos. Por estoy en Cuyuni, escuchando las palabras en quechua de los comuneros que me dan la bienvenida a la Ruta Turística del Ausangate en una mañana despejada, esplendorosa y sin indicios de lluvia. Hoy tu grandeza hermosea el horizonte.
Un día en comunidad




Banderas al viento. Música de quenas y tinyas. Chullos, ponchos y floreadas polleras multicolores. Expectativa, inquietud y muchas sonrisas en un abra vestida de fiesta a 4185 m s. n. m. y a 65 km al sureste del Cusco. Aquí, al lado de una carretera que llega hasta el Atlántico, me reciben los hombres y mujeres de la comunidad campesina de Cuyuni (distrito de Ccatcca, provincia Quispicanchi).
Siempre es así. En el abra, donde unas letras enormes forman el nombre del distrito, los comuneros reciben a los viajeros que llegan tempranito para explorar y descubrir la Ruta Turística del Ausangate, una propuesta rural y vivencial que entrelaza la impactante geografía andina con la cultura, las tradiciones y los saberes de un pueblo de raíces ancestrales.
Esa es la esencia de una aventura que va más allá de la contemplación de tus 6384 m de altitud. Esa es la razón por la que cada paso, visión y parada es un recuerdo y un aprendizaje. Y es que no hay forma de olvidar la cálida recepción, el sonido del pututo, el tributo a las montañas, el inspirador encuentro con las mujeres que tejen o trenzan las gruesas sogas que les colocan a las llamas macho.

Llamas cargueras. Llamas rebeldes que se escapan de las recuas y que los arrieros encaminan lanzándole piedras. Ellos son unos capos con sus hondas, como las mujeres que utilizan champas de tierra seca para calentar sus cocinas y tiñen la lana de sus animales con semillas, frutos y otros insumos naturales. Colores únicos, colores del campo, colores andinos en los tejidos de las comuneras.
Solo es el principio. Hay mucho más en tu ruta de senderos quebradizos en lo que no estoy solo. Ellas y ellos me acompañan, me animan, me guían hacia un espejo de agua, al bosque de pinos que sembraron con esfuerzo, al almacén agrícola donde atesoran sus semillas de papas, de ocas y de ollucos. Allí nos detenemos. Allí brindamos con chicha. Allí compartimos una huatia aromática y calientita.
El fruto de la perseverancia
Papita cocinada en un “horno” que se cava en la tierra. Esa es el secreto de la huatia que preparan los campesinos cuando trabajan en sus chacras. La merienda me anima a seguir explorando. El día aún no termina. La aventura continúa en el espléndido mirador de Cuyuni, la “Puerta al Ausangate” y en el templo colonial San Juan Bautista de Ccatcca, una joya del Barroco Andino erigida en el siglo XVII.
Arte religioso al final de una jornada en la que encontraría el descanso en la casa de León, un comunero que ha implementado un par de cuartos para los turistas. No es el único. En Cuyuni varias familias reciben a los foráneos en sus hogares. Una cena sencilla elaborada con productos del campo y una cama con suficientes frazadas para espantar el frío, me aseguraron una noche cálida y tranquila.
La habilitación de casas hospedaje es parte de un proyecto de desarrollo turístico rural comunitario impulsado en los distritos de Ccatcca, Ocongate y Marcapata por la Asociación Jesús Obrero (CCAIJO). Esta iniciativa que busca mejorar las condiciones de vida de las poblaciones locales, cuenta con el apoyo del Gobierno Regional del Cusco y la Gerencia Regional de Comercio Exterior y Turismo del Cusco.
“Estamos satisfechos con la respuesta de las comunidades, las empresas y las instituciones del Estado”, me explica el antropólogo Eberth Molina, director de CCAIJO, en las afueras del restaurant Mirador de Cuyuni. En refugio del sabor en el que los trotamundos disfrutan de un almuerzo bufé que incluye quinua, papas nativas, carne de alpaca, entre otros ingredientes andinos que han conquistado el mundo.



Tarde o temprano sucederá lo mismo con esta ruta turística que es resultado de la perseverancia de todos los involucrados. Esa integración sumada a la fascinante cultura local y a los maravillosos escenarios naturales del Ausangate, la montaña más alta de la cordillera del Vilcanota —donde nace el río del mismo nombre — aseguran el éxito de los circuitos y de las experiencias vivenciales implementadas por el proyecto.
Una lección mal aprendida
Segundo día. Despertar temprano. Adiós, señor León. Hasta la próxima Cuyuni y Ccatcca. Otra vez en la carretera Interocéanica. El asfalto, las curvas, el desvío hacia la comunidad de Andamayo (distrito de Ocongate). El desayuno bufé preparado por María y Janet, dos emprendedoras capacitadas por el proyecto. Las lecciones de ordeño y de preparación de quesillos dictadas por Maritza.
Soy un pésimo alumno. Intento ordeñar, pero no puedo. La leche no sale. Maritza se ríe, la vaca se molesta. Renuncio. Mejor converso y bromeo, mientras ella me demuestra sus habilidades y me cuenta que tiene seis reses, que desde hace un año trabaja de manera independiente con su esposo, que su jornada empieza al amanecer y que su hijito le da el biberón al becerrito que nació hace dos semanas.

