Destinos

Las líneas de Reiche

En las llanuras del desierto de Nasca, a siete horas de Lima, está tatuado en la arena uno de los enigmas más grandes del mundo. Un vistazo desde el cielo a la pasión de María Reiche y lo que, hasta ahora, nadie descifra.

La única certeza en la vida, luego de la muerte, es nuestra ignorancia. Y las Líneas de Nasca son eso: una muestra irrefutable de nuestra pequeñez ante la historia.

MÁS RUMBOS: El cañón de los pasos perdidos

Se cree que el colibrí rinde homenaje a un dios volador temido por los antiguos Nasca. Foto: Marquiño Neyra

Al subir a la avioneta, en medio de la pampa -después de dejar atrás el largo viaje a bordo de Cruz del Sur–  da la impresión que uno está a punto de partir al pasado. Desde el cielo, los cerros son lo único familiar. Los trazos, que más parecen configuraciones humanoides, las figuras geométricas, las representaciones de animales, entre otros, son los geoglifos que harán que nuestra presencia tome otro concepto ante tanto misterio.

La primera vez que alguien vio las Líneas de Nasca, las tildó de señales. Julio César Tello, el primer arqueólogo que las estudió, las describió como “carreteras sagradas”. Un estadounidense dijo un gran “libro astronómico”, y los peruanos pensaban que eran parte de un culto.

Sin embargo, sería la alemana más querida del Perú, María Reiche, quien tendría la hipótesis más trabajada. Ella, a la que siempre la apasionó la astronomía, aseguraba que las líneas de Nasca son una especie de calendario astral que decantaba el inicio y final de la época de lluvia, y determinaba los periodos de la cosecha.

A pesar que ninguna de las teorías puede ser confirmada, una certeza es que los antiguos Nasca eran politeístas (creían en varios dioses) y panteístas (adoraban la naturaleza como manifestación divina), por lo que algunos expertos creen que estas líneas fueron trazadas en el suelo para que sean apreciadas por sus dioses.

Las manos de las Líneas de Nasca tienen, al igual que el mono, sólo tienen nueve dedos entre las dos. Foto: Efe

La llanura de estas tierras es única, porque su clima facilita su cristalización: es seco y el terreno llano y pedregoso minimiza el impacto del viento en el suelo. Pero ahora lo que importa es que somos espectadores de ese lienzo que nuestros antepasados eternizaron.

La avioneta gira constantemente para que todos los tripulantes puedan ver sin problema los trazos. Las personas han sido distribuidas según el peso: los más livianos al fondo y los demás adelante. La posición importa poco porque todos terminarán viendo cada trazo, pero para fines de navegación hay que hacer caso. El copiloto, que también tendrá el rol de guía turístico, nos señala cada una de las figuras cuando volemos cerca de ellas.

Con la ayuda de un folleto, que es más un mapa didáctico de las figuras que veremos, apreciaremos primero la ballena, los trapecios, el astronauta, el mono, el perro, el colibrí, y así hasta llegar a los doce dibujos más conocidos. Pero también, en medio del peregrinaje, el copiloto nos señalará todas esas figuras que no aparecen en los libros de historia. Y es que cada año se descubren nuevas figuras.

A inicios del 2016, revelaron unos trazos que representarían a una especie de animal de 30 metros de largo, con una cabeza y una larga lengua que sería de origen imaginario en vez de realista, como señalaría uno de los investigadores de la Universidad de Yamagata (Japón) a National Geographic.

Sorprendente acueducto de Cantayoc. Foto: Marquiño Neyra

Mientras dure el vuelo, que puede ser de 30 minutos hasta una hora -dependiendo del circuito- no dejarás de ver esa sabana colmada de figuras y cerros ahumados. Si vas más allá, también tendrás la opción de  sobrevolar los acueductos de Cantayoc, uno de los canales de irrigación mejor conservados del Perú, y las Pirámides de Cahuachi (el que todo lo ve).

Cuando regreses, las casas se presentarán desde el cielo como conjuntos de edificios no terminados. Las calles no lucirán abarrotadas y habrá una mística en el aire que nos recuerda el eterno retorno: pisar tierra es –de algún modo- aterrizar a algo que ya conocemos. Tan conocido como la ruta que emprendemos al regresar por la Panamericana Sur a bordo de un confortable bus (sí, Cruz del Sur).

Recomendaciones

Desayuna ligero. Cada avioneta tiene bolsas si es que alguno de los pasajeros se descompensa con náuseas.

En Rumbo:

Toma Cruz del Sur de Lima a Nasca. Tiempo: 7 horas.

 

 

Acerca del autor

Marquiño Neyra

Periodista, chiflero y grunger.

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