Por: Álvaro Rocha

Fotos: Walter Hupiu

No estaban más allí, pero uno casi podía sentirlos. Eran como sombras susurrando en el viento helado que barría nuestras caras mientras las mulas se balanceaban con dificultad al borde de La Bóveda: unas colosales cavidades donde se notaba la mano del hombre, más precisamente de la cultura chachapoya que, al parecer, trabajó estas tierras remotas con una técnica similar a la de los incas en Moray, pues a pesar de los jirones de niebla y de los altos pastizales, se podía distinguir claramente los andenes circulares ingresando al subsuelo de una manera armoniosa.

Foto: Walter Hupiu

Tuvimos que descender de las mulas pues el barro había tornado intransitable el camino. Muchos tiritaban de frío seis horas después de haber partido desde Chuquibamba, un arduo viaje, entre niebla y ráfagas de lluvia, pero mover los pies -saltar en realidad entre charco y charco- nos calentó nuevamente. Abajo, asomaba Tajopampa, una loma extensa y circular, donde se lucía una añeja casona. Allí íbamos a descansar, comer y pasar la noche. Nos dirigimos como alegres zombies a nuestro refugio. Desde lo alto, nos miraban las momias de La Petaca, por ahora invisibles para nuestros ojos. Recién al día siguiente las descubriríamos embobados. Pero el viento helado pareció traernos, desde esos farallones ocultos por un manto de neblina, a esas fuerzas desconocidas que han modelado parte importante de nuestro pasado. Uno casi podía sentir el soplo de los antiguos chachapoyas.

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Alturas de Atuén

Foto: Walter Hupiu
Foto: Walter Hupiu

Llegar a Chuquibamba no fue tarea fácil. Pero el aire de estas montañas purifica hasta la pobreza. Nosotros nos perdimos detrás de los muros de adobe y el rastro de pisadas rotas que abundan en el patio interior de don Pedro Epiquién. Desde allí, bajo la luna tierna, entre confusos adioses, y con el piso escarchado por el rocío, iniciamos todas nuestras expediciones: a Atuén, a Cochabamba, y a Leymebamba. Fue nuestra base de operaciones, el sitio donde nos esperaba siempre un plato de comida y una cama caliente. Entre los vapores de la cocina, Pedro Epiquién, de 88 años, pero que todavía hunde sus manos para labrar la tierra, nos contaba sus anécdotas, como cuando -años atrás- tuvo que llevar a su madre hasta Celendín, pues ésta se hallaba muy enferma. No había carreteras ni puentes. La tuvo que llevar cargada en su espalda. Le demoró una semana llegar a Celendín.

En fin, durante un celeste amanecer, salimos en busca de Atuén. El paisaje algo boscoso se transforma en ondulantes pajonales antes de arribar a Cabildo Pata, con su hermosa cabaña y un rebaño de aproximadamente 150 alpacas retozando en la pampa. Luego viene una bajada criminal, pero teniendo siempre a la alucinante vista de la laguna Sierpe. Cinco horas después de salir de Chuquibamba, aparece el puñado de casas que constituye el pueblecillo de Atuén.

 

Foto: Walter Hupiu
Foto: Walter Hupiu

Sierpe es una laguna con indicios de haber sido represada. Todavía se ven restos de estructuras en la parte por donde desagua. Según el etnohistoriador Peter Lerche «Antiguamente existía un gran centro incaico en Atuén, hoy se puede observar únicamente dos baños. La tradición cuenta que Huayna Cápac pasó en Atuén varios meses para curarse de una enfermedad». A una hora del pueblo se encuentra la bella laguna de Mishacocha, cuyas aguas se filtran para formar Sierpe.

La producción de Atuén, a 3550 metros de altura, es famosa por sus papas rojas, negras y moradas, todas arenosas, y muy codiciada por campesinos de la región. Todavía usan el trueque con otras comunidades. Privilegian las frutas pues carecen de ellas. Cambian una arroba (unos doce kilos) de papas por 30 naranjas. La comunidad está organizada para proteger las tremendas truchas que pueblan las aguas de Sierpe. La trucha es su proteína y tienen sus rondas para que se respeten las vedas, ¡ay del que se quiera pasar de listo!, porque puede ir a para de cabeza a las heladas aguas de la laguna. Por Atuén pasó muchas veces, en busca de alguna ciudad perdida, Gene Savoy, el legendario y controvertido explorador estadounidense.

Magia de Cochabamba

Foto: Walter Hupiu
Foto: Walter Hupiu

Estudiada exhaustivamente por la investigadora danesa Inge Schjellerup, Cochabamba es un pueblo que está armado sobre la base una ciudadela inca, al parecer de gran importancia, dos preciosas portadas y varios baños elaborados con la arquitectura inca imperial así lo testimonian.

Pero eso no es todo, en medio de las chacras se papa se encuentran desperdigados dinteles de piedra de grandes dimensiones, y toda la estructura inferior de la iglesia es hechura incaica como nos señala el guía Rómulo Ocampo. Esta ciudadela quechua fue ocupada por los españoles en 1535 por Alonso de Alvarado, con el apoyo de un cacique chachapoya, según el arqueólogo Federico Kauffmann. A sólo dos horas de Chuquibamba, y con un espléndido pan de trigo, Cochabamba es de visita obligatoria para los que se atrevan a conocer esta zona.

Habitantes de La Petaca

Foto: Walter Hupiu

Nuestra última expedición, explicada en parte al comienzo del artículo, unió a Chuquibamba, a 2810 metros de altura, cuyas calles dejamos con la promesa de un pronto retorno, con el pueblo de Leymebamba. Fue la subida más endemoniada de todas las expediciones, en la medida que ascendíamos la niebla se espesó y se transformó en lluvia antes de llegar al abra La Fila. Luego cruzamos un terreno pantanoso, y asomaron las fauces de La Bóveda, e inmediatamente Tajopampa, donde pasamos la noche.

Foto: Walter Hupiu

Temprano, enrumbamos hacia La Petaca: construcciones mortuorias realizadas con maestría al borde de un afilado desfiladero, que ha sido calificada por Keith Muscutt como «uno de los restos arqueológicos más destacados de toda América». Las tumbas, y dibujos (como dos personajes llevando entre manos una cabeza trofeo), parecen vigilar la quebrada. Durante mucho tiempo quedamos absortos contemplado este universo de arte y humanidad legado por los antiguos chachapoyas. Después, dejamos atrás Tajopampa, y siguiendo la huella de un camino inca que bajaba junto al naciente río Utcubamba, nos encaminamos a Leymebamba hundidos en un infinito silencio.