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Destinos Largos

Valle Rojo: conozca Marte sin salir de la Tierra

En tránsito por el Valle Rojo. Foto: Rolly Valdivia

En su última travesía por el Cusco, el equipo de Rumbos del Perú visitó el llamado Valle Rojo, una zona montañosa del distrito de Pitumarca (provincia de Canchis) en el que la tierra se ‘disfraza’ de Marte. Conozca los detalles de una aventura a todo color que comenzó en la famosa Winicunca y terminó -por esas cosas del destino y de la persistencia andariega- en un lugar que pareciera estar fuera de este mundo. 

Foto: Ricardo Ramos

 

No te preocupes, Teófilo. No hay bronca ni resentimiento. Son cosas que pasan. Así que quédate tranquilo. Total, no lo hiciste con mala intención. Eso lo sé, eso lo sabemos todos, aunque, para serte sincero, hubo momentos -no muchos, solo unos cuantos- en los que tuve ganas de decirte con voz de trueno, que me engañabas, que nos estabas engañando con esa cantaleta de los 15 o 30 minutitos.

 

 

Eran más, siempre fueron más, pero no querías admitirlo. Sí, lo sé, lo repito para que te quede claro: no lo hiciste de mala leche, solo te dejaste ganar por el entusiasmo. Orgulloso de lo tuyo, querías mostrar tu valle inflando el pecho, entonces, pecaste de optimista y olvidaste que lo que para ti es un voy y vengo o un aquicito nomás, es, para muchos otros, algo así como una gesta heroica. 

Sé que te diste cuenta de tu error cuando varios de esos ojitos que brillaban de purita emoción en el mirador, empezaron a apagarse en el momento en que la tierra y las montañas dejaron de ser rojas. Otros lo hicieron en el instante en el que el horizonte se arropó con nubes sospechosas de lluvia; lluvia bien recibida en los campos recién sembrados, pero pésima compañera para ese grupo de caminantes de andares inciertos.

 

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Yo estaba ahí, yo era uno de ellos. ¿Lo recuerdas? ¿Me recuerdas, Teófilo?…; ¿Téofilo qué?, Huamán Condori, respondiste. Caray, usted sí que vuela alto, me atreví a bromear, sin imaginar que tus pasos rapiditos e implacables te harían ‘volar’ sobre la senda que se extiende desde K’ayrahuiri Bajo, en la comunidad de Pampachiri, hasta la famosa y transitada Winicunca, la montaña de colores. 

Ese no era el lugar que querías mostrarnos. Por eso desapareciste mientras nosotros nos uníamos a la multitud que diariamente toma por asalto un sitio que hasta hace algunos años era apenas conocido. Desborde turístico a 5000 metros de altura. Aquí, la contemplación silenciosa e inspiradora del paisaje ondulante ha sido reemplazada por el bullicio, el caos y la búsqueda desesperada del selfi perfecto. 

 

Foto: Ricardo Ramos

 

Te soy sincero, Teófilo, no me gustó esa vorágine cosmopolita. Me asustó. Temo por el futuro de la montaña. Y es que el turismo a veces puede ser tan nocivo como una plaga de langostas. Discúlpame, no quiero ser un aguafiestas. Sé que anhelas que muchos viajeros visiten el Valle Rojo. Eso está muy bien y me alegra tu actitud, pero, si me permites un consejo, aléjate de la tentación de las multitudes. 

 

Foto: Ricardo Ramos

 

¿Y cuándo llegamos?

Ay, Teófilo, si hubieras ordenado dar la media vuelta después de la merienda compartida -papita y charqui de alpaca- o al terminar el tributo a los Apus -con palabras en quechua y hojitas de coca- no estaría escribiendo que no te preocupes, que no hay bronca ni resentimiento de mi parte ni de las demás partes que se lanzaron contigo por esa ruta que -tengo que decirlo- parecía interminable.

Tan fácil que era regresar por donde vinimos para evitar las amenazas de la lluvia y las ráfagas de granizo, los trajines pedestres sobre una superficie blanda como orilla de playa y los tropezones entre las piedras dispersas del camino inexistente, quebradizo y flanqueado de cerros que conducía al sector Japura que, de acuerdo a tu experiencia y conocimiento, estaba a unas dos horitas de Winicunca. 

