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Destinos Largos

Maravillosa Huancavelica: La ruta de las aguas turquesas

Por Rolly Valdivia

Fotos: Wendy Rojas

El Perú esconde en su grandeza una serie de lugares de belleza sorprendente que, por sus características, son potenciales destinos turísticos, los cuales deben desarrollarse de manera responsable y sostenible. En busca de esas rutas desconocidas, un equipo periodístico de Rumbos partió hacia Huancavelica, con la misión de recorrer cuatro circuitos que, por su cercanía a la capital regional, se presentan como irresistibles para cualquier viajero que ame la naturaleza, la cultura milenaria y los conocimientos ancestrales. En esta primera entrega los invitamos a conocer la Cuenca de las aguas turquesas, un fascinante itinerario en los distritos de Vilca y Moya, en el llamado Cono Norte de la tierra del mercurio. 

Nunca he tenido suerte con esas agüitas mágicas que, según cuentan, aseguran apasionados y tórridos romances que pueden terminar en el altar, con un sonoro, convencido e inesperado ‘hasta que la muerte nos separe’, pronunciado por ese viajero(a) solterísimo(a) que se creía inmune a los encantamientos de aquellas fuentes, pozas o manantiales que se descubren por aquí y por allá.

“Anímese. Jamás fallan”, invitan siempre a tomar un sorbito los lugareños, antes de contar la historia de ese fulanito o menganita que convencidos de que todo es una mentira, bebieron insaciablemente la famosa agüita, sin imaginar siquiera que un par de días después recibirían el flechazo certero que cambiaría sus vidas. “Se enamoraron y se casaron. Ahora son nuestros paisanos”.

Eso no ha sucedido conmigo. Mis amores no han tenido ninguna relación con esos decires. No soy el fulanito flechado del párrafo anterior, pero si el perencejo que ha vuelto una y otra vez a ciertos destinos, acaso por el influjo de esas fuentes, pozas o manantiales a las que se les atribuye, también, la cualidad de propiciar el retorno de los foráneos que se animan a probar sus refrescantes contenidos.

Las aguas que propician amores o aseguran repetir las visitas, son un auténtico clásico. No sucede lo mismo con las que estimulan la inteligencia. Esas son escasas. Tanto así que en mi ya kilométrica experiencia como trotaperú, es la primera vez que me entero de la existencia de semejante prodigio acuático, que fluye naturalmente en las cercanías de un río de cauce inspirador.

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Aquí no se habla de amores inesperados ni de viajeros persistentes que vuelven tras sus pasos. Hay otros relatos, como el de los jóvenes estudiantes que, en los días previos o en la víspera de los exámenes de admisión, vienen a tomar la agüita de la sabiduría para asegurar su ingreso a la universidad. Total, todo suma, todo ayuda en la búsqueda de convertirse en un profesional competente.

Me pregunto si la estrategia será aplicable para la redacción de un texto rompedor ¿Si o no? Al tacho con las dudas. Me convertiré en el Daniel Alcides Carrión del periodismo de viajes, experimentando en mi propio cuerpo, con la esperanza de reactivar mis neuronas, medias ‘oxidadas’ en el arte de escribir por culpa de la pandemia.

Por esa razón, serán ustedes -mis extrañados lectores- los que dictaminarán si mi experimento fue un éxito o un completo fracaso. Y no es que quiera influenciarlos, pero tengo la impresión de que mi pensadora no se pondría en forma ni con una damajuana de las afamadas y mentaditas aguas de Huachacora, aquellas “que nunca se secan y que, probablemente, vienen de las punas de Huancavelica”.

Eso es lo que afirma, eso es lo que explica con sapiencia Rubén Matos Lagos, un hombre que parece tener una respuesta para todo -o casi todo- lo relacionado a la historia, la cultura, la geografía, los cultivos, los emprendimientos agroindustriales y, tal vez, hasta de los últimos chismecitos de Moya -aunque esto es pura especulación de mi parte-, el distrito en el que nació hace 72 años.

Será que lo ha transitado bastante. Será que este pequeño distrito en la provincia y región Huancavelica es, desde siempre y para siempre, una ‘Cuna de Intelectuales’, como se ufanan inflando el pecho los moyanos. Será que los beneficios de Huachacora no son un mito y que gracias a su influjo y mágico poder este modesto periodista rumbero se convertirá, a partir de este texto, en todo un García Márquez. 