Él tiene 10 años y su preparación para ir a la escuela, incluye la tarea de alimentar a Perla, como llama a la “nueva integrante” de la familia. Antes de la marcharme, me reivindico como aprendiz. Preparando quesillo me va mucho mejor que en el ordeño. ¿No habrá una estrellita para mí?, me pregunto, cuando voy al encuentro de Margarita, quien me espera en la puerta de su galpón de cuyes.
Vestida a la usanza tradicional, me recibe con cariño y afectuosas palabras en quechua. En su galpón cría 150 cuyes de las razas Perú e Inti. Estos llegan a pesar un kilo, aunque los más sabrosos —recomienda— son los que tienen 800 gramos. Antes de despedirse cantando en su lengua materna, me cuenta que también brinda hospedaje. Será para la próxima. ¡Volveré!, es mi promesa al abandonar Andamayo.
Una promesa que repetiría en la laguna de Singrenacocha (comunidad de Yanacancha, distrito de Marcapata). Formada por los deshielos de la cordillera de Vilcanota, desde este majestuoso espejo de aguas de colores cambiantes a 4350 m s. n. m., observo los picos congelados del Wallpayuq, el Chumpe y el Callangate, además de tu imagen siempre imponente, Apu Ausangate.
La sirena desaparecida
No era un extraño ni un desconocido. Era un comunero como ellos que salió a pescar truchas en el espejo ¿turquesa?, ¿azul plomizo? o ¿verde? de Singrenacocha, una laguna que cambia de color dependiendo de la época del año. Si picaron muchas o pocas, no tiene ninguna importancia en esta historia. Lo trascendente en aquella jornada legendaria fue la captura de una sirena.
Sí, una sirena blanca y rubia —“gringuita, pues”—, una sirena que se esconde. Bah, no me interesa. No necesito verla para pasarla bien, me convenzo cuando camino por las orillas, cuando una comunera me saca a bailar —ay, que roche, ay qué mal lo hago —, cuando Julián, el presidente comunal, me comenta que “todos los turistas regresan contentos”. Le doy la razón. Soy uno de ellos.


Volveré contento al Cusco, Apu Ausangate, como siempre que he estado en tus dominios. Pero no voy a adelantar mi despedida. Todavía hay pendientes en tu ruta. El Centro de Interpretación de Yanacancha, donde se exhiben 50 variedades de papa nativas, y la visita a Marcapata (3667 m s. n. m.), donde los Andes empiezan a convertirse en Amazonía y las montañas se cubren de verdor.
“Aquí existen tres pisos ecológicos. Aquí termina la sierra y empieza la selva”, se ufana Yimmi Umpire, un pundonoroso difusor de su lugar en el mundo; un lugar en el que se apuesta por el desarrollo sostenible y el crecimiento del turismo. Esa es la visión de Uriel Gutiérrez, el alcalde encargado, y de los regidores de un distrito que está “sobre la cumbre” (ese es el significado de su nombre en español).
En la también llamada “Tierra del Rocoto” fui testigo de una jornada de integración agropecuaria, gastronómica y turística y de los trabajos de restauración del histórico templo de San Francisco de Asís. Eso no fue todo, Apu Ausangate, porque antes de emprender el retorno, caminé hacia el géiser Putumayo. Un atractivo inesperado de esos que incitan a seguir recorriendo tus dominios para saber más de ti y conocerte —conocernos — cada vez mejor.
En Rumbo
El viaje: El equipo de Rumbo voló hacia el Cusco en JetSmart.
Las experiencias: En la Ruta Turística del Ausangate se han establecido cuatro circuitos: Mirador de Cuyuni, Pacchanta y 7 lagunas, Ruta del Queso, y Gastronomía y Laguna Singrenacocha.
Detalles: Encuentra más información de la Ruta Turística del Ausangate en el siguiente enlace: https://rutaausangate.com/experiencias/pachamanca-y-7-lagunas/
La vía: La carretera Interoceánica conecta los diversos destinos de la ruta.
Distancias y alturas: Cusco-Cuyuni (4185 m s. n. m.): 65 km / Cusco-Andamayo (3797 m s. n. m.): 114 km / Cusco-Singrenacocha (4350 m s. n. m.): 138 km / Cusco-Marcapata (3667 m s. n. m.): 173 km.
Recomendaciones: llevar ropa de abrigo, impermeable o poncho de lluvia, bloqueador solar, bolsa de dormir, lentes oscuros, gorros o chullos.
Rumbos del Perú agradece al Gobierno Regional del Cusco, a la Gerencia Regional de Comercio Exterior y Turismo, a la Asociación Jesús Obrero, a las municipalidades distritales de Ccatcca, Ocongate y Marcapata, a las comunidades de Cuyuni, Andamayo y Yanacancha y a todos los hermanos y hermanas que nos recibieron con los brazos abiertos y al Apu Ausangate por guiarnos con bien por toda la ruta.











