Ambiente

El amor en los tiempos del coco

Un virus bendito comienza a expandirse en San Martín. La gente empieza a proteger sus bosques, arma emprendimientos sostenibles y corretea a los invasores y extirpadores de amazonía.

Por Martín Vargas

Era bueno para las matemáticas, tanto que no había nadie en el pueblo que le ganara en las artes trigonométricas ni en la tabla del nueve. Sumaba con la velocidad de un leopardo y soñaba con ser ingeniero. Hugo Vásquez andaba pensando en construir puentes y carreteras cuando el reclutamiento lo despertó del sueño.

Y lo peor de todo fue que le gustó. Sí, al ingeniero en ciernes no le incomodó el llamado para servir a la patria. Sendero comenzaba con sus ajusticiamientos populares y con las cobardes emboscadas a los militares, pero Hugo no tenía espacio para el miedo.

MAS RUMBOS: “A las autoridades les interesa que la gente no conozca las normas”

Corría 1984 y en el Perú las fiestas eran de toque a toque (nadie podía salir durante el toque de queda). Las torres de electricidad eran voladas a punta de cartuchos y en la selva las tropas de Abimael comenzaban a coquetear con los barones de la coca.

Fue en ese contexto que Hugo aterrizó en el BIS 49 en Caballococha, Loreto. Al poco tiempo de entrenamiento ya estaba listo para poner el pecho. De hecho, formó parte de la primera promoción de conscriptos del Ejército especializada en la lucha contrasubversiva.

Hugo Vásquez (parte superior y de polo azul) debería recibir un seguro por parte del Estado. Foto: Conservamos por Naturaleza

“Durante dos años vi morir amigos, las balas de los terrucos eran como moscas veloces surcando mi cabeza, pero nunca me dieron. No había que temerles porque era peor, aunque el verdadero peligro estaba en la ciudad porque no sabías quién era terruco”, recuerda Hugo mientras atravesamos campos de palmeras y el cielo amenaza con venirse abajo.

Pero lo que no lograron los terroristas en el fragor del combate, lo hizo una trampera de cazadores furtivos. Un mal paso en el bosque de Ojo de Agua de Pucacaca (cerca de Juanjuí), mientras seguía el rastro de invasores, lo postró en la cama por nueve meses.

Una bala calibre 16 le perforó el tobillo y la tibia. Cinco horas estuvo desangrándose antes de llegar al hospital en Tarapoto. Se salvó de terco, nomás. De esas ganas locas de querer seguir viviendo y “mañana más tarde” ver progresar a su tierra, pero respetando el bosque.

“Fui un soldado que combatió por la democracia. Ahora soy un soldado del monte, de la biodiversidad”, sostiene orgulloso, mientras sube a la camioneta que Amazónicos por la Amazonía (Ampa) ha mandado desde Juanjuí con bolsas de cemento y fierro para la comunidad del Valle del Biavo.

250 mil hectáreas de bosque perdidas. No consumamos carbón de leña. Foto: Difusión

Están construyendo un pequeño centro de producción que permitirá procesar coco rallado, hojuelas de coco y, más adelante, les abrirá las puertas del boyante negocio del aceite de coco. Campesinos dedicados al cultivo de arroz, principalmente, y pobladores que antes talaban árboles, colgaron las motosierras y ahora combaten la deforestación. Ellos integran el flamante consorcio de concesiones para la conservación del bosque seco del Huallaga, Coco Bosque.

Este emprendimiento reúne a tres concesiones para la conservación. Es decir, a tres áreas de bosques amazónicos protegidas por ellos mismos, por los pobladores. Por aquellos que hasta hace unos años cortaban árboles para sembrar café o arroz, pero que entendieron que si se acaba el bosque no habrá agua y si no hay agua, no hay vida.

 A cocazos aprendí

Iván Bazán, el ingeniero que Ampa ha puesto a disposición de Rumbos para que nos lleve a las entrañas del proyecto en marcha, carga bolsas de cemento, da indicaciones sobre cómo construir los baños y, de pasadita, la hace de chofer. Esa es una de las características que han hecho que el personal de Ampa se gane la confianza de la gente al tiro y que los proyectos marchen con velocidad crucero. Traduzco, la gente los ve como uno y entonces todo fluye.

Coco Bosque agrupa a tres concesiones para la conservación: Bosque del Futuro Ojo de Agua, de Pucacaca, en el caserío de picota; al Quiñillal, también en Picota, y a los pobladores del Valle del Biavo, en la comunidad Dos Unidos, en Bellavista. En suma, 20 mil hectáreas de bosques protegidas por los pobladores adyacentes. Un increíble emprendimiento empujado por ellos mismos y que Ampa apalanca con capacitación, logística y buenas vibras.

Centro de producción en camino de hacerse realidad gracias al apoyo de Ampa. Foto: Difusión

“Nosotros solitos nos dimos cuenta que la estábamos fregando, que teníamos que parar la mano y conservar el bosque. Por eso las comunidades solicitamos que se nos entreguen los boques como concesión para la conservación. Si seguían los invasores, si nadie ponía el pecho contra los cazadores de venados y sajinos, todito se iba a perder. Ahora cuidamos el bosque”, recalca Hugo y me cuenta que su lucha, en lo personal, ya tiene tiempo y que los traficantes de madera estuvieron a punto de meterlo preso con denuncias falsas.

“Querían desorganizarnos”, repite Hugo a cada rato, como para que me quede claro que nada ni nadie pudo evitar que sigan con su lucha. Los primeros en apoyarlos, rezonga, fueron los finlandeses. La embajada de Finlandia los ayudó con dinero para poner hitos, comprar una camioneta, un equipo GPS y una cámara fotográfica. Pero, ¿cómo entender que protejan el bosque y no resbalen en el rentabilísimo negocio de la venta de madera?

