Destinos

Ica, un viaje sin vino

Si no tomó vino, para que vino, suele leerse y escucharse en Ica, pero que tan cierta es esa información. Descúbralo en esta crónica de hechizos, profecías, amores trágicos y un oasis formado con lágrimas.

Por Rolly Valdivia 

La frase es harto conocida, pero no es una verdad absoluta. Lo sé porque la he ignorado y hasta sacado la vuelta, situación que me da la suficiente autoridad moral y viajera para rebatirla públicamente, explicando mis andanzas en ese destino al que no siempre ‘vine para tomar vino’, parafraseando las líneas que aparecen en esos souvenirs que nunca compro, no por tacañería sino por una estricta convicción de austeridad.

Tampoco voy a mentir argumentando que jamás brindé en las bodegas iqueñas. Así, degustando un poquito de ese vino y otro tantito de aquel, como que uno empieza a ponerse alegrón. Sucede lo mismo con las variedades de nuestra bebida de bandera, porque es casi un deber patriótico probar sus diversas presentaciones, desde un pisco puro hasta un acholado, previo aprendizaje del infalible método del cordón y la rosa.

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Juran que moviendo la botella y viendo si en su interior se forman esas figuras, se comprueba que el pisco es de calidad. Verdad o mentira, nunca me importó demasiado. Ocurre lo mismo con la ya célebre frasecita porque cuando mis rumbos no me han llevado a la pisa de uva en un lagar o a achisparme solo un poquito entre los toneles y alambiques de una viña, he encontrado otros caminos que justificaron mi venida.

Una y varias venidas sin vinos ni piscos, menos con cachina, esa bebida con fama de engañosa y trepadora que tiene su origen en el mosto. Prefiero ser víctima de algunos de los conjuros de las brujas de Cachiche o compartir la eterna pena de amor de la Huacachina, antes que perderme en la agria dulzura de ese jugo de uva que se fermenta un máximo de 10 días y, de acuerdo a los entendidos, debe consumirse en un máximo de 30.

Recuerden que estoy afanado en contradecir la famosa frasecita, para eso es necesario alejarme de esa bebida infaltable en la Vendimia, la celebración de la pisa de la uva que hace unos días nomás terminó su festival internacional. No importa, siempre hay un guardadito en las bodegas artesanales o familiares, donde los racimos se estrujan bailando al ritmo de la guitarra y el cajón, como lo hacían los abuelos.

Esos mismos abuelos que contaban la trágica historia de amor de la Huacca China, la muchachita que le entregó su corazón a un valiente guerrero. Él se fue a cumplir con su deber. A ella le comunicaron su muerte. Lloró, día y noche lloró; lloró tanto que de sus lágrimas brotó una laguna. Tiempo después, la joven vio que su pretendiente se acercaba. Eso era imposible. Él ya no existía, entonces, se desesperó. Echó a correr.

Él la persiguió para evitar el trágico desenlace. Fue inútil. Se lanzó a la laguna creada por sus lágrimas. Afligido y devastado, el guerrero se marchó antes que Huacca China emergiera convertida en una sirena. Sus lamentos se escuchan hasta hoy. Eso es lo que dicen, aunque nunca la he oído, pero igual se los cuento, como también debo contarles la historia de Julia Hernández Pecho viuda de Díaz, una de las brujas de Cachiche.

Una bruja en un pueblo que, según las versiones de los memoriosos, congregó a numerosas mujeres expertas en la preparación de brebajes y hechizos de los que curan y de los que, a veces, no sanan tanto, pero mejor no hablar de ello, quedémonos en que Julia era una bruja competente y sabia. Vivió 106 años, dejando como herencia una seria advertencia que preocupa a quienes creen en adagios y profecías.

Y es que Julia anunció que Ica se hundiría cuando creciera la sétima cabeza de la extraña palmera que serpentea en Cachiche. Como más vale prevenir que lamentar, los paisanos de la viuda de Díaz la cercenan cada vez que esta amenaza con brotar. Hace unos años, por descuido o incredulidad, se olvidaron de esa práctica preventiva. Fue entonces que el fenómeno El Niño ocasionó una terrible inundación en la ciudad.

Creer o no creer, ese es el dilema. Igual se los planteo para que ustedes decidan, mientras, como si se tratara de un embrujo, paso de la brujería de un pueblo mítico, a las mágicas arenas de un oasis: Huacachina, pedalones, palmeras, dátiles, dunas, tubulares, sandboarding y hasta vuelos en parapente. Lo clásico y lo inolvidable. Aventura en el desierto que se vive con intensidad, sin vino y sin pisco.

Esa es una opción. Quien soy yo para decirles que no brinde. Total, lo único que pretendía en esta crónica era desbaratar aquello de que si vino a Ica y no tomó vino para que m… (imagine un pitito censurador) vino, que aparece en esos souvenirs que nunca compraré cumpliendo mis estrictas medidas de austeridad que jamás deben confundirse con tacañería… uhm, o tal vez sí. Usted qué piensa.

En Rumbo

Llegar: Ica se encuentra a 304 kilómetros de Lima. Hay transporte público todos los días y en infinidad de horarios. Tiempo de viaje: 4 horas.

Oasis: Huacachina se encuentra a 5 kilómetros del centro de la ciudad. En las orillas de la laguna hay hoteles y restaurantes.

Hechizo: Cachiche, el pueblo de las brujas, se encuentra a 3 kilómetros del pueblo de Ica. Es indispensable visitar la palmera de las Siete Cabezas.

Historia: En 1540, Francisco de Carabantes introdujo el cultivo de uva en el Perú. Las vides se sembraron en los valles de Pisco e Ica. Lo que vendría después es la producción de los primeros vinos.

Disfrute: Si quiere vivir intensamente su estadía en Huacachina, contáctese con Eccocamp Huacachina y Desert Nights, Calle 1 # 106, Huacachina, T. (+51) 956000487, web: www.ecocamphuacachina.com/es/index.html.

Rumbos agradece a Marcobre y la Municipalidad Distrital de Marcona por su apoyo en la realización de esta ruta.

 

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Redacción Rumbos

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