Foto: Rolly Valdivia
Foto: Ricardo Ramos
Foto: Rolly Valdivia

 

Falso, fueron cuatro o cinco. Y pueden ser hasta siete si los ‘trekeros’ son peores que nosotros. Tan mal no andábamos, Teófilo, aunque debo confesar que en cierto momento quise dar un paso atrás; pero retornar a K’ayrahuiri Bajo no era una opción. La consigna -tu consigna- era explorar ese Valle Rojo que no está en Marte sino más allacito nomás de la montaña de colores. 

Lo suficientemente allacito como para escapar del desborde y los excesos turísticos. Bienvenido a la calma, a la soledad, a la serena contemplación de ese panorama rojizo que me hace pensar en otro mundo; de ese panorama en el que despunta la cumbre del Ausangate, el Apu venerado, la cumbre de hielo herida y acaso condenada por los efectos devastadores del cambio climático.

Eso duele, Teófilo. Duele más que las ampollas y los calambres que atormentarían a uno de los nuestros, después de que tus últimos 45 minutos se convirtieran en dos horas. Perdíamos el tiempo preguntándote si estábamos cerca. Ahora, mi única certeza es que el ‘mundo’ ya no es rojo, es verde -un verde tenue, austero, de puna- y, aparentemente, sin salida. Japura no existía. Era un invento. Jamás llegaríamos. 

 

Foto: Rolly Valdivia
Foto: Rolly Valdivia

 

Pero lo hicimos. Tú fuiste el primero en alcanzar la carretera. Ahí nos esperaste. Escena repetida. Ocurrió lo mismo en la entrada a Marte. Contento estabas, conversando en quechua con Avelino Cusihuata y Dionisia Quispe. Ellos te acompañaron en la ceremonia en la que hablaste con las montañas, bajo la sombra de unas piedras en las que moraban y se reunían los malos espíritus que bajaban al valle.

Te oímos. Nos unimos al ritual. Compartimos sus costumbres. Aprendimos de ustedes. Me sentí protegido por los dioses andinos. ¿Fue gracias a ellos que logramos el objetivo? Debí preguntártelo, Teófilo, pero no tuve tiempo. En la carretera nos esperaban. Motores encendidos para enrumbar al local de la Asociación de Artesanos Tika Pallay en el Centro Poblado de Huito. 

Más colores, muchos colores en los tejidos de Manicia, Lidia, Valentina, Nolberta, Domitila, Sebastiana y Aurelia. Ellas ‘pintan’ la lana con tintes naturales. Son artistas y maestras que crean, trabajan y enhebran con paciente constancia un futuro mejor para sus familias. “Los turistas nos compran y a veces participamos en ferias”, cuentan, mientras Teófilo -quien también es parte de la asociación- prepara las palabras de despedida.

 

Foto: Rolly Valdivia
Foto: Ricardo Ramos

 

Nos vamos, Teófilo. No te preocupes, en verdad la pasamos bien. Total, cuando se vaya el cansancio quedarán únicamente las vivencias y anécdotas, entonces, diré que estuve en Marte sin salir de la Tierra. Nadie me creerá, como tampoco hay que creer en los aquicito nomás ni en los minutos que terminan convirtiéndose en horas. Lección aprendida para nuestros siguientes rumbos, en este o en otro planeta.

 

 

En Rumbo

La ruta: El equipo de Rumbos accedió a Winicunca por K’ayrahuiri Bajo (Pampachiri). Desde este punto se camina aproximadamente 40 minutos para llegar a la montaña de colores. 

El remate: Desde Winicunca al Valle Rojo se camina aproximadamente una hora.

La razón: La coloración del Valle Rojo es producida por el alto contenido de mineral que se encuentra en la zona.

No confundir: En Cusco existe también un río Rojo, pero este no se encuentra en el valle visitado por el equipo de Rumbos.

El personaje: Teófilo tiene 54 años, es padre de 4 hijos y, actualmente, vive en Huito.

 

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