La respuesta es fácil, me dice Iván. “Nosotros los ayudamos a dar sostenibilidad a su proyecto de procesamiento de coco. La idea es que en poco tiempo puedan caminar solos, colocar sus productos en el mercado y este negocio permita, incluso, darle un salario a las cuadrillas de pobladores que ahuyentan a los madereros ilegales y a los migrantes que deforestan”, apunta y enciende la camioneta. Es hora de partir al laboratorio donde además del coco rallado y el aceite, ahora fabrican… ¡carbón con cáscara de coco!

Carbón de coco como antídoto para la tala

Son iconoclastas, aunque no quieran admitirlo. Hugo Vásquez y William Rodríguez, presidente y vicepresidente, respectivamente, de la Asociación Bosque del Futuro Ojos de Agua, son dos locos que deberían recibir el mayor premio internacional que exista en el mundo mundial.

William empezó el emprendimiento casi como jugando. Hoy es una empresa boyante. Foto: Martín Vargas

Además de procesar coco rallado y aceite, desarrollan el que es, quizá, el más grande y exitoso proyecto de reconversión en favor de los bosques. Ellos procesan los residuos del coco deshidratado que botan las grandes industrias en San Martín, para producir carbón de coco.

William cuenta que todo nació de la nada. Que un buen día su hija le pidió ayuda para una tarea universitaria. Querían que investigara sobre briquetas de cáscara de arroz y entonces se abrió la puerta de una oportunidad. Decidieron probar con el coco y luego de muchos meses de prueba y luego de diseñar máquinas para el proceso, lograron su objetivo.

“Este es el sustituto mejorado del carbón vegetal, pero todavía no cambiamos la idea de la gente. Sin embargo, este plan piloto ya está dando que hablar. Nuestro carbón de coco dura el doble que el de leña. No humea, no hay candela, no mancha la ropa y cuesta igual”, dispara William mientras termina de armar los poderosos mecheros hechos, cómo no, de coco.

Pero al margen de los grandes beneficios que tiene el usuario final con este producto, lo que más importa es el impacto en la protección de los bosques. Se estima que hasta el momento la selva peruana ha perdido 250 mil hectáreas de bosque y esa tala continua, teniendo como uno de sus promotores la fabricación de carbón de leña. ¿El resultado? Miles de machingas tumbados y una deforestación trepidante.

“Aquí hacemos todo el proceso y somos una muestra de que se puede aprovechar los recursos y luchar contra la deforestación. La actividad carbónica está matando el bosque y esta es una alternativa cuyo poder calorífico es mejor que el del carbón de leña”, detalla William.

El proceso inicia con la recolección de los restos del carbón deshidratado. Se aglutinan y se convierten en briquetas. Foto: NatGeo

Por ahora elaboran 5 toneladas mensuales de las cuales 4 se van a Lima y sólo 1 se vende en los supermercados locales de Juanjuí y Tarapoto. Esta lucha es mínima, pero es lucha al fin y al cabo contra la maldita industria del carbón de leña que vende 200 toneladas semanales.

“Nosotros ganamos el concurso Innóvate Perú y esperamos masificar nuestra producción con más máquinas y comenzar a distribuir por todo el país. Este el verdadero antídoto para la tala de bosques. Estamos a punto de cerrar un acuerdo con el Estado y podremos ampliar nuestra producción”, remata William y me pide que le avise cuando salga esta nota porque a mayor difusión menos ignorancia.

Están desconsolados por la indiferencia de la gente y sobre todo de las autoridades con respecto a la conservación. Sin embargo, han decidido seguir remando para hacer de Eco Guerreros, una marca nacional y que la gente sepa que si compran su carbón están ayudando a proteger los bosques. Que si compran su aceite o su coco rallado están respaldando a los guardianes de nuestra amazonía.

Briquetas listas para empaquetado. Una bolsa de carbón de coco cuesta igual que el de leña. Foto: NatGeo

Hugo y William eran los locos de Picota. Nadie creía en sus quimeras ni sus planes alquimistas de transformar en oro el coco. Sin embargo, ahora es diferente, no hay quien no los mire con respeto y cierto orgullo contenido. Pero a ellos la fama de haber salido en un reportaje de la National Geographic no los hace pisar huevos. Siguen igualitos nomás, pensando que más pueden hacer para espantar a los deforestadores.

“El día que me muera me iré feliz”, me alcanza a decir Hugo mientras nos despedimos y su frase me quiebra. Su lucha es de titanes, no es un combate de consonantes y vocales en el Facebook, no es una perorata verde en medio de un parque miraflorino. Su compromiso es de “adeveras” y está en el frente de combate. Como ayer, cuando esquivaba las balas de sendero. Nomás que hoy el enemigo cambió el fusil por la motosierra.

En rumbo:

-Hugo Vásquez es presidente de Ojo de Agua; Idelso Isuiza, de Quiñillal, y Euler Putpaña, de Valle del Biavo

-Si quiere ayudarlos puede facilitarles un detector de metales para ubicar las trampas mortales

-El litro de aceite de coco lo venden a 35 soles, pero llega a las ciudades al triple de precio.

-Tipos de coco: Enano verde (muy dulce) Enano amarillo (no tan dulce) Gigante (carnoso y con más aceite) y el Híbrido (dulce pero poca carne). Pueden darse hasta 3 cosechas al año.

-Los custodios forestales carecen de seguro médico o de vida.

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Redacción Rumbos

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