Ubicado entre el desierto y el mar en Cañete, este ecosistema clave enfrenta presiones urbanas, contaminación y nuevos lineamientos que podrían dejarlo desprotegido en su momento más crítico.
PUERTO VIEJO, HUMEDAL ENTRE EL MAR Y EL DESIERTO, EN PELIGRO
Como todos los ecosistemas frágiles del país
Los Humedales de Puerto Viejo, ubicados en el distrito de San Antonio (Cañete), constituyen un escenario inesperado: un ecosistema de humedal costero que se desarrolla en una depresión cercana al litoral, en plena transición entre el desierto y el océano Pacífico. Se trata de un sistema de pequeñas lagunas, áreas inundables y suelos húmedos, cuya extensión y configuración varían según la disponibilidad de agua.
Su existencia depende principalmente de aportes subterráneos, afloramientos y flujos superficiales que convergen hacia el océano, y que cambian de acuerdo con la estación. Esta variabilidad no es una debilidad del sistema, sino una de sus principales características: el humedal se expande y se contrae, adaptándose a las condiciones climáticas y locales.

La vegetación está dominada por especies adaptadas a medios acuáticos o suelos saturados, como totorales, juncales y herbáceas capaces de desarrollarse en terrenos con alta concentración salina. Estas cumplen funciones ecológicas clave, como la estabilización del suelo y la filtración de nutrientes.
Puerto Viejo es, además, un punto relevante para aves residentes y migratorias dentro de la ruta del Pacífico, y alberga invertebrados y otros organismos asociados a ambientes salobres. Su ubicación y características lo definen claramente como un ecosistema frágil.

En conjunto, este sistema presta servicios fundamentales: regula el agua a nivel local, retiene sedimentos, sostiene biodiversidad en un entorno árido y contribuye a la conectividad ecológica de los humedales de la costa central del Perú.
Amenazas
Sin embargo, estas funciones se encuentran bajo presión creciente. La expansión urbana en la zona, impulsada por el crecimiento hacia el sur de Lima, está reduciendo y fragmentando el área del humedal. El cambio de uso de suelo, particularmente su conversión para fines inmobiliarios, altera directamente la estructura del ecosistema.
A ello se suma la contaminación, tanto por residuos sólidos como por descargas no controladas, que afecta la calidad del agua y del hábitat.

Uno de los impactos más críticos es la alteración del régimen hídrico. La modificación de los flujos subterráneos y superficiales —ya sea por obras, extracción de agua o intervenciones en el entorno— compromete el equilibrio que sostiene al humedal. En un sistema cuya existencia depende precisamente de esa dinámica, cualquier alteración puede generar efectos acumulativos y, en algunos casos, irreversibles.
En este contexto, los humedales de Puerto Viejo mantienen aún funciones ecológicas activas, pero en condiciones de alta vulnerabilidad. Su situación ilustra con claridad un problema más amplio: ecosistemas que siguen siendo funcionales, pero cuya continuidad depende de decisiones urgentes frente a presiones que avanzan más rápido que su capacidad de recuperación.
Humedales desprotegidos
Sin embargo, ocurre lo contrario.
Puerto Viejo y otros ecosistemas clasificados como frágiles podrían quedar desprotegidos a partir de los nuevos lineamientos propuestos por el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (SERFOR), orientados a redefinir los criterios de identificación e incorporación en la Lista Sectorial de Ecosistemas Frágiles.

El documento introduce cambios que han encendido alertas justificadas. En la práctica, la fragilidad deja de ser una condición que justifica protección y pasa a convertirse en una limitación. Bajo esta lógica, un ecosistema podría perder su condición de protegido precisamente cuando ha sido más afectado por la presión humana.

El resultado es una paradoja preocupante: primero se deteriora el ecosistema y luego se le retira la posibilidad de protección.
A ello se suma el peso de los derechos preexistentes. En territorios donde existen propiedades, concesiones o usos ya establecidos, la protección ambiental podría volverse negociable. En ese escenario, los intereses particulares comienzan a imponerse sobre el valor ecológico, profundizando conflictos y debilitando la capacidad de conservación.

Así, Puerto Viejo podría dejar de estar protegido justamente cuando más lo necesita, en medio de crecientes presiones urbanas e inmobiliarias.
Lo que está en juego no es solo un paisaje. Es un sistema vivo, dinámico y frágil, cuya permanencia depende de decisiones que no pueden seguir postergándose.
Porque cuando un humedal desaparece, no solo se pierde biodiversidad: se pierde equilibrio, memoria ecológica y una oportunidad de futuro.