Perdonen el entusiasmo. Me dejé llevar por la emoción o, mejor dicho, me contagié de la emoción de don Rubén, quien describe a su pueblo como un vergel frutícola -con duraznos, nísperos y guindas (capulí) entre otras delicias- y un refugio de inspirados músicos y bohemios, donde no hay contaminación y “tenemos un río impoluto”, sentencia con verdad, con cariño, con interminable orgullo.

Ese orgullo que le hace decir que Moya tiene un alto porcentaje de destacados profesionales -¿por las agüitas de la inteligencia?-, que “no hay moyano que no sepa nadar” -como no hacerlo si el río atrae y convoca con su transparencia turquesa- y que los abuelos se iban andando hasta Huancayo por un ramal que “se bifurca del camino real que conducía al Cusco y Quito”.

Pasos de nostalgia en el puente Turmanya (arcoíris en español). “Tiene de 30 a 35 metros de largo”, explica nuestro enciclopédico guía, antes de recordar a los antepasados que iban y venían por ese pedacito de montaña horadada, quebrada, surcada por un sendero que se proyecta hacia ese cauce prístino que proviene del vecino distrito de Vilca y que, finalmente, entregará sus aguas al río Canipaco.

Espectáculo visual

De Vilca también llegó el equipo de Rumbos del Perú, tras una intensa y reveladora travesía de altura y aire puro que empezó entre los vasos de maca y quinua con manzana de la señora Rosita. Deliciosos, potentes, bien servidos y con su yapita de ley. Listo. Nos vamos. Partimos satisfechos de Huancavelica, la capital regional, hacia la llamada Cuenca de las aguas turquesas.

Lo sucedido a partir de entonces fue un regocijo para nuestros ojos, un alivio para nuestros pulmones contaminados de smog, un emotivo reencuentro con los parajes andinos, extrañados profundamente durante la pandemia. Pletóricos de felicidad redescubrimos el horizonte montañoso, el cielo diáfano y el aliento frío del viento, cuando jugábamos a adivinar las formas de las piedras del paraje Llamaorco.

Después, restrenaríamos nuestros pasos entre el ichu y la yareta, para acercarnos a dos lagunas resplandecientes. “Se llaman Maylorcocha y Tansiricocha”, disipa las dudas Aniceto Huaroc, un comunero, un pastor de alpacas que abandonó un momentito a sus animales, para conversar con esos extraños que retaban al soroche en sus desolados dominios, a más de 4000 metros de altura.

“Estamos para servirles a pesar de la pobreza”, afirma solidario el señor Aniceto, quien nos cuenta que “aquí solo hay tres familias”, que “en la laguna han sembrado truchas” y que “el centro poblado más cercano está a una hora caminando”. Quisiera seguir escuchándolo y apuntando sus palabras en mi bitácora. Quisiera enterarme, saber y entender cómo es la vida en una alejada estancia alpaquera.

Pero no hay tiempo. La ruta es larga y la parada en Tansiri (distrito de Nuevo Occoro) no es parte del itinerario. Y hay que partir, ya, ahora… y me despido de nuestro inesperado anfitrión con la certeza de que volveré -volveremos- sin la intermediación o la magia de alguna de esos manantiales legendarios que, como se está demostrando en este texto, no son infalibles.

Si lo fueran esta crónica parecería haber sido escrita por un premio Nobel o un serio aspirante a serlo. No lo es hasta ahora, pero no me desanimo. La esperanza es lo último que se pierde y todavía falta mucho que contar, porque aún no les he hablado de Ayhuicha, esa poza o piscina al ladito nomás del atrayente curso del río Vilca. Cálida y reponedora, es perfecta para relajarse y olvidarse del mal de altura.

Rodeada de verdor en un escenario montañoso, Ayhuicha tienta a la serena contemplación del entorno, más aún cuando el sol brilla con intensidad y el cielo está despejado. Otra vez las ganas de quedarme para compartir, conversar, reír con los compañeros de rumbos, esos rumbos que nos permiten explorar el potencial turístico de una región casi siempre ignorada por los viajeros.

Apuesta por el turismo

Es injusto. Huancavelica tiene mucho que mostrar. Lo sé por mis anteriores visitas -y pienso en la mina Santa Bárbara, en los danzantes de tijera, en el pueblo de piedra de Sacsamarca, en los negritos que bailan para el niño Dios-. Lo confirmo ahora desde el vehículo que nos conduce al puente natural de Warichaca y a la plaza principal del distrito de Vilca, para llevarnos finalmente hasta Moya. 

