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Amazonas: explorando el río más grande del mundo

Historia, naturaleza y aventura son algunas de las claves turísticas del Amazonas. Foto: Gunther Félix

Al surcar las aguas del Amazonas, el río más grande y caudaloso del mundo, los ojos del viajero descubren fascinados la exuberancia de la selva. Esa experiencia reveladora es descrita en esta crónica. 

Por Gunther Félix

Desde la ventanilla del avión, la selva surcada por el  río Amazonas se vislumbra como un inmaculado paraíso verde; pero en  tierra la perspectiva cambia. Una ciudad vibrante y calurosa, invade, transforma, arrincona a la selva.  

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Ya en tierra, en Iquitos (Maynas, Loreto), el viajero retoma las riendas de su travesía y decide alejarse de la urbe, entonces, la próxima parada será el rústico puerto de un albergue que, como otros tantos, está ubicado en las orillas del río Amazonas,  un cauce que despierta los sentidos y tienta a la navegación, por más que el cielo encapotado y el sol ausente confabulen contra los afanes exploratorios.

Pero hay que tener paciencia. Total, en algún momento el horizonte se despejará.

Expectativa. En la canoa hay que estar alertas para avistar la fauna amazónica. Foto: Gunther Félix

Solo le queda esperar e imaginar como será su travesía en ese deslizador con armazón de peque-peque, que surcará pausadamente aquella maravilla natural que engríe todos los sentidos.

Es probable que durante su espera, el viajero, en un arrebato de imaginación inducido por el mágico encanto del bosque, piense en qué diría el Amazonas si pudiera hablar.

Quizás este gigante sinuoso de 6 800 kilómetros se quejaría de los hombres que no cuidan a la flora y fauna con la que comparte este rincón del planeta. O, tal vez, se burlaría un poquito de su ‘rival’ el Nilo (6 695 kilómetros), en Egipto, que solo corre entre paisajes secos, mientras que él está siempre rodeado de vegetación.

El día aclara. Es tiempo de navegar y escuchar historias. Hace más de 500 años Gonzalo Pizarro organizó una expedición para buscar el mítico El Dorado o País de la Canela.

Esa arriesgada y quimérica empresa estuvo al mando del capitán Francisco de Orellana, quien nunca llegó a su soñado destino… o tal vez sí, porque en ese viaje descubriría un gran río, el Amazonas, que le permitiría abrirse paso hacia el Atlántico.

 

Árbol gigante

Pinceladas de historia en un excursión en la que las aves ya surcan el cielo y la canoa ingresa a las aguas negras y calmadas de la quebrada Yanayacu. Desembarco. De navegante a andariego por los territorios protegidos por los nativos boras y yaguas.

Gigante. Las ceibas se proyectan hacia el cielo selvático. Foto: Gunther Félix

Ellos cuidan el bosque porque es su hogar, su despensa y hasta su farmacia. Ellos conocen los secretos de las plantas, los insectos y los animales. Ellos, al igual que el viajero, recorren esta trocha que conduce a una gran ceiba, un árbol de 40 metros de altura y 20 metros de circunferencia.

Un árbol gigante en un río gigante, podría ser la frase final de este relato. Pero no la es. Falta contar el chapuzón en la quebrada, la pesca de las temidas pirañas y el avistamiento de delfines rosados. Esas son las vivencias postreras de una experiencia en el Amazonas que usted, estimado lector, debería vivir más que leer.

Anímese a viajar, anímese a explorar con Rumbos Viajes.

En Rumbo

Ruta: Vía aérea a Iquitos desde Lima o Pucallpa (Ucayali). Tiempo: 90 minutos. Una vez en la ciudad diríjase a los embarcaderos turísticos del río Itaya.

Prevenir: Lleve bloqueador y repelente. No olvide una gorra y un impermeable.

Planifica: Organice su viaje en www.ytuqueplanes.com.

Acerca del autor

Gunther Félix

Periodista de esquina y del monte. Fotógrafo y peregrino urbano los fines de semana.

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