Y pedimos parar, a cada instante pedimos parar con la intención de registrar a el espectáculo visual que nos ofrece el río. Detenernos no es un capricho. Es un mandato del corazón y de nuestros sentidos. Queremos acercarnos y escuchar el rumor de las aguas turquesas, acercarnos y percibir las fragancias del ambiente, acercarnos para sentirnos liberados al fin del encierro pandémico.  

Foto: Rolly Valdivia

Aguas turquesas serpenteando al lado de una carretera sin asfalto, pero en buen estado. Aguas límpidas que se precipitan de las faldas montañosas. Aguas que se esconden, que se pierden, que desaparecen bajo la tierra en Warichaca, un puente natural, un impresionante tragadero en las afueras del núcleo urbano del distrito de Vilca. Aguas que atraen, que convocan y hasta generan encuentros inesperados.

“No solo es el río color turquesa. Aquí tenemos baños termales, pinturas rupestres, varias cuevas y un clima extraordinario”, comenta y describe “este lugar maravilloso en las entrañas de Huancavelica” el gobernador Maciste Díaz Abad, con quien conversamos a la vera del camino. Entrevista rápida, fugaz y contra el reloj, porque ambas partes tienen que continuar con sus quehaceres ruteros.

Antes del adiós, el gobernador Díaz revela que Huancavelica es la primera región orgánica del Perú y Sudamérica y que en su gestión se promueve el turismo de base comunitaria, a la par de la recuperación del patrimonio alimentario. Esto permitirá la producción agroecológica de quinua, olluco, mashua, maca, oca y palta, además de la preservación de 300 variedades de maíz y 1500 de papas nativas”.

Riqueza agrícola que podría ‘jugar en pared’ con las propuestas turísticas, anoto en mi libreta antes de arribar a Moya, con sus campos pródigos de frutas, con sus emprendedores que producen yogur, quesos, helados y crían truchas que se saborean a la parrilla o en ceviche, y, claro, con sus agüitas de la inteligencia que, después de todo, me han ayudado a redactar este texto.

Con eso me doy por bien servido. Mi pretensión y expectativa de convertirme en García Márquez era una exageración, una jugarreta y, a la vez, una estrategia o excusa para volver siempre a la ‘cuenca de las aguas turquesas’. Quién sabe si a la segunda o a la milésima vez -eso no importa demasiado- Huachacora me ayuda a convertirme en un virtuoso de las letras.

Sería un milagro en un lugar que, de cierta manera, es un milagro de la naturaleza. Y no se necesita ser un premio Nobel para decirlo, sentirlo, vivirlo.

Foto: Rolly Valdivia

En Rumbo

El viaje: desde Lima hasta Huancavelica por transportes Oropesa (www.oropesa.pe). Tiempo: 10 horas. Ruta: Lima-San Clemente (Pisco)-Huaytará-Huancavelica.

Cuándo ir: se recomienda visitar la cuenca en la época seca (mayo-octubre) porque en la temporada de lluvias el cauce se enturbia.

Altura: en el trayecto de Huancavelica a Vilca y Moya hay lugares que están por encima de los 4000 metros de altura. Tome sus precauciones.

El río: en su paso por Vilca y Moya, el torrente recibe el nombre de los respectivos distritos.

Aventura: En el río es posible realizar canotaje. Antes de la pandemia, grupos de deportistas de Lunahuaná (Cañete, Lima) navegaron en las aguas turquesas.

Ir y volver: por su cercanía a las ciudades de Huancavelica y Huancayo (Junín) este circuito puede desarrollarse en un solo día, aunque no es mala idea pernoctar en Vilca o Moya, para disfrutar más de la experiencia y extender la travesía al distrito de Pilchaca.

Gustitos: En Moya deléitese con un ceviche de trucha y con los quesos, yogures y helados artesanales que se preparan en la zona de Rumichaca.

Curiosidad: en la plaza de Moya se lee la frase: Ciudad de Intelectuales. En este espacio urbano resalta también el cedrito frondoso, un árbol que es silencioso testigo de la historia del distrito.

Reponedor: Los poderosos desayunos de la señora Rosita se sirven en la avenida Andrés Avelino Cáceres, frente al Hospital Departamental de Huancavelica, del barrio Yananaco.

Unidos: Vilca y Moya son parte de la Mancomunidad Municipal Cono Norte Huancavelica (Manco Norh), integrada además por los distritos de Huayllahuara, Manta y Pilchaca.

Agradecimientos:

Gobierno Regional de Huancavelica

Dirección Regional de Comercio Exterior, Turismo y Artesanía de Huancavelica

Municipalidades distritales de Vilca y Moya.

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